Sin categoría, Textos — 29 agosto, 2016 at 12:38 pm

Una historia para los nadie

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Por Sebastián Quezada*

 

Se me ofreció la posibilidad de reseñar Las canciones que mi madre me enseñó, pero luego de la sorpresa y un intempestivo “sí”, me declaré ante mí mismo y los eventuales lectores como incompetente para la materia. Aunque pensándolo bien, puede que no tanto: provengo del mundo de la historiografía, el que no deja de tener cierta familiaridad con las letras (aunque le duela a algunos).

Desde esta vereda, la lectura de un texto tan ameno es también estimulante para la reflexión histórica. En una conversación personal con el autor, se me explicó que la obra busca retratar a su manera la experiencia de ser hijo de una madre latinoamericana. Pero pienso que el libro no se queda sólo allí: además de revelarnos las vivencias personales de Ortega y su entereza emocional, esa que le permite gritar a viva voz que es un mamón a mucha honra, nos pone de cara frente a un sujeto para el que parece no existir espacio en los libros de historia: los nadie. Aquellos que no tenemos apellidos que llevan nombres de calles o universidades, aquellos que no provenimos de familias de artistas, científicos o intelectuales, aquellos que sólo somos un nombre desconocido dentro del “pueblo” o los “movimientos sociales”, aquellos que no tenemos militantes de partidos políticos históricos en nuestras familias y que tuvimos la suerte (sí, la pura suerte) de no vivir de cerca el exilio, la tortura o el asesinato. En otras palabras, aquellos que sólo ayudamos a aumentar en una cifra la estadística detrás de la palabra “masa”. De vez en cuando, alguien saca el premiado, cae de ese último vagón del tren llamado historia y se convierte en alguien,  pero ello sólo queda convertido en una anécdota para hablar de algo más, algo más importante. Quizás, nuestro gran pecado es tener vidas comunes y ser uno más en ese pan de pascua informe, donde también están el chileno medio, la Señora Juanita, la gente, la gallá. Donde no hay bibliotecas en el living y se toma el desayuno con la televisión sintonizada en el último matinal de moda. Donde el decorado es de bajo costo y podría haber tanto una copia barata de una pintura famosa o una fotografía de Felipe Camiroaga; donde el calendario es el que nos regaló el caballero que trae el gas, ese mismo que se acaba en medio de la ducha y que salimos con toda valentía a recibir entre goteos y toallas porque, después de todo, no tenemos una imagen que cuidar. Donde a la hora de once se despliega una repetitiva dinámica teatral al ver el noticiario, donde vemos “lo mal que está el mundo”, como si la delincuencia amenazara apenas dejas la puerta de tu casa y donde los casos de corrupción sólo se prestan para un gruñido o cagarse de la risa y botar el té por la nariz, porque después de todo las cosas siempre han sido así y hay que seguir trabajando.Donde no se discute de política o educación y por eso nos matricularon en la escuela que quedaba más cerca o que “todos sabían” que era buena. Donde no se sabe mucho de algo que merezca reconocimiento (como la pintura de Roberto Matta) o no se realiza alguna actividad de valor como escribir un libro en una gran editorial, una cirugía a corazón abierto o una conferencia o recital a estadio lleno.

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La historia de los nadie transita la delgada línea de la particularidad individual y de la experiencia común y colectiva, pero nunca pasa de ser un anecdotario, aunque nos toque vivir en un mismo país con los alguien, pero sin ningún poder de decisión. Está plagada de indicios que en la gran historiografía está reservada para los almanaques, los anuarios y para quienes la cultivan como aficionados. En el fuero íntimo, se encuentra en las asistencias a los partidos de fútbol del cuento El secreto del cambio de club oen los recuerdos de canciones que para ningún jurado pasarían por doctas, como en el cuentoque lleva por nombre el título del libro. Para otros, en los cumpleaños grabados en VHS, las idas al cine a ver alguna película de Spielberg y el vago recuerdo de la tía que te pedía encenderle los cigarros o del otro que tanto disfrutaba tomando cerveza Cristal en los asados, esa que cuando te tocó tomar ya de adulto, no calificó entre las mejores.

De un tiempo hasta ahora, el arte ha tenido ojos y oídos para estos relatos. La obra de Ortega es un aporte y a ratos hace sentir que la literatura es la avanzada en este terreno. No puedo dejar de mencionar también que en esta propuesta del autor algunos cuentos parecen piedrasarrojadas a un despeñadero en relación a su idea global. ¿Pero quién dijo que teníamos que escribir como losalguien? De alguna manera, veo en Las canciones que mi madre me enseñó una exigencia que se suma a tantas otras de este Chile del siglo XXI: la del derecho a contar la historia de losnadie, en este caso, los nadie de la transición de la democracia. ¿Cuántas historias más quedarán por contar? Gracias por recordarnos, sin ninguna vergüenza, que existimos.

«Las canciones que mi madre me enseñó»

Autor: Víctor Hugo Ortega C.

Independiente

Páginas: 140

Precio: $10.000

A la venta a través de: lascancionesquemimadre@gmail.com

 

*Sebastián Quezada es Licenciado en Historia de la Universidad de Santiago de Chile (USACH) de profesión, y audiovisualista de oficio. Desde el año 2013 es miembro de Pelochuzo Audiovisuales”

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