Destacados, Textos — 26 septiembre, 2019 at 1:20 pm

Ratada

by
Por Rossabetty Muñoz

r5Una mirada atenta se fija en la esquina mostrando su humedad de orines; en el muro y la carcoma de los humores callejeros; en los marcos de las ventanas, ese musgo que crece y sugiere un mundo ajeno y secreto respirando adosado al vidrio. Un mundo creciendo, palpitando allá afuera. Y están las bolsas de basura desparramadas en el suelo, el olor que emanan las carnicerías, la pena de las vitrinas pobres. En la noche se sueña con un pez reventado, aún agitándose sobre el muelle y que, encima, tiene rostro de niño.

Todo esto es también el sur que habitamos.

El que escribe convencido del poder de la palabra se hace cargo del revés de las cosas, de los intersticios, de esa parte de la realidad que no quieren ver los festejantes de este sistema. Quiero decir que no somos o no debiéramos ser, los escritores de hoy, vivientes del sur, los defensores de una visión bucólica; no somos y no debiéramos ser los guardianes de un supuesto paraíso natural donde los seres humanos son mejores que en el centro o las grandes urbes. Más allá de los estereotipos y prejuicios, nuestro esfuerzo ha de ser “decir el sur”, pero este, con las puntas afiladas, con todas sus impiedades y también maravillas.

Escribir acá, en el sur, es apenas una seña más de una identidad que el centro siempre ha mirado con sospecha. Los escritores que hemos elegidos quedarnos estamos en permanente estado de alerta para no dejarnos atrapar por las trampas de las categorías que nos sitúan y etiquetan. La condición de provincianos sureños no es una bandera, por cierto, pero tampoco es un lastre y tal vez sea, incluso, una ventaja: tenemos el salvaje espacio natural y despiadado para recordarnos cómo se nos arrojó desde el principio a una vida áspera y bella. Y tenemos también la demora del tiempo – o de la ilusión del tiempo – para notar las imperceptibles huellas que va dejando su transcurrir. Uno puede aquí usar el ojo como un lente de microscopio para examinar, ver, una sección del tejido en descomposición y dedicarse a su análisis; declarar, recrear, denunciar el estado de la lesión. Reparar, incluso. ¿Por qué no? Las palabras, desde muy antiguo, han sido también sanación para muchas sabias comunidades.

 

 

Ningún movimiento en el follaje.

Ni pájaros baten alasr1

ni suena el río en su tajo.

 

Se diría un cristal enverdecido

esta tarde de ardiente.

 

A orillas del mar

soldaditos montan

a las chicas del pueblo

mientras espían los hijos

de contingentes anteriores.

Son niños sin barcos

cruzándoles las pupilas.

Nada les ilumina más

que el hallazgo de una rata viva

a quien sacarle los ojos.

r6

Despierta el pueblo

en su gris acostumbrado.

 

Rumor de carnicería

y sangre goteando desde las presas.

 

Tras el vidrio enrojecido,

tras el filo del cuchillo,

un gesto dulce atraviesa la calle

y se deshace, mínimo,

en la espesura del aire.

La aridez de las huertas

terminó por cansar a todas.

Nada, ni las zanahorias

crecían en eses pedregal.

 

Partirse el lomo

por un puñado de cilantro.

 

¿Y las flores? Dirán

¿Y esas dalias enormes, como árboles?

No me recuerden a esas carnívoras.

Parecía que lustraban sus pétalos

al olor de la desgracia.

Crecían, se abrían, movían sus estambres

a medida que íbamos cayendo.

 

Un espeso olor a semen

se descuelga de los techos,

escurre y se apoza

en la puerta de ciertas casas.

 

Las esposas sorprendidas en adulterio

riegan sus dalias gigantes.

Simulan no oír / no oyen

el insistente golpear del hacha

en el patio trasero.

 

Hay días en que se puede caminar

sobre el odio endurecido.

r3

 

Ocurre que, mirado desde arriba,

seduce este camino: un hilo entre el verde

que desemboca en el pueblo arrinconado.

Un aviador italiano, alguna vez,

bajó en playa y se quedó para siempre.

Ahí, el fuselaje parchado, las cortinas

la herrumbrosa puerta de emergencia.

 

El aso es que las dalias voltean

lado a lado, engatusando

y flamean los trapos azules.

Un aire cargado de suspiros, te lo advierto,

producirá esa inquietud en el bajo vientre

y querrás bajar, oh sí.

 

(así me lamía la rata

me lamía ella, saboreando)

 

Afuera, el pueblo estacionado.

La misma señora en zapatillas

cruzando a comprar

con la chauchera en la mano;

el mismo taxi

salpicando agua sucia,

niños escarbando con un palo

las pozas de la calle.

 

r4La imperturbable estatura

de los cerros.

 

Sólo en el páramo interior

se acumula el devenir

y el cuerpo escupe rictus,

arrugas, agarrotar de huesos.

 

Tuvieron que venir a rematar las ratas

porque esto iba para largo.

 

La gracia ha de caer en llamaradas

sobre las ruinas

sobre cada árbol, cerro, hendedura.

Un santo oficio sobre la naturaleza.

 

Y tal vez mi cuerpo

con sus grietas y copas

se levantará otra vez.

Armaríamos entonces otras ciudades:

éstas tan frágiles hicimos.

 

 

No queda claro si es uno o varios poemas, como decía Tom.

Ratada es un libro, por lo que se podría poner selección en paréntesis

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