Destacados, Portada, Textos — 29 enero, 2017 at 12:08 am

Carloncho

by
Por Claudio Maldonado

La  señora  Zulema  había preparado charquicán. Poco alentador para el hambre  de Carloncho, que saludó de  ceja a los  pensionistas sentados  en  el  living, que  veían por la tele el cuarto esfuerzo del campeón curicano por tocar el cielo boxeril de la región. Carloncho caminó  directo al baño, para poder hacer  tiempo  y  comer  solo, para no tener que hablar de los goles del Alexis y del Messi, tampoco de los descuentos por planilla en el trabajo.

–¡Hola  Carloncho! ¿Vamos  a  jugar  al ludo? Mañana no tengo que ir a la  escuela, estamos de aniversario. Mi abuelita Zulema demás que me da permiso.

Carloncho  cerró la puerta, se  miró  al espejo y se mojó la cara. Luego se bajó los pantalones y se sentó en el water. Abajo del botiquín, en algo así como un revistero de cholguán, nutrido de catálogos de tiendas, Atalayas y suplementos deportivos, Carloncho extrajo un libro de poesía: Purgatorio de Raúl Zurita, Editorial Universitaria Santiago de Chile, 1979. Carloncho abrió el libro en una página cualquiera:

 “Les aseguro que no estoy enfermo créanme ni me suceden a menudo estas cosas…”

En ese instante Rolandito, el nieto de la señora Zulema, comenzó a golpear la puerta del baño.

–Aló,  aló,  aló, ¿Quién  está  en el baño? ¡Apúrese  por  favor,  que  estoy que  casi que me hago y el otro baño también está ocupado!

x3Era otra ocasión para el infierno vestido de cielo, la locura o la cordura,  la eterna charla de lo bueno, la dulce labia de lo malo. Al centro de aquel mundo había un nombre, una voz,  una carne sostenida en tierra firme, un ensayo de palabras repetidas, la conciencia de aferrarse a la certeza. Carloncho acarició su cabeza, balbuceó las razones de la calma: “Ya  pos Carloncho, cálmate. Que el Rolandito no se te acerque, déjalo que toque la  puerta,  ya se aburrirá. Es que hay veces que lo  miro  y me vuelvo  loco, pero tengo que frenarme, lo  tengo claro, que yo le caiga bien no significa que yo le guste. Está claro. Además, es el nieto de la señora Zulema, que  me ha tratado muy bien desde que llegué. A lo mejor es la  prueba que el  destino me está  dando. Y no es llegar y decir, porque cuando estoy acá  en la pensión sufro con el Rolandito  y cuando estoy en la fábrica me da la tontera con el hijo de mi jefa. Todos los  días el Enrique  sale  de su colegio  y  pasa  a  buscar a mi jefa a la oficina. Y yo, apenas lo saludo, tengo que ir de vuelo al baño a calmar la pasión.  Si sigo así no  pasará nunca esta cuestión, mejor me olvido y sigo leyendo  el  libro  de  poesía. Mejor termino de cagar, me  acuesto  y  duermo tranquilo.  Que  siga tocando la puerta, ya se tendrá  que aburrir. Porque yo, Carloncho Bernardino Benavides, deseo ser un tipo equilibrado, llegar a ser estable en mi locura. Cansa  pensar en estas cosas, olvidar las cochinaitas de cabrito, que me llevaron las cochinás de cuando grande, que me tienen ahora como ahogado, con una estaca de miedo que yo no más siento. Si parece que se me congela el alma cuando el cuerpo no para de caliente. Mejor sigo  leyendo, no, mejor me hecho una mano, mejor voy cortado, mejor  descanso en paz.

“pero pasó que estaba en un baño cuando vi algo como un  ángel”

“Como estás perro” le oí decirme”

– ¿Sabe  qué más?  Si el que está adentro no me habla y no me quiere abrir,  voy  a entrar igual no más. Total si nadie habla y el otro baño está  ocupado.

x1Los  versos  de Zurita volvieron  a ser interrumpidos. La luz del  baño a encenderse y apagarse. Carloncho  dejó el libro a un lado y se puso de pie, de  puntillas para alcanzar la ampolleta, pensó que podía estar suelta,  la  envolvió  con una toalla y la apretó. Sin suerte. Algo  andaba  mal con la energía. Zurita quedaría para otra vuelta, ahora hervía la necesidad de masturbarse, no sólo por placer, también para calmar el diablo, para no escuchar los reclamos de Rolandito. Mal  que  mal,  la señora  Zulema había sido tan buena persona. Sentado en el water  inició  su faena. Cerró los ojos y comenzó a imaginar su fantasía, un  escenario  donde gozar sus cinco minutos de gloria. El lugar fue  el baño de los directores de la  Fábrica de Cecinas  Cerdiricas. Como  por  acto  de  magia apareció  en su mente, apoyado  en  el  lavamanos, con los pantalones hasta las rodillas y los puños apretados,  Enrique Monroy, el  hijo  de  Marión  Peñafiel,  la jefa del personal de aseo de la  fábrica. Enriquito tenía un cuerpo regordete y unos cabellos claros. Sus  orejas,  demasiado  grandes, le daban un aire  de  enano  irlandés, de esos que sueñan con  la  olleta  de  monedas  al  final  del arcoíris. El pequeño pertenecía a la inocencia de esos sueños, aunque en esos momentos no se encontraba en un bosque de hadas, tampoco en un castillo con  fantasmas. Se encontraba, sin saberlo, en la ilusión febril de un Carloncho en trance. Figurada  la  presencia de Enriquito procedió a desabotonarle la cotona. Carloncho imaginó que todos los empleados  estaban  en  la  hora  de la colación y no había problemas. Enriquito no hacía  intentos  por  escapar. Entonces Carloncho  le sonreía y  le  decía cosas bonitas. Todo bajo control. Se acercaba lentamente a su cuerpo, los minutos corrían como lava trepando cerros. A  Carloncho  poco le importaba que Enriquito le sonriera desde la lejanía, con una  mueca  forzada,  como  un  aborigen que al ver los barcos del rey ofrece desde lejos sus mejores joyas, para así no ver a sus mujeres perforadas por extraños. Carloncho  ancló sus brazos en las caderas del doliente.  No le extrañó que el  pequeño carcajeara cual payaso, pues era su fantasía, de  él  y  de  nadie  más.  La espada del tirano echó atrás sus vestiduras.  El  verdugo  apretó  con fuerza al indefenso. Enriquito  obedecía  y  entonces la espada se inclinó directa.

Fue  en ese instante  cuando la señora Zulema apareció por el pasillo  principal de la  pensión. Desde hace un rato que observaba  a Rolandito  desde  la cocina. El pequeño  había  estado todo el rato prendiendo y apagando  la luz del baño ocupado por Carloncho. De pronto un quejido desgarrador, un grito  mezcla  de  bufido  y  trino rebotó  entre las paredes de paja y barro. Los  pensionistas, atónitos frente al televisor, no escucharon nada. No lo podían creer, a los dos minutos del primer round, Furgencio Agenor Astudillo, era el nuevo campeón regional de los Minimoscas.

La  señora  Zulema pensó que los chillidos de Carloncho eran un manifiesto repudio en contra de la jugarreta de Rolandito. Situación que  colmó la paciencia de la doña, que con cinturón en mano dio rienda suelta al correctivo.

–¡Te  dije  chiquillo  de  mierda que no anduvieras molestando a los pensionistas! ¿No sabes que hay otro baño?, ¿no tienes bacinica en tu pieza?

Carloncho abrió la puerta. Su rostro denotaba un cansancio singular, un desgano tal, que a sus ojos le costó enfocar lo  que tenía al frente: a  Rolandito llorando en el  pasillo, intentando  decirle  a  su abuela que nunca más lo haría, que se iría a  dormir apenas  terminara de comer el charquicán.

–Disculpe  Carloncho,  pero  lo castigué por atrevido, él sabe que debe respetar  a los mayores. ¿Cómo es eso de andar  apagando  las luces? Está  bien que eche de  menos a la mamá, pero tiene que portarse como un niño grande. Carloncho, usted tiene la calma de un santo, apenas se enojó con Rolandito. Sé que no le gusta el  charquicán. Le voy  a preparar un churrasquito con papas doradas,  el pan  está calientito.

 

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