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	<title>MEDIO RURAL &#187; panero</title>
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		<title>Anotaciones sobre un viaje con Leopoldo María Panero a Santiago de Chile (noviembre de 2004)</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Apr 2016 13:27:14 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Por Bruno Montané Krebs Fotos de Héctor Labarca Rocco “Si hay luz, no hay dinero ni pistolas.” L.M. Panero &#160; UNA NOTA ONCE AÑOS DESPUÉS Escribí estas anotaciones en un lapso de tres o cuatro días. Las primeras las escribí en el aeropuerto de Las Palmas de Gran Canarias, esperando el avión a Barcelona, poco rato después de haberme despedido [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<h6>Por Bruno Montané Krebs</h6>
<h6>Fotos de Héctor Labarca Rocco</h6>
<h2 style="text-align: right;"><em>“Si hay luz, no hay dinero ni pistolas.” </em><br />
<em>L.M. Panero</em></h2>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA NOTA ONCE AÑOS DESPUÉS</strong><br />
Escribí estas anotaciones en un lapso de tres o cuatro días. Las primeras las escribí en el aeropuerto de Las Palmas de Gran Canarias, esperando el avión a Barcelona, poco rato después de haberme despedido de Leopoldo María Panero, que acababa de subirse a un taxi que lo llevaría de vuelta al hospital psiquiátrico. El viaje a Santiago fue muy intenso. Estuvimos exactamente una semana, llegamos un domingo y volamos de vuelta a España el domingo siguiente. Aún recuerdo la sensación de rara felicidad que transmitía un Panero que aseguraba que Chile le gustaba porque lo dejaban mear en cualquier parte sin gritarle <em>“¡guarro!”</em>, como a menudo le había sucedido en España.</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/panero2.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-790" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/panero2.jpg" alt="panero2" width="600" height="101" /></a></p>
<p>El encuentro de poesía al que le había invitado Roberto Brodsky y Cristian Warken, absorbió la atención de Leopoldo. El poeta se sintió integrado a una variopinta comunidad de poetas y buenos versificadores. Recuerdo a Rodolfo Fogwill abrazando a Leopoldo y besándole en la coronilla, leyendo los poemas de Panero después de que, urgido por las exigencias de la próstata, Leopoldo interrumpiese la lectura para irse al baño. Recuerdo a Parra en el balcón de su casa de Las Cruces pidiendo que le explicaran lo que Leopoldo acababa de decir: <em>“oye, Parra, a ver si escribes un prólogo para un libro mío que se va a publicar aquí en Chile”.</em> Y un rato después, un poco cabreado porque los demás atendíamos fascinados a lo que Parra nos decía:<em> “a ver si ya os ponéis de acuerdo y hacéis un sindicato para torturar a Panero”</em>. El final de la visita lo marcó chistosamente el antipoeta, jugando al escondite y saliendo de improviso para hacer una alegre morisqueta de despedida, mientras el auto de Warken se alejaba de la casa de Nicanor, llevándonos de regreso a Santiago.<br />
Las siguientes anotaciones intentan, no con poca modestia y sobre todo muy fragmentariamente, contar algunas cosas que vi, pensamientos que Leopoldo me contó –y que seguramente ya había expresado a otras personas–; en fin, gestos, frases sueltas y enigmáticas, escenas en la senda de un viaje. Una mirada encarnada desde el papel de <em>“enfermero loquero”</em>, la visión de un secretario de viaje y, sobre todo, de un fugaz amigo.</p>
<p><strong>NOTAS EN 2004</strong></p>
<p>Consignas-chistes de Leopoldo María Panero, habitualmente hechas en el ascensor:<br />
<em>   –“¿Y la virgen?”</em><br />
Entonces tenías que contestarle:<br />
<em>    –“Era una bueeena mujeeer”.</em></p>
<p>Otra:<br />
<em>    –“¿Y la familia?”</em><br />
<em>    –Bieeen, graaacias”.</em></p>
<p>L.M. P.: chistes, salidas paranoico-políticas –suaves quejas o llamadas de atención que parecían sospechas sobre el estado general de la vida en este planeta–.</p>
<p>El primer día que estábamos en Santiago llamó a la mujer con quien tuvo un hijo, que se llama Gedeón. En un poema que le dedica veo cómo se escribe el nombre de esa amiga: Marava.<em> “Brindemos con champagne sobre la nada…” (Poemas del manicomio de Mondragón, 1987).</em></p>
<p><em>Esquizofrenia y capitalismo,</em> de Deleuze y Guattari. El libro estaba en el maletín de Panero que apenas parecía haber abierto durante el viaje, un bolso de lona roja de considerable peso en el que también guardaba sus gafas, el tabaco –por lo menos seis cajetillas–, unas fotocopias de <em>Cadáveres exquisitos,</em> que estaba escribiendo con Félix Caballero –un chaval de Canarias, creo– y otras copias de un trabajo que alguien ha dedicado a su obra. En el maletín también había un libro sobre métrica poética. Éstos son los únicos títulos que recuerdo, aunque en el maletín por lo menos había 10 libros. Leopoldo lo cuidaba como si hubiese sido su tesoro o el botín de su vida.</p>
<p>Me llama <em>La Duros.</em> Yo le digo que él es <em>La Pesitos.</em> Se ríe después de aclararle que no le llamaba <em>La Besitos.</em> Su conmovedor ego esquizoide aplicado al dinero. Cansado, viviendo en su hotel-prisión y quejándose un poco de ello. <em>“Yo no estoy loco”.</em></p>
<p><em>“Tú y Brodsky sois un poco ingenuos”.</em> Cuando le preguntaba por qué decía que éramos ingenuos, obviamente contestaba con evasivas. Ingenuos, pienso, por no darnos cuenta de su reconocimiento en España.</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/panero3.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-791" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/panero3.jpg" alt="panero3" width="600" height="95" /></a></p>
<p><em>“Yo no sé por qué me echan la culpa de ese golpe de Estado contra el rey por haberme creído el Anticristo en Barcelona”.</em> Una de las tesis centrales de<em> Prueba de vida.</em></p>
<p><em>“Me jode que te estoy tomando cariño”</em>. Me lo confesó hacia el cuarto día, mientras desayunábamos en el hotel. Luego cada cual empezó a adoptar una prudente distancia, como si instintivamente hubiéramos caído en la cuenta de que, pasara lo que pasara, cada uno seguía su propio camino.</p>
<p>El bebedor (de Coca-Cola Light) y fumador compulsivo, el bebedor de agua mineral (su bebida chilena). Leopoldo dice que quiere proponerle a la Coca-Cola un anuncio publicitario en el que aparecería bebiendo mientras una voz anunciaría: <em>“¡El monstruo que hace gluglú!”.</em></p>
<p>Cuenta chistes y canta canciones. Recita a poetas franceses, ingleses y españoles. Aunque muchas veces repite esas citas, la sorpresa siempre las hace parecer sorprendentes, como si citara para interlocutores siempre nuevos.</p>
<p>Me contó que quería irse a vivir a un piso, alquilarlo, tener una sirvienta. También dice que quiere tener una editorial de libros de ocultismo. <em>“Si yo no estoy loco…”</em></p>
<p>Panero dice que su mejor libro, o el que más le gusta, es <em>Prueba de vida (Autobiografía de muerte).</em></p>
<p>Las risas inagotables de Warken y Brodsky. Brodsky se equivoca en la salida hacia Las Cruces y Cristian le hace bromas. Vamos a visitar a Nicanor Parra.</p>
<p>Recita muchas veces el poema Réquiem: <em>“Yo soy un hombre muerto al que llaman Pertur…” (primer poema de El último hombre, 1983).</em> En el hospital siquiátrico de Canarias escuché que sus compañeros también le llamaban Pertur.</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/panero1.jpg"><img class="aligncenter wp-image-792" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/panero1.jpg" alt="panero1" width="600" height="372" /></a><br />
Cada vez que lo entrevistaron procuré dejarlo solo con el periodista. <em>“Nunca he creído en la psiquiatría”.</em> La primera vez que dijo esta consigna fue en la muy buena entrevista que le hizo Leonardo Sanhueza. Por otra parte, suprimir la medicación era una negociación que hacíamos a cuento de las entrevistas, porque había pastillas que le relajaban demasiado, lo cual hacía que al hablar apenas farfullase. Adoptaba la claridad del declamador que habla entre dientes, siempre con la voluntad de hacer una declaración poético-política.</p>
<p>Como si no hubiese sido capaz de acordarse del asunto, siempre quería asegurarse de que yo le acompañaría de vuelta a Canarias. También me hizo esa pregunta en Barajas a las 7 a.m., cuando volvíamos de Chile. El policía de la aduana revisó su pasaporte, se lo devolvió y, mientras Leopoldo pasaba por el lado de la cabina, el policía giró la cabeza para mirarle con un gesto muy extrañado (una mirada <em>humana,</em> no profesional). Minutos después un tipo de barba me preguntó si Leopoldo era L.M. Panero. Le respondí que sí. Se dirigió a él y le contó que había seguido su obra y que lo respetaba mucho. L. habló orgulloso de sus colaboraciones en el diario <em>Egin</em>. Luego el tipo me preguntó –un poco en voz baja, como si disimulara– que si Panero estaba bien de salud, creyendo que L. no nos escuchaba a pesar de estar sentado a menos de dos metros.</p>
<p>Lo llamo al manicomio y me dice que padece cansancio de sí mismo. Insinúa que no puede escribir poemas solo y me da entender que de verdad cree en ese libro que ha escrito con F. Caballero, el libro que quiere que Parra le prologue.</p>
<p>La sensación de que Leopoldo ha regresado a una cotidianidad en el fondo deseada. El viaje le gustó, el reconocimiento que recibió <em>(“Claro que me acuerdo de Chile”)</em>; pero parecía no querer perder la seguridad de su internamiento. En algún momento mencionó la palabra <em>inercia</em>, la del interno que padece y consigue ambiguas ventajas de su internamiento y de la inercia de la psiquiatría, una parrafada conmovedora pero un poco críptica…; quizá una diferida llamada de socorro. Le recordé su proyecto de querer vivir en un piso, alquilarlo y vivir con una sirvienta, proyecto para el que no sé si tiene suficiente dinero.</p>
<p>Al final de una conversación telefónica me dice: <em>“Te tengo que cortar porque tengo que ir a hacer la cama”.</em> Me sorprendió este comentario, como si fuera un niño aplicado que no quiere que le den la bronca por no hacer algo que hace rato debiera haber hecho.</p>
<p>Último título de Leopoldo:<em> El pájaro y la oruga.</em> Luego en otra llamada menciona <em>El hombre elefante.</em> Hay que aclarar que hasta la fecha no ha usado ninguno de estos dos títulos.</p>
<p>La despedida. Estamos cansados. Nuestro vuelo de regreso a España ha durado más de 30 horas. Leopoldo toma un taxi que lo dejará en Triana. Le doy la mano y le pregunto si me permite abrazarlo. Acepta el abrazo y, sin mirarme, se sube al taxi. De repente siento una extraña aprensión –supongo que porque Leopoldo lleva bastante dinero– y se me ocurre anotar la matrícula del taxi. Días después, en una conversación telefónica, me cuenta que en aquel viaje en taxi había perdido una maleta, pero no pude saber si se refería a una maleta mía que no había llegado en el vuelo de regreso a Canarias y que días después recuperé en Barcelona, o si se refería a su maleta…</p>
<p>Escribo un texto sobre el viaje. De repente tengo clara la imagen de Leopoldo María tirado en la gigantesca cama del hotel NH de Santiago, durmiendo y roncando, rodeado de ropa desordenada y de un cenicero llenísimo de cigarrillos a medio fumar.</p>
<p>Leopoldo cuenta que como epitafio quiere una lápida donde sólo aparezcan las figuras de un perro y un sol.</p>
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		<title>El pasado de Brodsky</title>
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		<pubDate>Sat, 16 Apr 2016 10:05:02 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Por Cristián Rau &#160; Roberto Brodsky nos cita en el California, un café ubicado en la esquina de Irarrázaval con Sarmiento, en plena comuna de Ñuñoa. Además de unos insípidos Barros Lucos y de ser una especie de salón de té que con hidalguía resiste el paso del tiempo, el lugar no tiene demasiada gracia para esta entrevista, salvo la [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Cristián Rau<br />
</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/bro3.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-780" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/bro3.jpg" alt="bro3" width="550" height="190" /></a></p>
<p style="text-align: justify;">Roberto Brodsky nos cita en el <em>California</em>, un café ubicado en la esquina de Irarrázaval con Sarmiento, en plena comuna de Ñuñoa. Además de unos insípidos Barros Lucos y de ser una especie de salón de té que con hidalguía resiste el paso del tiempo, el lugar no tiene demasiada gracia para esta entrevista, salvo la ubicación misma. Es ahí, en Ñuñoa, donde Brodsky sitúa su última novela <em>Casa Chilena </em>(2015), en el barrio de su infancia. Con esta publicación completa su <em>trilogía de la Memoria</em>, que componen además <em>Bosque Quemado</em> (2008) y <em>Veneno</em> (2012), en que el autor ficciona y tironea su verdadera biografía para mostrarnos su versión del relato de Chile de los últimos cincuenta años.</p>
<p style="text-align: justify;">Brodsky forma parte de esa generación que maduró en dictadura y que lo forzó a un peregrinaje en el exilio por Buenos Aires, Caracas y Barcelona. Comenzó a publicar relativamente tarde, a los cuarenta, pero recién con <em>Bosque Quemado</em> (su cuarta obra) encontró su veta, una literatura <em>sin máscaras</em>, al hueso, que según la periodista Claudia Donoso<em> “acusa un giro fundamental, que se ancla en la escena familiar, ficción alimentada ya sin pudores por el material autobiográfico del autor”. </em>La constante en estos tres libros es la mirada al pasado, la revisión de la historia personal que intenta hacerse grupal, siempre desde la visión de un chileno que vuelve, momentáneamente, para volver escapar: <em>“soy como un extranjero en su casa. Reconozco lugares, rápidamente encuentro el código, a pesar de que conozco de memoria el mapa del lugar, me veo como extranjero. Los ritmos y las velocidades cambian. No importa la democracia, la dictadura o la transición”, </em>dice Brodsky.</p>
<p style="text-align: justify;">La Memoria, con mayúscula, no sólo es el asunto que concatena sus novelas, sino que parecen ser más que eso, algo así como una obsesión. Brodsky fue uno de los fundadores de <em>The Clinic</em>, coguionista de <em>Machuca</em> y, según relata en una entrevista, cuando se dio cuenta de que era el único que tocaba la bocina celebrando la muerte de Pinochet en 2006, decidió volver a emigrar: el destino sería el Centro para Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Georgetown. Desde hace tres años que reserva los últimos meses para dictar el curso <em>Los Usos de la Memoria</em> enmarcado en la <em>Cátedra de la Memoria</em> de la Universidad Diego Portales.</p>
<p style="text-align: justify;">Este seminario que nació para conmemorar los cuarenta años del golpe ha sido, según Brodsky, un importante aporte para el país ya que ha contribuido en dos aspectos principalmente: primero, ha ayudado a comprender que el trabajo de <em>memorialización</em> no es un fenómeno local, sino que es una cosa cultural; una materia que viene conversándose a nivel de debate hace años, algo potente, y que no es solo de sectas, de víctimas o de especialistas. Segundo, la identidad de un país no es algo estático, sino que por el contrario, dice el escritor <em>“trabaja con los materiales del pasado, con el material de la memoria, y en base a esto se construye la identidad. No es entonces, un elemento fijo, no se puede atrapar, es un «work in progress</em> <em>»”. </em></p>
<p style="text-align: justify;">Brodsky se da cuenta de que su explicación es árida e intenta simplificarla: <em>“es interesante, en ese sentido, el documental de «Allende, Mi abuelo Allende», de Marcia Tambutti, ella está tratando de configurar una historia del abuelo político y   mártir, allí hay un trabajo de memoria útil, hace un ejercicio reflexivo y no recuperativo. Cuando simplemente revisita es nostálgico, patrimonial y termina dando una visión exculpatoria, momificante, incluso monumentalizada. Una versión inmaculada, que no es viva, un relato que muy luego desaparece. ¿Hoy quién ve la estatua de Allende en La Moneda? Es parte del paisaje, su historia no interviene, entonces desaparece. El verdadero trabajo de memoria debe ser incómodo, no tiene nada que ver con hacer apologías heroicas de los personajes”.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><strong><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/bro2.jpg"><img class="aligncenter wp-image-783 size-full" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/bro2.jpg" alt="" width="550" height="366" /></a> LAS MÁSCARAS Y LOS OTROS</strong></p>
<p style="text-align: justify;"><strong>- A partir de <em>Bosque Quemado</em> tu literatura gira hacia lo autobiográfico, incluso hacia los aspectos incómodos de tu historia ¿A qué se debió este cambio? </strong></p>
<p style="text-align: justify;">Normalmente uno funciona en el arte con máscaras de sí mismo en lo social y hay un momento en que te quedas sin ellas: o no te funcionaron, o te aburrieron o se pegaron demasiado al cuerpo. Entonces hay una disposición hacia el despojo a sacarte la impostura. Ahí, entonces, te encuentras con cosas íntimas que no son irreducibles o ficcionables y la única forma de enfrentarlas en sin estas máscaras.</p>
<p style="text-align: justify;">Para mí el sentido que tiene escribir actualmente va por el lado de la falta de pudor. Hoy que vivimos con tanta virtualidad, llenos de <em>realidades que no son</em>, ¿cómo encontrarle el punto de lo real? Escribiendo desde el hueso. Claro, a veces quedas <em>en pelota</em>, exponiendo algo que no debieses. Pero la vergüenza es eso, una incapacidad para despegarte de algo que te encadena; lo que te sujeta es la pertenencia a ciertos códigos o modelos que tienes que romper para poder darle un sentido de verdad a lo que estas escribiendo.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>- ¿Tus libros van acercándose al formato Diario? </strong></p>
<p style="text-align: justify;">Uno no puede hacer un diario bonito de sí mismo. Mauro Libertella contaba que en la presentación de un libro, Rodrigo Rey Rosa decía que para ponerte a hablar mal de tu entorno, lo primero es ponerte tú en la hoguera. Tienes que estar mucho más dispuesto al despojo de lo que vas a hacer con los demás; a no ser que seas un cara dura o un canalla. Esa es la escritura de la memoria, pero también de cierta vergüenza. Lo interesante es llevar eso, que ya de alguna forma se ve en mi trilogía, fuera de lo autobiográfico y más hacia lo colectivo, a la ficción pura. Y quizás el diario personal es el modelo narrativo para hacerlo.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>- Fuguet parece haberse ido para ese lado con <em>No Ficción</em></strong></p>
<p style="text-align: justify;">Claro, pero Fuguet es un excelente publicista. Yo era muy amigo de Fogwill, un trabajador del mercado que se ganaba la vida haciendo frases para vender chicles, y veía en Fuguet a un colega. Él es capaz de inventar, lo que hay que inventar, en el momento justo.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>- Hay en tu obra una mala leche clara contra <em>los otros/los felices</em> (que son jóvenes, exitosos y que no traen el lastre del pasado). ¿Por qué?</strong></p>
<p style="text-align: justify;"><em>Los felices</em> son rock and pop, no lo digo en sentido peyorativo, ellos son los que escuchaban a Silvio cuando estaba en la radio, en la tele, y las condiciones de escucha eran totalmente distintas a las mías: que eran clandestinas. <em>Los felices</em> no tienen el lastre de la paranoia de lo que ya pasó. Para ellos el pasado es el pasado, para los más viejos es incierto: <em>¿qué chucha pasó conmigo?</em> <em>Los felices</em> miran el futuro cómo pregunta: <em>¿qué va a pasar en diez años más?</em> Para los otros la pregunta es hacia atrás. Zambra habla de la literatura de los hijos lo que es una pachotada, propone <em>“que somos los hijos los que debemos hacer la literatura”</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando hago una referencia a <em>los felices</em> hablo de lo local pero no en un sentido valorativo –de lo bueno o lo malo– busco hacer la separación del tipo de códigos, de cómo acercarse a la realidad. Los trasvasijes de mirada son súper actuales, es necesario romper esa idea de linealidad y de las preocupaciones de cada uno.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>- En alguna parte dices que eres artista, chileno y además judío. </strong></p>
<p style="text-align: justify;">Claro, vendría a ser como la tríada de lo peor (risas). No eres central. No te ganas bien la plata, pero sobre todo hay una sospecha permanente. Lo pongo en tu caso: si tú vienes de Talca y haces esta revista eres evidentemente sospechoso. ¿Qué camino torcido has tomado para terminar en <em>Medio Rural</em>?</p>
<p style="text-align: justify;">Es como cuando Kakfa le escribe a la novia: <em>“qué tengo que ver con el judaísmo, cuando apenas tengo que ver conmigo mismo”</em>. Las cosas han sido tan despojadas, que al final ¿qué tengo que ver con lo que me rodea?, soy un ente raro. En mi caso, me crié en un colegio francés, escribo en español de un mundo chileno y vivo afuera; no puedo pretender identidades férreas de nada, ser el José Donoso de la clase media chilena.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>VENENO Y BOLAÑO</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Luego del éxito que obtuvo con <em>Bosque Quemado</em>, con el que ganó el Premio Jaén en 2007, y del que el crítico Ignacio Echeverría dijo es <em>“una obra de gran vigor estilístico, espléndida y madura sobre el exilio chileno”</em>, Roberto Brodsky decidió escribir <em>Veneno</em> una obra punzante y ácida que le generó más de algún problema, ya que develaba todos los tejemanejes de la literatura nacional, hablaba de su amistad con Bolaño (asunto que generó y genera envidias) y varios cagüines que hizo que varios nombres insignes de las letras chilenas lo miraran feo.</p>
<p style="text-align: justify;">Aunque una de las condiciones previas para esta entrevista era obviar el manoseado tema de Bolaño, cosa a la que Brodsky asintió gustoso, al final igual nos vimos metidos con el influjo del <em>detective salvaje</em>.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/bro1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-781" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/bro1.jpg" alt="bro1" width="717" height="444" /></a></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><strong>- En una entrevista a The Clinic dijiste que nadie pescó <em>Veneno</em>. ¿Por qué crees que pasó eso?</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Yo creo que un poco lo evadieron. <em>Veneno</em> fue un libro muy complejo de escribir, ya que está escrito desde una cierta narrativa del trauma. Es un juguete medio rabioso que si yo hubiese querido morigerar o aplacar me rechazaba; el texto se autonomizó y yo, aunque me decía: <em>“huevón, me van a sacar la cresta”</em>, no podía hacer nada. Fue como un hijo con problemas conductuales al que prefieres dejarlo en la casa o bien que salga fuera para que sea lo que es lo que es: un libro que responde a mis preocupaciones y se integra a la familia, a la obra. Debido a mi pasado, me cuesta creer en las purezas estéticas, si los materiales son impuros e incómodos hay que cargarlos.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>- En <em>Casa Chilena</em>, dices que lo que más escuchas es: <em>“no vayas a escribir sobre esto”</em>. ¿Se te pasó la mano?</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Me han dicho mucho eso, pero yo creo que no. Incluso me parece que no cuento ninguna infidencia de nada. El libro no está en la lógica del acusete, <em>“este hizo esto o aquel tal cosa”</em>, y funciona más bien como discurso de la interperie. No creo haberme pasado de la raya con nadie salvo, quizás, conmigo mismo. Si con algo me extralimité fue con mi propia condición narrativa.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>- ¿Cómo ves el <em>post bolañismo</em> en la narrativa local?</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Hay un momento de hipnosis con Bolaño, él viene de afuera con un trabajo muy personal y literario muy elaborado. Luego hay un momento de ceguera, de neófito: <em>“sólo hay un antes y después de Bolaño”. </em>Ese también pasó. Hoy parece que hay un momento más crítico, de cuestionar dónde se instala esa narrativa. Bolaño eso lo anticipa, cuando dice:<em> “la obra viaja sola. Luego encuentra un montón de circulaciones –viaja acompañada por críticos, lectores, por las publicaciones– luego esa obra es dejada sola –por los críticos y por los lectores– y después sigue viajando sola. Ese es su destino final”. </em></p>
<p style="text-align: justify;">Ese es exactamente el proceso, Bolaño lo describe maravillosamente en los <em>Detectives Salvajes. </em>Él, como autor, sabía perfectamente que cualquier obra auténtica sigue ese camino: en algún momento estarás bien acompañado y luego solo. Este negocio es así.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>- En ese sentido, ¿qué te parece el panorama literario local?</strong></p>
<p style="text-align: justify;">No lo conozco bien. He leído harto, pero se publica mucho y en varias editoriales. Me parece que hay una noción minimalista, fragmentaria, que está ordenando el territorio y que tiene una vida más bien corta y que responde a un momento determinado de la escritura. Uno lo puede reconocer, por ejemplo, en la obra de Alejando Zambra o de Diego Zúñiga. Éste está haciendo un gesto interesante, darle una vuelta al realismo a partir de un lenguaje que puede ser periodístico, pero que incluye un juego de desplazamientos con el referente, que es atractivo como proyecto. Lo de Zambra es más recursivo y más formal; trata de ser puro, frío. Nadie puede discutirle a Zambra el oficio, pero eso que aplica una y otra vez tiene un desgaste enorme. Es como un camarón congelado.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong><br />
PANERO</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Roberto Brodsky y la Unión Latina, un organismo de cooperación cultural donde el autor se ganaba la vida, trajeron a Chile en 2004 al gran poeta español Leopoldo María Panero. Lo que le da a este hecho tintes odiseicos es que Panero estaba recluido en un hospital psiquiátrico desde hacía décadas y era casi imposible sacarlo. Ahí hicieron una jugada genial: se engrupieron al director del manicomio convenciéndolo de que el poeta chileno radicado en España Bruno Montané era además de letrado, enfermero. Panero, con Montané de chaperón, realizó varias presentaciones poéticas en Santiago –en una de las cuales, en el Centro Cultural España, con un cigarro prendido salió detrás de la mujer que le llevaba las bebidas y no volvió más– e incluso visitó a Nicanor Parra.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>- Una pregunta final: en <em>Veneno</em> Panero te firma un libro en un momento angustiante para él. ¿Qué decía la dedicatoria?</strong></p>
<p style="text-align: justify;">No me acuerdo exactamente las palabras, pero sí perfectamente a que aludía. Panero en algún momento, en un rapto de lucidez, me dice: <em>“Brosky sácame de aquí” </em>(lo dice con acento español y cara de asesino en serie<em>). </em>Panero, era muy loco e impresionante. Leopoldo es un súper buen ejemplo del límite de la vergüenza, se despoja, por supuesto, a través de la locura de todo. <em>Se caga en el papá, en España</em> y, claro, probablemente por eso termina donde termina.</p>
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<p style="text-align: justify;"><em>PS: Un par de semanas después de esta entrevista Roberto Brodsky escribe por correo: “Te mando de paso y con retraso la dedicatoria de Panero: ¿qué dice, qué quiso decir? Hay que leer «Veneno» para descifrarlo”. Lamentablemente, y como era de esperar, lo que escribió Panero en la dedicatoria parece garfios y patas de araña.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/bro4.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-782" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/bro4.jpg" alt="bro4" width="550" height="408" /></a></p>
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