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	<title>MEDIO RURAL &#187; jorge teillier</title>
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		<title>El espectro de un Espectro</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Apr 2016 22:19:25 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Por Jonnhatan Opazo Recuerdo una anécdota remitida por Patricio Pron que leí en internet hace un tiempo: una chica encuentra por casualidad, en una librería de saldos, un libro firmado por un tal David Markson. El ejemplar, si mi memoria no me falla, era una novela de Don Delilllo. A la chica, lectora desinteresada, le parecieron graciosas las anotaciones, las [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<h6>Por Jonnhatan Opazo</h6>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/espec3.jpg"><img class="  wp-image-760 size-medium alignleft" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/espec3-225x300.jpg" alt="espec3" width="225" height="300" /></a>Recuerdo una anécdota remitida por Patricio Pron que leí en internet hace un tiempo: una chica encuentra por casualidad, en una librería de saldos, un libro firmado por un tal David Markson. El ejemplar, si mi memoria no me falla, era una novela de Don Delilllo. A la chica, lectora desinteresada, le parecieron graciosas las anotaciones, las frases subrayadas –todas, para ella, aparentemente anodinas−, cierto interés en algunos pasajes: un libro diseccionado por un maníaco. Tal fue la gracia que le produjo que escribió un estado en su muro de Facebook comentando aquel extraño encuentro. Lo que ella no sabía era que el tal David Markson era en realidad un autor de culto –favorito, según  sabemos, de Foster Wallace− y las reacciones no se hicieron esperar: un conocido la contactó, constató que el ejemplar efectivamente pertenecía al autor y comenzó, junto a otros seguidores furiosos, apologetas desesperados, gente –sospecho– de nervios crispados y cierta acritud, una cacería en cuanta librería de saldos existiese en Estados Unidos para encontrar el legado disperso del autor. Una historia, por cierto, extremadamente borgeana: lectores detectivescos, paranoicos redomados que buscan claves, signos cifrados.</p>
<p>La anécdota, por supuesto, no es más que una excusa para una historia personal que, sin embargo, tiene ciertas similitudes con la anterior. Fue probablemente una tarde aburrida o una noche cualquiera de dilatar las horas mirando la pantalla del computador cuando decido pegar en mi muro de Facebook de uno de mis poemas favoritos de Jorge Teillier, <em>“Cuando todos se vayan”: </em></p>
<p style="text-align: right;"><em>“Como una araña que recorre/ los mismos hilos de su red/ caminaré sin prisa por las calles/ invadidas de maleza/ mirando los palomares/ que se vienen abajo, / hasta llegar a casa/ donde me encerraré a escuchar/ discos de un cantante de 1930/ sin cuidarme jamás de mirar/ los caminos infinitos/ trazados por los cohetes del espacio”</em>.</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/espec2.jpg"><img class="  alignleft wp-image-759 size-medium" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/espec2-225x300.jpg" alt="espec2" width="225" height="300" /></a>Acto seguido, una chica –que en ese tiempo estudiaba la misma carrera que yo– me escribe: <em>“encontré un libro de Teillier usado en la calle. Tiene su firma. Si quieres te lo puedo pasar”.</em> Era un viejo ejemplar de <em>Muertes y maravillas</em> que encontró en la calle por dos mil pesos. Específicamente en la esquina 6 Oriente con 2 Norte, donde un hombre sencillo, algo ingenuo, remata todo lo que le llega sin criterio alguno: desde libros del Cepech hasta novelas de Henry Miller, pasando por versiones íntegras de <em>Leaves of grass</em> de Whitman o copias de Hamsun en alemán. Sin mucho entusiasmo accedí, sabiendo de antemano que la posibilidad de que me lo vendiera era ínfima. Ver la firma de Teillier en la portada de un libro tenía algo de espectral que era plenamente coherente con su poética: como el silbido del desconocido en medio de bosque. A lo único que atiné –esto ocurrió el año 2013– fue a tomarle una fotografía: el fantasma de un fantasma. Hasta ahí todo bien. Devolví el libro a las semanas y la fotografía quedó guardada en una de las tantas carpetas de imágenes de mi computador. No fue sino hasta hace poco que, otra vez dejando que el tiempo discurriera en cosas perfectamente inútiles como revisar carpetas antiguas –una nueva forma de recordar, supongo- me encuentro con esta foto y caigo en la cuenta de que la firma además tenía una dedicatoria:</p>
<p style="text-align: right;"><em>“Para Juan Balbontín/ su amigo en/ la calle neoyorquina/ a su pasado y futuro/ Jorge Teillier. 24 de diciembre del 79”.</em></p>
<p>La única palabra que se me ocurre para describir el momento es: serendipia. Balbontín, que hasta hace poco era para mí un nombre entre nombres [1], un perfecto desconocido; un escritor que, quizá a la manera de Markson, colgó los guantes, se me aparecía en una forma doblemente espectral: la fotografía de una dedicatoria en un ejemplar encontrado en una calle talquina por miserables dos mil pesos. Un escritor que eligió el olvido y, como una araña que recorre los mismos hilos de su red, parece reiterar ese gesto incluso en algo tan mínimo como su biblioteca personal. Un acto de apostasía literaria absoluta o un despejo en medio de la desesperación. La historia sobre cómo llegó el libro a la calle podría ser una historia sobre los abismos del olvido, la necesidad de desaparecer, los azarosos caminos de la literatura. Por ahora mejor dejarlo así: el espectro de un espectro.</p>
<h6>[1] Hasta leer la entrevista que precede este texto.</h6>
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		<title>Día y fuga de Jorge Teillier</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Apr 2016 14:25:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[El Mito]]></category>
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		<category><![CDATA[día y fuga]]></category>
		<category><![CDATA[jorge teillier]]></category>
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		<description><![CDATA[Por José Tomás Labarthe I Abre los ojos en el Sur de un planeta que se debería ver azul. Su madre lo abraza conmovida, mientras en la radio alguien llora la muerte de Gardel. Alguien teme asomarse al espejo cuando es medianoche. De pantalones cortos sale a la calle junto a su padre bajo la lluvia. Escucha distintos idiomas mientras [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<h6>Por José Tomás Labarthe</h6>
<h1>I</h1>
<p>Abre los ojos en el Sur de un planeta que se debería ver azul. Su madre lo abraza conmovida, mientras en la radio alguien llora la muerte de Gardel. Alguien teme asomarse al espejo cuando es medianoche. De pantalones cortos sale a la calle junto a su padre bajo la lluvia. Escucha distintos idiomas mientras camina. Lo suben al auto y le entregan un libro con el que dormirá abrazado en un hotel. Sueña que lee en el jardín a su hermana muerta. Viaja por el mundo a bordo de un globo. Un traidor dicta una ley que será maldita. Escribe un poema y siente que fue otro el que legó ahí sus palabras. Gana su primer premio cantando a una reina de otra primavera. Se compra un terno y festeja bebiendo junto a los amigos. Sube a un tren y atraviesa la noche.</p>
<h1><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/dia1.jpg"><img class="alignleft wp-image-829" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/dia1.jpg" alt="" width="263" height="163" /></a>II</h1>
<p>Despierta ya en la capital. Entra a los jardines del Pedagógico y escucha su primera clase. Se acerca a una joven que aprendía alemán. La besa. Sueña con ella tener una familia y dos hijos. Le entregan una caja con su primer libro. “Un libro prematuramente maduro”, dicen. Festeja demasiado con los amigos en casa. Conoce a una joven que pinta. Ha aceptado batirse a duelo, pero no se encuentra con quien lo retara. “San Jorge no encontró al dragó”, dice. No para en casa. Ahora pasa por la biblioteca y encuentra a un hombre copiando libros de poemas. Se presentan. Felices por el encuentro, salen a buscar una copa de vino y emprenden una amistad contra la muerte. Triunfa la Unidad Popular. Recuerda a su padre y la felicidad tras tantos años en la lucha. Vuelve a su oficina, en el segundo piso de la casa central de la universidad. Entrega las últimas correcciones del boletín en el que trabaja. Baja corriendo a la Alameda por donde pasa la mayor parte de los troles al estadio. Miles de banderas rojas en la entrada. Un hombre de larga barba que por entonces seguía siendo revolucionario habla durante horas. Lo acompaña el presidente socialista elegido por el pueblo y para el pueblo. Sus lentes de marco ancho guardan la visión de un sueño extraordinario. Un amigo pintor le presenta a otra joven pintora de aires vikingos, como si viniera de los hielos de aquel norte. Pasan aviones sobre sus cabezas. El Presidente defiende la casa de gobierno, mientras entrega sus últimas palabras al futuro. Los naranjos en llamas. La patria huele a muerte. Militares traidores. El espíritu de nuestro pueblo ahora en trizas. “La letra con sangre entra”. Dolor y oscuridad. Su familia se dirige al aeropuerto hacia el exilio. Va a subir los escalones de retorno a su oficina, pero decide no volver. Pide ayuda a una bella joven para cruzar la Alameda, afirmando que no le era algo fácil. Ella sonríe. Abre las puertas del bar en la calle Nueva York. El dueño y todos lo saludan en el oasis donde la amistad fluye como en el palacio de una aristocracia que es la llamada “mesa de los poetas”. Tomará vino si le ofrecen vino. Tomará agua si le ofrecen agua. Abre una carta que envía un amigo desde muy lejos –más allá de la Lima del otro pirata– con algunos billetes que se transforman en un brindis que no cesa. Busca entre sus bolsillos y nota que ha perdido un poema inconcluso junto a un programa del Club Hípico, como tantas otras cosas más. Oscuro recuerda la clínica y a un pintor que será poeta y que terminará quitándose la vida.<br />
Vuelve a su casa cerca de la cordillera. Antes entra al restaurant de siempre por una última cerveza. Una camarera nueva lo reconoce y le pide un poema. Él lo escribe en una servilleta y se lo entrega. Ella le reclama que el poema es de Apollinaire mientras ríe encantado. Adivina que mañana beberá una copa de champagne dulce y se despedirá de la ciudad rumbo al fundo junto al molino, donde también lo esperan un perro y un gato que no resistirán su muerte. Ha esquivado los golpes del olvido. Sabe que será la última vez que camine esas calles antes de volver donde se sentía flotar, lleno de alegría, liberado de sí mismo, fuera de toda realidad.</p>
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