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	<title>MEDIO RURAL &#187; daniel rozas</title>
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		<title>Eduardo Plaza: “Ser pobre y de provincia te obliga a ser creativo desde la precariedad”</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Jul 2021 15:59:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[Texto y fotos: Daniel Rozas Germán Marín decía que no bastaba trabajar con el resentimiento social, de clase, sino que lo creativamente útil era ser resentido frente a la vida, frente a las cosas que no resultaron, frente a las cosas que te dejaron solo. Un resentimiento que va hacia a la política, al arte, y que opera respecto de [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Texto y fotos: Daniel Rozas</p>
<p>Germán Marín decía que no bastaba trabajar con el resentimiento social, de clase, sino que lo creativamente útil era ser resentido frente a la vida, frente a las cosas que no resultaron, frente a las cosas que te dejaron solo. Un resentimiento que va hacia a la política, al arte, y que opera respecto de las opciones del mundo en que vives.</p>
<p>Ese pensamiento de Marín me asalta después de leer <em>La Pajarera</em> (2021, La Pollera), el último libro de Eduardo Plaza (1982), autor de la colección de cuentos <em>Hienas </em>y la novela <em>Retamo</em>, e integrante de la lista Bogotá39-2017, elegido como uno de los cuatro chilenos entre los mejores escritores de ficción de América Latina menores de 40 años.</p>
<p>El libro está compuesto por una introducción y cinco crónicas semi autobiográficas sobre su infancia en Coquimbo, donde la precariedad y el resentimiento activan una mirada crítica, familiar y afectiva y, en varias ocasiones, humorística.</p>
<p>Plaza le pega una repasada a algunos de los lugares comunes que existen sobre Coquimbo: el mito fundacional del puerto pirata, el tesoro de Guayacán, la Cruz del Tercer Milenio, los Viking´5 o la historia del caudillo Pedro Velázquez, exalcalde de puerto entre 1992 y 2006.</p>
<p>Si Pedro Lemebel decía que no había nada peor que ser pobre y homosexual en Chile, Plaza, por su parte, sostiene que no existe destino más jodido que ser pobre y de provincia. Yo agregaría que a Eduardo Plaza le sucede lo mismo que a Nicanor Parra. Cuando Teófilo Cid le preguntó a Parra: ¿Cuándo llegaste a Santiago? El chillanejo respondió: “Todavía vengo llegando”.</p>
<p>Plaza lleva casi diez años viviendo en Santiago, y le gusta la ciudad, pero no se siente incorporado. Escuchándolo, pareciera que hay una especie de descalce entre su memoria, y lo que ocurre alrededor.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2021/07/plaza.jpeg"><img class="aligncenter size-large wp-image-1519" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2021/07/plaza-1024x769.jpeg" alt="plaza" width="676" height="508" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
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<p><strong>¿<em>La pajarera</em> es un libro hecho por encargo o nació de tu propio deseo?</strong></p>
<p>Por encargo. Daniel Campusano me llamó unos seis meses antes del estallido social y me dijo que estaba levantando esta colección de crónicas, Surcos del territorio, y tenía ganas de que yo participara. A mí jamás se me hubiera ocurrido sentarme a escribir algo que no fuera ficción. De ningún modo habría pensado escribir una crónica. Y eso que yo soy periodista. Tampoco sentía que tenía mucho que decir sobre la ciudad. Lo que sí caché era que podía encontrar una versión particular de contar mi Coquimbo.</p>
<p><strong>¿Y cómo se fue armando el libro?</strong></p>
<p>Lo primero que le dije a mi editor fue que no podía escribir una crónica precisa, cronológica, justificada, de las cosas que pasaban en Coquimbo, de mi infancia en provincia. Me conformé con mi versión. Para escribir sobre la pajarera conversé mucho con mis amigos porque fueron estas casas que entregó el Serviu (Servicio de Vivienda y Urbanismo) mediante un subsidio básico a lo largo de Chile y que, en Coquimbo le llamaban, despectivamente, la pichonera. Al escribir me acordé de la experiencia que tuve de pendejo cuando se burlaban de la casa de mi vieja. Lo mismo corrió para el perfil sobre Pedro Velázquez. Puede que yo esté equivocado, pero ese texto lo escribí a partir del recuerdo de haber leído una entrevista que le hicieron al exalcalde donde decía que quería construir una estatua gigantesca del pirata Francis Drake (que utilizó la bahía de La Herradura como fondeadero y vino a saquear La Serena en 1578), en el acceso sur de la entrada de Coquimbo, donde se le da la bienvenida a los turistas que ocupan el puerto durante sus vacaciones. Tengo la imagen en mi cabeza: la periodista describiendo al entonces alcalde abierto de patas y posando como estatua. Después vino la revuelta y la pandemia y yo creo que eso volvió el libro más personal. Ambas cosas me generaron la imposibilidad de volver a Coquimbo cada vez que yo quería. Antes de octubre de 2019, yo podía estar una semana en Santiago y otra en Coquimbo. Después de la revuelta todo cambió.</p>
<p><strong> </strong><strong>El libro parte con tus dificultades para volver a Santiago en auto desde Coquimbo. Te demoraste como doce horas en llegar a la capital. ¿Cómo se vivió el estallido social en Coquimbo?</strong></p>
<p>Yo estaba viviendo en Providencia con un amigo y nos vinimos a Coquimbo por un fin de semana en octubre, pero al final nos quedamos varios días más. Cuando quedó la gran cagada, después del 18, cuando todos estábamos esperando que Piñera dijera algo y no lo dijo, cuando todos pensábamos que se venía un golpe de estado y Piñera salió, dijo un par de tonteras, y se volvió a esconder. Bueno, ese día nosotros veníamos de vuelta a Santiago.</p>
<p>Una semana antes habían tratado de quemar la Cruz del Tercer Milenio. Nos fuimos por Ovalle, después manejamos hasta Los Vilos y, como no había nadie en la carretera creímos que nos íbamos a demorar cuatro horas en llegar a Santiago. Y, claro, en Los Vilos ya estaba la cagada. Habían cortado todo. Nos hicieron bailar para cruzar y lo hicimos. Cuando empezó a oscurecer la cosa se transformó en una selva. Había una fila de cien kilómetros de autos. A la primera salida nos arrancamos de la carretera y nos fuimos conejeando por caminos de tierra. Fueron horas de temor porque había lugares donde todo estaba cerrado y nos apuntaba con láseres e intentaban hacernos encerronas. Nos demoramos una doce horas en un camino que toma cuatro horas y media.</p>
<p><strong> </strong><strong>La primera crónica está muy bien urdida. Partes hablando de tu viaje en pleno estallido social y, de repente, cambias de dirección y haces una digresión sobre la imposibilidad de hablar con tu mamá, que jamás le dirías Nora en persona, y de ahí se dispara tu memoria sobre tu infancia en Coquimbo.</strong></p>
<p>Yo jamás le he dicho Nora en la vida. Lo que a mí me pasó fue que, la libertad que yo tenía para desdeñar Coquimbo, dejó de existir después del estallido porque ya no podía venir a Coquimbo para desdeñarlo. Mi problema fue estar escribiendo sobre algo sin poder llegar a mi ciudad. Porque finalmente Coquimbo es mi madre. Bueno, están los amigos y las cosas que puedo contar sobre Pedro Velázquez o los Viking´5 pero el vínculo más preciso que tengo con esta ciudad es con mi madre que, a todo esto, es serenense. Y yo tampoco soy coquimbano. Yo soy serenense, pero me crie en Coquimbo. Entonces ahí tomé la decisión de hablar de Coquimbo. Escribir este libro fue una forma de hablar de mi vieja.</p>
<p><strong> </strong><strong>Escribiste una crónica sobre el exalcalde de Coquimbo Pedro Velázquez. ¿Cómo investigaste el personaje?</strong></p>
<p>Más que investigación, mantuve muchas conversaciones con colegas periodistas de Coquimbo. Y, al igual que en muchas ciudades chicas, las municipalidades financian los medios. Entonces el diario <em>El día</em> de Coquimbo jamás dijo nada sobre Velázquez hasta que fue expulsado de la Municipalidad.</p>
<p><strong> </strong><strong>¿Cómo reporteaste ese perfil?</strong></p>
<p>Yo pedí tres veces por transparencia que me enviaran el dato de cuántas lucas se habían gastado en la Municipalidad de Coquimbo en el tema de la Cruz del Tercer Milenio. Todavía estoy esperando. Ahí uno se da cuenta de lo inoperante que es el sistema de transparencia en Chile. No obtuve una respuesta, pero cuando yo les preguntaba a mis amigos sobre Pedro Velázquez, lo que les llamaba la atención eran las excentricidades que él hizo con la plata municipal. Pedro Velázquez era un loco insólito que dejó la Municipalidad con seis mil millones de deuda y que, además, robó.</p>
<p><strong> </strong><strong>A Pedro Velázquez le encantaba decir que nunca había robado.</strong></p>
<p>Él se fue de la alcaldía por fraude al fisco. Decía: “Nunca fui condenado por ladrón, sino que por fraude al fisco”..<strong> </strong></p>
<p><strong>Una distinción patuda pero correcta.</strong></p>
<p>Pedro Velázquez es un personaje inevitable para hablar de Coquimbo. Pero lo que no quería hacer era transformar la crónica en un show porque su gestión fue grave.<strong> </strong></p>
<p><strong>En <em>La Pajarera </em>cuentas que Pedro Velázquez estuvo como alcalde de Coquimbo desde el 92 hasta el 2006</strong>.</p>
<p>Por eso te digo que era inevitable mencionarlo. Y era inevitable también pensar y preguntarnos en qué estábamos todos nosotros en esa época. Hablo en plural cuando porque todos lo aplaudíamos. Los noventa fueron una época bizarra en Chile. Estábamos en esa onda del chaleco más grande del mundo. La desesperación por ser alguien en el país de los nuevos ricos de Frei Ruiz-Tagle nos llevó a esa clase de actos por figurar. Y en ese caldo surgió Velázquez. Él representa eso. Piensa en lo que hizo en el cerro de Coquimbo con la Cruz del Tercer Milenio. Mira cuánta plata gastó.  A él no le importaba a si la gente no tenía agua potable o alcantarillado en los cerros.</p>
<p><strong>Lo importante era demostrar quién meaba más lejos. </strong></p>
<p>Era eso. Quién mea más lejos versión alcalde. Nosotros vamos a tener que mirar esa cruz de 80 metros para siempre en Coquimbo. Fue parte de la locura exitista noventera de querer hacerle un atajo al desarrollo. Yo tampoco soy de esos huevones que viven tirándole mierda a Ricardo Lagos. Pero lo que a mí me molesta es que, si bien la Concertación hizo lo que pudo ―muchas veces con el parlamento en contra y los milicos encima― a mí no me la venden que ellos no se vieron con plata en las manos. Y cuando digo ellos, no me refiero a que se hayan llevado plata para la casa. Pero como vieron que llegaba plata a Chile, creyeron que lo único que importaba era el crecimiento económico. Y en las versiones más chicas y pobres de ese relato, como Coquimbo, imperó esa idea de no darse la vuelta larga para llegar a ser una mejor ciudad. Lo fácil fue poner una cruz y una mezquita y creer que nos iban a llover los turistas.<strong> </strong></p>
<p><strong>La mayor investigación que hiciste para este libro fue para escribir sobre una leyenda fundacional de Coquimbo: los piratas y el tesoro de Guayacán. Mencionas el libro que escribió el arqueólogo Ricardo Latcham en 1935 como clave cultural para entender la identidad coquimbana.  </strong></p>
<p>Para mí fue fascinante darme cuenta que, esta broma que hizo Latcham sobre los piratas, esta novela, se transformó en parte de la identidad coquimbana. Ricardo Latcham fue un intelectual inglés que estuvo viviendo mucho tiempo en Chile y cuyo currículum lo avaló para decir cosas en un libro de ficción que luego fueron leídas literalmente. Como si se tratara de información realista. Entonces cuando él escribió <em>El tesoro</em> <em>de los piratas de Guayacán</em><em>: relación verídica </em>(1935) fue cuando, a partir de esa ficción, se sostuvo la identidad coquimbana en relación a ser un puerto de piratas. Cosa que es absolutamente falsa. El mito del tesoro escondido de Guayacán no existía en la literatura chilena antes del libro de Latcham. Por eso yo digo que es una broma de Ricardo Latcham. Y creo que la broma se le fue de las manos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Retomando tu libro. Dices que no se puede hablar de Coquimbo sin hablar de los Viking´5. Y haces una distinción dialéctica entre el sonido de la Sonora Palacios (bronces, piano) con los Viking´5 que incorporan la guitarra eléctrica. En esa crónica conversas con Lalo Macuada, guitarrista de la banda, que ahora con la pandemia trabaja manejando un taxi colectivo en Coquimbo.</strong></p>
<p>El Lalo es un tremendo personaje. Yo no soy músico, pero creo que el Lalo carga con el peso de ser el guitarrista de los Viking´5 desde el año 78. Yo creo que si uno se pone a revisar grupos como Tommy Rey o la Sonora Palacios y después escuchas a los Viking´5 es evidente la diferencia. Y eso tiene que ver con la precariedad que significa ser de provincia y no pertenecer a Santiago. Además, en los setenta Chile era un país pobre. Una cosa es ser pobre en Chile, y otra es ser pobre y de provincia. Y creo que con la música pasa lo mismo. En los 70 y 80 Chile era pobre, pero en Coquimbo ni siquiera le alcanzaba a un grupo como los Viking para comprarse una trompeta. Entonces no es que los Viking´5 no hayan querido armar un cuarteto de vientos y tocar como Tommy Rey, lo que pasaba es que no tenían plata. Eso hizo que la banda fuera una batería, un bajo, y un guitarra. Ellos estaban obligados a ser creativos desde la precariedad. Y de ahí viene la predominancia de la guitarra y la forma en como el Lalo sostiene un carrete completo con su instrumento. Es un punteo rockero en versión fuente de soda.</p>
<p><strong>Escribes en la crónica “Cumbia de Cahuín”: “Hay algo en esa cumbia rapidita, apurada, con guitarra, bajo y batería, sin sección de bronces y sin protagonismo del piano que me da sed. Pienso si hay hielo en el freezer. Querer mover las patas. Querer tomarme una cosa</strong>. <strong>Quererme mandarme una cagada más o menos acotada, de menor importancia. Eso me despierta la guitarra de Lalo Macuada”.</strong></p>
<p>Eso tiene que ver con el carrete grupal que despierta la música de los Viking´5. Es una cumbia para pasarlo bien, no para jotearte a alguien. Es bailar con los amigos, disfrutar. Tiene que ver con la originalidad en lo precario y cómo ellos crearon escuela con eso.</p>
<p><strong>Yo veo ahí cierta conexión con tu escritura. Tu narrativa es concisa. No abundan los adjetivos y pareces seguir la máxima de Hemingway: escribir es borrar. Tu escritura es nortina, árida.</strong></p>
<p>Yo creo que mi escritura es semidesértica, como el paisaje de Coquimbo. Intento usar la menor cantidad de adjetivos. No voy a escribir una novela de 200 páginas si la puedo escribir en 80. Prefiero que no se tale tanto árbol para publicar un libro.</p>
<p><strong>Vi una entrevista en YouTube que te hicieron en Colombia durante el Hay Festival Cartagena 2018, cuando fuiste integrante de la lista Bogotá39-2017 (y </strong><strong>te escogieron como uno de los cuatro chilenos entre los mejores escritores de ficción de América Latina menores de 40), </strong><strong>donde te preguntaban por tu libro favorito clásico de la literatura universal y, en vez de mandarte las partes y mencionar <em>Ana Karenina</em> o <em>Moby Dick</em>, hablaste de <em>El vaso de leche </em>de Manuel Rojas. </strong></p>
<p>En mi caso, como no tuve una biblioteca en la casa, lo que yo leía era lo que encontraba en el colegio en Coquimbo. Agarraba lo que pillaba y en eso encontré a Manuel Rojas. Y <em>El vaso de leche</em> me cambió la vida. Si no fuera por ese cuento, quizá ahora estaría a cargo de una botillería.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2021/07/plaza.jpeg"> </a></p>
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		<title>Antonio Gil  escritor, heterodoxo y plebeyo:   “Soy un convencido que la ciudad nace alrededor del cadalso, de la horca”.</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Dec 2015 23:01:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[Texto y Fotos: Daniel Rozas &#160; Antonio Gil nació en Santiago en 1954. En otro mundo. Una ciudad donde la comuna de La Florida era aún campo y no la aberración inmobiliaria con pretensiones de suburbio gringo que es hoy en día. Gil cuenta que se educó en el Instituto de Humanidades Luis Campino y que luego tuvo un intempestivo [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Texto y Fotos: Daniel Rozas</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;">Antonio Gil nació en Santiago en 1954. En otro mundo. Una ciudad donde la comuna de La Florida era aún campo y no la aberración inmobiliaria con pretensiones de suburbio gringo que es hoy en día. Gil cuenta que se educó en el Instituto de Humanidades Luis Campino y que luego tuvo un intempestivo paso por la Facultad de Periodismo de la Universidad de Chile pero no quiso titularse por un conflicto con el decano. <em>“¿Te imaginas lo que era estudiar periodismo en dictadura?”</em>, pregunta.</p>
<p style="text-align: justify;">Actualmente se gana la vida como publicista y escribe semanalmente en varios medios de prensa chilenos como <em>Las Últimas Noticias</em>, <em>El Centro </em>de Talca y la revista del Cajón del Maipo, <em>Dedal de Oro, </em>cuyo director es nieto de Juan Emar y Eduardo Barrios. También es conocido por su prolífica producción ficcional que incluye títulos como el poemario <em>Mocha Dick</em> (2006) y la novela <em>Retrato del Diablo </em>(2012) entre otros.</p>
<p style="text-align: justify;">Nos juntamos al mediodía con Gil en su segunda casa: el restaurante capitalino <em>Tomate Palta Mayo</em> donde los garzones lo reciben con la cordialidad que se merece un cónsul de la Casa Real de Portugal para la Argentina y Chile.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo primero que destaca a la vista del aspecto de Antonio Gil es su barba tipo capitán Ahab con efluvios de nicotina coronando la columna de hiedra blanca.  Tampoco destiñe su sombrero panamá negro ni sus anillos en cada mano –refulgentes a más no poder- ni esos pecaminosos ojos azules dilatados que denotan algún exceso provocado por su inveterada propensión a la gula, la bebida y la lujuria.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/12/gil1.jpg"><img class="aligncenter wp-image-705 size-large" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/12/gil1-1024x776.jpg" alt="gil1" width="676" height="512" /></a></p>
<p style="text-align: justify;">Gil saluda con mano firme y sonríe maliciosamente, tira un chiste al mozo, bebe un sorbo de su Coca Cola con dos hielos y limón, lubrica la garganta, y afirma rotundo:</p>
<p style="text-align: justify;"><em> “Vinimos a hablar de la ciudad. Gran tema. Convendrás conmigo que hablaremos de un asunto muy complejo y que se puede tomar desde miles de lugares pero me parece una muy buena reflexión para comenzar esta charla”.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Así, mientras llama al garzón para que baje la espantosa música que emana de un lugar que está semi vacío, tomando una pausa para encender un Kent rojo, prosigue:</p>
<p style="text-align: justify;"><em> “Yo te diría que lo más importante es que la ciudad es un artefacto construido sobre el campo. Eso nunca lo olvido. Durante años me he preguntado cuál fue el punto central. Es decir, ¿dónde está el inicio de la ciudad? ¿Será acaso como afirmaba Kavafis en su inmortal poema?: </em>«<em>La ciudad irá en ti siempre/ Volverás a las mismas calles/ Y en los mismos suburbios llegará tu vejez/Pues la ciudad es siempre la misma</em>»<em>”. </em></p>
<p style="text-align: justify;"><strong>La Ciudad</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Antonio Gil dice que siempre recuerda el episodio cuando Pedro de Valdivia mandó a llamar a Pedro de Gamboa y le dijo: <em>“Te daré la posibilidad de ser inmortal y que tú nombre viva para siempre”. Y Gamboa respondió: «don Pedro, debo recordarle que yo soy albañil, no alarife. Yo sé cómo levantar construcciones pero no como trazar ciudades»”. </em></p>
<p style="text-align: justify;">Gil asegura que Santiago fue trazado por un albañil que cobró su sueldo en sacos de chuchoca.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>“Pedro de Valdivia le mandó a decir a sus capitanes que los quería formados a las seis de la mañana porque tenía que darles una noticia. Valdivia salió de su tienda, con toda su armadura puesta (peto de malla, espada larga, espada corta y puñal), y montó en un caballo y dio tres grandes vueltas al galope. Luego se bajó del animal y anunció perentorio: «He resuelto fundar aquí una ciudad. ¿Hay alguien que se oponga? Acto seguido, le dio de beber agua de su casco a cada uno de sus soldados y con una rama los santiguo»”. </em></p>
<p style="text-align: justify;">En ese momento se produjo el acto mágico: la fundación de la ciudad.</p>
<p style="text-align: justify;">Antonio Gil sonríe con maldad. Se sabe un plebeyo ilustrado –como se autodenomina- y goza con entusiasmo del pasmo de su interlocutor. A esas alturas el restaurante ya comienza a llenarse, y las voces de los comensales suben en intensidad dificultando la conversación.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>¿En torno a qué espacios se levanta la ciudad?</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Personalmente soy un convencido que la ciudad nace alrededor del cadalso, de la horca. Ése es el punto central: el lugar a donde iban los campesinos a ver cómo se ejecutaba el ejercicio de la justicia. La otra posibilidad sería pensar que las ciudades se han ido construyendo alrededor de ciertos oficios y artesanías que se eran indispensables para el trabajo agrícola. ¿Quién afilaba los arados? Porque recuerda que los arados se hacían en caliente. Esto lo sé porque yo acompañaba a mi padre a llevarlos para que los afilaran. Y te estoy hablando de La Florida cuando era puro campo. Por eso conozco perfectamente cómo se instala la ciudad sobre el campo. A veces tú pierdes la memoria del campo, pero el campo sigue ahí como una especie de remanencia fantasmal.</p>
<p style="text-align: justify;">Antonio Gil toma y obliga. Pide unos crudos al garzón y dice que la mayonesa del local es la mejor de Santiago.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/12/gil2.jpg"><img class="aligncenter wp-image-704 size-large" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/12/gil2-986x1024.jpg" alt="gil2" width="676" height="702" /></a></p>
<p style="text-align: justify;"><strong>-Cuéntame de la urbanización </strong></p>
<p style="text-align: justify;">Bueno, eso es un tema aparte. En el caso de la urbanización española se aplica el principio del cuartel militar romano con un orden preciso,  exacto. A diferencia de los griegos, las espadas del campamento romano estaban a diez pasos de donde dormía el jefe. El otro establecimiento que también se puede usar como analogía para ciertas formas es la del pensamiento. O sea, tú siempre puedes imponer un criterio sobre la realidad. O hacer como los griegos,  que adaptan el pensamiento a la realidad. Yo creo que la ciudad tiene mucho de pensamiento.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>-¿Y qué lugar tiene la memoria en todo esto?</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Yo creo que la ciudad crea una memoria común que tiene dos aplicaciones. La primera es la ciudad construida según los griegos. En cambio nuestras ciudades son en un cien por ciento construidas como los campamentos romanos. Y <em>El Damero de Pizarro</em> es una cosa absolutamente <em>chilensis</em> (<em>El Damero de Pizarro</em> se refiere a la zona que constituye el centro histórico de la capital) por lo menos en lo que respecto a la plaza central.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>-¿Qué lugares desconocidos tiene la ciudad?    </strong></p>
<p style="text-align: justify;">Hay un pueblo que estaba dentro de Santiago que se llamaba San Juan y que era una conurbación. Era un pequeño pueblito que se formó a partir del campesinado de los inquilinos de Don Ricardo Lyon y que estaba situado a la altura de Hernando de Magallanes. Concretamente en calle Renato Zanelli. Y ese campesinado se convirtió en masa industrial gracias a las malterías que se instalaron ahí. Entonces, la ciudad surge como paso superior del campesino al trabajador industrial. Ahora va quedando muy poco pero si tú vas aún puedes identificar ciertas fachadas que son del pueblo. <strong> </strong></p>
<p style="text-align: justify;"><strong>-¿Y en base a qué se construye la ciudad chilena?</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Siempre en torno a una base productiva. El principio es que se puebla un lugar donde hay una importante producción de cereales o de lo que fuere –puede ser un puerto o una mina- que requiere de la ciudad.</p>
<p style="text-align: justify;">También es importante recordar que Benjamín Vicuña Mackenna rodeó la ciudad con un cinturón de hierro, esto es, un sistema de tendido ferroviario que se conformaba por las siguientes estaciones: Plaza Italia, San Eugenio, Franklin, Estación Central, Matucana y Yungay. Por eso hay algunos arquitectos y urbanistas que dicen que el espacio que se produce del Parque Forestal hacia arriba fue por donde se escapó la ciudad con posterioridad a Vicuña Mackenna.</p>
<p style="text-align: justify;">Santiago se escapó del cerco de hierro y se constituyó Providencia. Luego hay que agregar que Providencia es una cosa relativamente nueva porque antes todo era Ñuñoa. Una comuna inmensa que albergaba Las Condes, Providencia y La Florida, incluso. Retomando lo anterior, es la figura de Ricardo Lyon –que era un magnate ilustrado- quien leyó los principios de un filósofo norteamericano  que planteaba el principio de la <em>ciudad jardín</em> y que consistía en la idea de que el campo debía invadir la ciudad. Es decir, debía existir una suerte de entrecruce donde el campo penetraba la ciudad. Y el señor Lyon aplicó ese principio en el caso de Providencia.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>El gallinero lineal</strong></p>
<p style="text-align: justify;"><strong>-Se suele decir que Chile es un pasillo sin salida. Un gallinero estrecho que está sitiado por los cuatro costados. Por el Norte: la frontera con Perú y Bolivia; hacia el Sur: el fin del mundo; al Este: la cordillera minada con bombas antipersonales y por el Oeste: el Pacífico. ¿Cómo lo ves tú?</strong></p>
<p style="text-align: justify;">¿Te conté la historia de Borges?</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>-No.</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Estaba almorzando solo en el Hotel Dora en Buenos Aires a las doce del día y de repente veo que el  otro comensal es Jorge Luis Borges. ¡Casi me morí! Me paré a saludarlo y le dije:</p>
<p style="text-align: justify;"><em>-«Don Jorge Luis, yo no lo quiero molestar, simplemente quiero presentarme y darle gracias por su obra.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>-¿Cómo te llamas vos?, che, me respondió.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>-Antonio Gil, le dije.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>-Ah, por el acento veo que eres chileno.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>-Sí, soy chileno.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>-Ustedes los chilenos tienen un problema.</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>-¿Y cuál sería?</em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>-Son un país que tiene solo dos puntos cardinales y por eso son lineales».</em></p>
<p style="text-align: justify;">Gil dice que hasta el día de hoy la respuesta del autor de <em>Historia Universal de la Infamia</em> lo persigue como un espectro. <em>“No te puedes imaginar la cantidad de respuestas que he imaginado con respecto a esa invectiva. Puede ser cierta o no. Pero es muy borgeana” </em></p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Educación sentimental</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Antonio Gil termina el plato y pide dos expresos dobles<em>. “Ahora se viene la sobremesa”</em>, dice con humor. Los oficinistas del sector ya han vuelto al trabajo, y hemos quedado en silencio.</p>
<p style="text-align: justify;">Gil cuenta que el Santiago en el que se crió era una ciudad partida en dos; con una desigualdad brutal. Según el escritor existía un verdadero abismo entre las clases y que la pobreza era inmensa.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>-Dame un solo ejemplo</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Adultos descalzos.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>-¿Adultos? </strong></p>
<p style="text-align: justify;">Sí, no estoy hablando de los niños del Mapocho. Te hablo de adultos descalzos. Eso me provocaba una gran angustia. Lo que pasa es que los zapatos eran muy caros y Santiago era un lugar de mucha escasez y donde había muy poca posibilidad de elegir. Era una ciudad tan primitiva que la gente andaba vendiendo leche de burra por las calles. Pero lo otro que era maravilloso era que en la época de los santos, en los meses de invierno, era la temporada de los pavos. Entonces veías a tipos arreando veinticinco o treinta pavos con un fierro largo por las calles de la capital. De hecho, pasaban por el frente de la casa de mi abuela y con un gancho dirigían el rebaño para que no se les arrancaran los animales. Una imagen totalmente surrealista.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>-Cuéntame del Centro</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Una cosa muy importante de la ciudad que me tocó fue que el centro era un lugar vivo. No era solamente un espacio donde la gente iba a trabajar. Muchísima gente vivía en el centro y habían lugares que estaban abiertos las veinticuatro horas.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>-Me interesa saber qué tipo de personajes que poblaban el centro de Santiago. ¿Eran como los del <em>Paseo Ahumada</em> de Enrique Lihn?</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Habían personajes que eran parte del folclore urbano. Ellos mismo se inventaban. Yo te diría que el último fue <em>El Gloria al Pulento</em>, que murió hace poco. Era mecánico y tenía una enfermedad con la cual no se podía quedar quieto. Pero había muchos otros personajes característicos. Por ejemplo, había uno que vendía el diario vestido de Piel Roja. Y otro que se disfrazaba de Rambo. Era una ciudad más extravagante donde había espacio para lo excéntrico. También recuerdo que en la Plaza de Armas había un viejo alto que se paseaba con una banda presidencial y que se dedicaba a cambiar sencillo. Era un cambista. Y te juro que tenía facha de presidente.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>¿Y cómo eran los cines de Santiago? ¿Los frecuentabas? Raúl Ruiz y Gonzalo Millán  siempre hacían alusión a esos lugares como espacios mágicos de su juventud.</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Efectivamente. Había mucho cine de barrio. Y era maravilloso. Ahí alcancé a ver las últimas películas que eran seriales. Ésas que llevaban el continuará la próxima semana. Recuerdo especialmente el Teatro Regina que era un cine que quedaba en Vicuña Mackenna con la calle Passy.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>¿Y qué rol cumplía el cine en tu formación sentimental? </strong></p>
<p style="text-align: justify;">Para mí era fundamental porque todos los días miércoles iba al cine. En esa época se iba al colegio los mediodías del sábado. Entonces mi abuela (que me quería mucho y fue una persona fundamental en mi vida) me llevaba los miércoles al cine.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>¿Qué películas veías?</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Mi abuela me llevaba a ver todas la películas de Joselito que eran un horror. Espantosas, igual que las de Marisol. Y en alguna época me llevó a ver una serie de tres o cuatro películas de animación japonesa que eran extraordinarias. Y mi nana me llevaba a ver películas mexicanas al Cine Portugal que quedaba en Diez de Julio. Y ahí daban cinco películas de corrido. Entonces sucedía que las películas que pasaban en los cines del centro eran compartidas. Es decir, cuando se terminaba el primero rollo y el cojo sacaba el segundo,  partía un tipo en moto con el primero rollo a dejarlo a otro cine de la capital. Y por eso las películas corrían por las calles de Santiago.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>¿Y cómo eran las galerías del Centro?</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Yo creo que eso es súper importante. O sea,  es esta ciudad que rompe <em>El Damero</em> superficial de las calles y se interconecta. En el fondo, lo que hacen las galerías comerciales del centro es pasar por la chacra del primer tipo que recibió ese cuadrado. Entonces las galerías son un pasillo que pasa por encima de la chacra del vecino que recibió su casa desde la época de La Colonia.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>¿Qué lugares auraticos tiene Santiago para ti?</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Yo tengo la sensación de que hay lugares de la ciudad donde el tiempo está detenido. El otro día descubrí un sendero en el cerro San Cristóbal que ya existía cuando llegaron los españoles. Es decir, es previo al siglo XVI. Y pasa por debajo del funicular. Es un camino de cintura que tiene el cerro. Pero en el fondo yo creo que los lugares se van cargando de sentido en la medida que uno los habita y que tiene cierta memoria de ellos; en la medida que se hacen tuyos.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Por último. ¿Leíste El <em>Santiago que se Fue</em> de Oreste Plath? O mejor dicho: ¿Conociste alguno de los bares que se mencionan en el libro como <em>El Iris</em> o <em>El Bosco</em>?</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Sí,  <em>El Bosco</em> era una maravilla porque cada escritor tenía su mesa, su coro y corte. Y entrar en la corte de determinados autores era prácticamente imposible.  O sea,  te podían echar cagando, y como yo era muy pendejo, me sentaba en unas mesas medio ambiguas, medio neutras, de viejos que trataban de construirse un una corte y un status a imagen y semejanza de la que tenía Teófilo Cid.</p>
<p style="text-align: justify;">Antonio Gil cuenta que cuando se cerró <em>El Bosco</em> él fue el último día a tomarse un café. “<em>Me tomé el último expreso de El Bosco y lo hice como un gesto de despedida a un tiempo que se fue”.</em></p>
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