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	<title>MEDIO RURAL &#187; chile</title>
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		<title>CUARENTENA TERRITORIAL</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Apr 2020 23:31:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[CUARENTENA TERRITORIAL Cadáver no exquisito, caída libre en pleno apocalipsis.      LA CUARENTENA ES UN ABANDONO CHILE ESTÁ EN CUARENTENA CHILE ES UN PUEBLO ABANDONADO &#160; Como colectivo Pueblos Abandonados hemos abordado equívocamente la técnica surrealista del cadáver exquisito, haciendo más bien una vorágine de impresiones que adquieren el formato de la reflexión, la prosa, el microcuento o el [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center;">CUARENTENA TERRITORIAL</h2>
<p style="text-align: center;"><strong>Cadáver no exquisito, caída libre en pleno apocalipsis.</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong> </strong><strong> </strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong> </strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>LA CUARENTENA ES UN ABANDONO</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>CHILE ESTÁ EN CUARENTENA</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>CHILE ES UN PUEBLO ABANDONADO</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<h4 style="text-align: justify; padding-left: 60px;">Como colectivo Pueblos Abandonados hemos abordado equívocamente la técnica surrealista del cadáver exquisito, haciendo más bien una vorágine de impresiones que adquieren el formato de la reflexión, la prosa, el microcuento o el poema. Allí, como escritores que habitamos territorios lejanos del centro metropolitano, sentimos la cuarentena en tanto confirmación estética y política de la dejación institucional, del vacío que ha dejado la enajenación capitalista sobre el cuerpo flagelado de la patria asediada por un rey pestilente coronado por el aislamiento.</h4>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">                                    *                     *                     *</p>
<p style="text-align: justify;">El mundo se terminó, menos mal, es lo que esperábamos durante mucho tiempo, tanto esperamos que llegó después, cuando el deseo estaba perdiendo conexión con el objeto deseoso, o cuando daba lo mismo. El placer no fue de triunfo, sólo de constatación levemente nihilista del fin de un orden que se fundió por obra y gracia de un desequilibrio con la zoonósfera o por un tema de salud pública, no por la movilización social. Los abandónicos, los militantes del colectivo Pueblos Abandonados (en adelante PPAA) siempre postulamos que desde hace mucho rato nos tenían en cuarentena o aislados, porque éramos incorrectos, pero no en un sentido triunfal, porque siempre estuvimos cuarentenados o aislados por razones de (in)correctividad política.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Entonces, debimos padecer un aislamiento salvaje en unos pueblos de mierda, no porque lo fueran, sino porque querían dejar de serlo. Es decir, querían padecer la misma sed y hambre de consumo suntuario que los de la capital, querían la misma legitimidad, el ismo nivel de iniquidad que la capital, y de alguna manera lo lograron. Resulta que ahora se protegen de la peste que traen los santiaguinos que quieren venir a pasar la crisis sanitaria en el litoral, en área de ciertos pueblos abandonados que son una sucursal del infierno. Esto me recuerda cuando en periodos de guerra ciertos ricachones iban a capear la guerra en zonas vacacionales. Recuerdo una hermosa crónica de Sandor Marai al respecto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En resumen, teníamos razón, pero nuestro objetivo era no tenerla, y fue justo al revés. Hemos fracasado una vez más. Uno hubiera esperado tener en estos pueblos de mierda una peguita estable en una biblioteca municipal, por dar un ejemplo o en el departamento de cultura municipal, pero esos trabajos estaban reservados para los poderes fácticos que ponían a su gente ahí en donde reinaba la poderosa razón municipal. Y ahí sufrimos más que humillaciones, nos omitieron. Tanto es así que ni siquiera nuestros textos están en el catálogo de esas malditas bibliotecas municipales, debiéramos hacer algo como colectivo (darle una vía judicial, por ejemplo), sólo están los canónicos santiaguinos. ¡Me creerán que no hay ningún libro de mi autoría en la biblioteca público municipal Vicente Huidobro de San Antonio! No es por ser autorreferente, pero ahí hay una ilegalidad que debemos enfrentar, porque sabemos que hubo compras oficiales que implicaba que los libros adquiridos iban a estar en esos anaqueles. Puede que haya uno que otro, pero no los exhiben. En lo personal yo sé que hay un funcionario de la biblioteca de San Antonio involucrado en esta conspiración, el que pretende vengarse por aparecer como personaje de algunos relatos que necesariamente debemos hacer los que suscribimos al colectivo PPAA, dado nuestro objetivo de levantamiento territorial.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En fin, esta casuística nos sirve para entender la razón profunda de este cuarentenarismo que es un evento o acontecimiento que hace de puente al otro mundo, a un inédito porvenir para el que nos hemos preparado practicando la poética del abandono.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">                        *                     *                     *</p>
<p style="text-align: justify;">Valparaíso tiene, en su parte plana, dos zonas o barrios: El Puerto y El Almendral. La primera ahora es más una zona comercial y de servicios que portuaria, el pasado le da su nombre. Con la pandemia tiene muy poco movimiento; en el muelle para turistas las embarcaciones se mecen con absoluta calma. No hay, no habrá turistas, no hay lancheros ni quienes ofrecen los viajes a gritos y cuentan aguas adentro a grandes rasgos la historia esplendorosa de la ciudad, cada vez más lejana. Aun así, se ve movimiento de grúas detrás de las rejas. El Puerto sigue funcionando.</p>
<p style="text-align: justify;">Los que andan a pie se miran unos a los otros, porque en el otro está enfermedad. La mitad anda con máscara. Camino por el borde costero con un amigo, no he visto ninguna mujer. Compramos cerveza en una botillería que funciona como cualquier día, la tomamos en una placita. Hay otras personas que sufren el encierro y han salido, que fuman cigarros o marihuana cerca, que pololean. Ninguno anda con mascarillas. Tampoco lo hace un joven que mira por todos lados qué rescatar. Su caminata es rápida. La crisis para muchos habitantes de Valparaíso estará en el reciclaje.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">                                   *                     *                     *</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La palabra cuarentena es la mentira. Lo sabemos: no son ni serán cuarenta días sino quince y así, de quince en quince nos vamos, <em>en la medida de lo posible</em> como dijo Patricio Aylwin. Entonces Puerto Montt intenta hacer una quincena pero no puede, no le sale. En el fondo así siempre se ha ido construyendo nuestro abandono. Hecho de una tracalada de eufemismos y plurales de cortesía. Palabras que se suponía eran provisorias, desechables. Mi viejo me dijo una vez que eso en el rubro la construcción tiene un nombre, “ponerle un provisorio definitivo”. Y vamos poniéndole provisorios definitivos. Son palabras tramposas como la palabra: teletrabajo, mascarilla, alcohol gel. Puro jurel tipo salmón, o peor aún, puro salmón.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">                                               *                     *                     *</p>
<p> “Me importan un carajo los pueblo pequeños” dice el personaje en una película polaca que vi hace poco; los demás se ríen con ese aire de arrogancia de quien cree un mérito personal el vivir en la gran ciudad a la que considera centro del mundo. Pues bien, esa fantasía se desmorona hoy con este encierro físico y simbólico. Después de llegar a extremos de refinamiento como pagar fortunas por un plato de aire o consumir hasta el hartazgo cuanta novedad les ofrecía el mercado, están descubriendo que lo único necesario es el aire para respirar. Lo mínimo para sobrevivir y ojalá soñar con días venideros. El frenazo los vuelca hacia el espacio que nosotros, los pueblerinos conocemos tan bien: cada gesto tiene su peso, su consecuencia, su profundidad. Todos los citadinos creídos quieren ahora lo que tenemos nosotros”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">                                   *                     *                     *</p>
<p>Está rodeado. Desde afuera</p>
<p>la casa se encoge en plena cuarentena.</p>
<p>No hay visitas ni paseos,</p>
<p>sola está la familia.</p>
<p>Abre el piano</p>
<p>y se dispone a ejercitar</p>
<p>los mismos cuatro acordes</p>
<p>de la conmoción de lo inmediato,</p>
<p>madera y acetato de todos los días.</p>
<p>Las notas alternan</p>
<p>entre lo clásico</p>
<p>y el monocorde. Está a salvo:</p>
<p>la epidemia acecha todo</p>
<p>menos la rutina.</p>
<p>Es un broche –se dice–.</p>
<p>Un himno.</p>
<p>Es una hermosa película sin protagonistas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">                                   *                     *                     *</p>
<p>Pedro Rubilar tuvo muy mala cueva. En agosto el área administrativa se fue a paro, y a pesar  que la empresa de aseo era externa, igual  un día las llaves de los baños dejaron de circular teniendo que manguerear los wáter desde una ventanilla. A mitad de octubre la gente salió a marchar y quemaron el Otto Shop, quebraron las vitrinas del banco, una noche los pacos se cebaron apaleando pingüinos y una mañana llegó el finiquito por mail:    SERVILIM Ltda lo invita a una reunión extraordinaria con el fin de revisar su situación laboral.  A la semanas Rubilar cobró y a fines de febrero tomó una micro a Iloca y arrendó una cabaña en La Puntilla, estuvo cuatro días durmiendo,  sintiendo el arrullo del mar en la orejas y nunca pensando en lo que podría venir.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">                                   *                     *                     *</p>
<p>Hemos pasado de ser el ombligo del universo a convertirnos en una mota de polvo en la periferia. Avanzamos extrañados y sorprendidos desde el último tentáculo de la tromba hacia el sol negro en medio de la galaxia. No somos nada.  No hay centro en lo profundo del infinito.</p>
<p>Pero sí, somos animales jerárquicos, monos hechos de agua, tierra y luz, como el resto de la jungla. Y gravitamos como idiotas frente al más pesado de la manada. Yo soy el simio que mira desde afuera, desde la rama clave, observando. Ignoro sus cabriolas y su vanidad. Soy un hijo más de esta bestia que somos entre todos. Desde acá lanzo mi grito y sé que me van a escuchar mis hermanos también en las afueras. Desde acá entiendo que todo es una extraña ilusión. Que en cualquier momento todo se transforma. Que nada es para siempre, que todo lo sólido se difumina en el aire.</p>
<p>En medio del caos, es hermoso saber mi procedencia y entender que mi camino viene y vuelve hasta mi pequeño pueblo abandonado. Como muchos, vivo en una eterna forma de cuarentena. Eso me ha mantenido vivo hasta ahora. No soy un escritor de Nueva York, lo digo con orgullo y yo diría con alivio. No me alimento del contacto con otros gusanos en la botella. Es difícil que me infecte de sus artificios. Estoy fuera de la botella, pero no tengo miedo de estar solo, masticando mis confusiones y mis verdades. Cada cierto tiempo acudo al llamado de mi jauría de bestias imaginarias. Voy hacia ellas, como ahora, moviéndome con soltura en medio de una selva que se mueve lentamente, que avanza hacia ese sol oscuro que terminará por devorarlo todo.</p>
<p>Gran parte del camino, lo hago sonriendo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">                                   *                     *                     *</p>
<p>Fue cuando las ciudades fueron recuperadas por los animales. Cuando los ricos por primera vez consideraron a los pueblos y ciudades pequeñas como lugares de protección frente a la pandemia, pero no se habían dado cuenta que después de tantos años de abandono por parte de ellos y de sus metrópolis, ya era demasiado tarde. Lo de los animales salvajes volviendo a los lugares que les habían sido arrebatados por la civilización ni siquiera eran una metáfora, Los abandonados se hacían presentes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">                                   *                     *                     *</p>
<p>Enrollada en la sala mira con enfado porque le he estropeado la siesta. La tristeza se vuelve un animal obeso cuando la domesticas, le digo. Iré con una botella de espumante de paseo al balcón y no la voy a llevar. Por eso está nerviosa, no le gusta estar sola. Está encerrada como esos locos que se esconden en la pieza del fondo para que las visitas no los vean. Se ha vuelto una tristeza de mierda. Antes era una tristeza digna, vagaba por la pampa forajida y amarilla. ¿Es válido amansar la tristeza? ¿Volverla educada? ¿Enseñarle modales? Las burbujitas del champagne se agarran de la copa. El paisaje desde el balcón presume una inercia de quirópteros y en el horizonte hay un surco congelado de lagartos. Llovizna.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">                                   *                     *                     *</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Mi calle es un país en cuarentena. Punta Arenas es un planeta invernal al interior de un sistema de solar en cuarentena. Quizás porque nos hemos vuelto islas que se desgajan en la geografía de la ausencia y esperamos que vengan a rescatarnos  desde el espacio exterior. Eso somos, animitas en medio de la acera evocando el momento de la colisión. Y es que el cuerpo saqueado de la patria siempre estuvo en cuarentena. Así fue siempre el país que en ocasiones servía para el asombro veraniego del mochilero y que los inviernos bautizaron con tantos nombres olvidados. Olvidados y vueltos a olvidar. Miren, allá va el viento llevándose mi camisa hacia extensiones coironales o acantilados sin luz, quiere una bandera como emblema de su soledad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Marcelo Mellado (Valparaíso- San Antonio)</p>
<p>Cristóbal Gaete (Valparaíso)</p>
<p>Oscar Petrel (Puerto Montt)</p>
<p>Rosabetty Muñoz (Ancud)</p>
<p>Jose Tomás Labarthe (Curicó)</p>
<p>Claudio Maldonado (Talca).</p>
<p>Cristian Geisse (Vicuña).</p>
<p>Cristián Vila Riquelme (Algarrobito).</p>
<p>Yuri Soria Galvarro (Puerto Montt).</p>
<p>Oscar Barrientos Bradasic (Punta Arenas).</p>
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		<title>Epístolas del exilio, la resistencia de una memoria afectiva, poética y visual</title>
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		<pubDate>Sun, 24 Apr 2016 12:00:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[por Antonia Isaacson Labarthe Comparto con ustedes una historia que merece ser mostrada, sobre la amistad entre dos poetas y artistas chilenos, Guillermo Deisler y Guillermo Ross-Murray, narrada por ellos mismos a través de las cartas, postales y collages que intercambiaron desde finales de los años 70 y durante los 80´, burlando las barreras de la censura, el exilio y [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<h6>por Antonia Isaacson Labarthe</h6>
<p>Comparto con ustedes una historia que merece ser mostrada, sobre la amistad entre dos poetas y artistas chilenos, Guillermo Deisler y Guillermo Ross-Murray, narrada por ellos mismos a través de las cartas, postales y collages que intercambiaron desde finales de los años 70 y durante los 80´, burlando las barreras de la censura, el exilio y finalmente la del tiempo.</p>
<div id="attachment_861" style="width: 310px" class="wp-caption alignleft"><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/dre3.jpg"><img class="wp-image-861 size-medium" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/dre3-300x228.jpg" alt="Guillermo Disler trabajando en su imprenta tarjetera Fuente: Memoria Chilena" width="300" height="228" /></a><p class="wp-caption-text">Guillermo Deisler trabajando en su imprenta tarjetera<br /> Fuente: Memoria Chilena</p></div>
<p>Llevaba un tiempo investigando la obra de Guillermo Deisler, un creador excepcional que supo vincular la palabra y la imagen, conocido como uno de los grandes exponentes de la poesía visual y visiva, de la escena tanto nacional como internacional. En Iquique conocí a Guillermo Ross-Murray, uno de sus grandes amigos y compañeros de la juventud, poeta e importante representante de la cultura Pampina, con quien formó parte de una de las escenas intelectuales y creativas más prolíficas del norte de Chile en plenos años 60´, siendo Antofagasta su centro neurálgico.</p>
<p>Ross-Murray es lo que se podría llamar un guardián de la memoria, ilustrado claramente en su oficio como responsable de la hemeroteca del museo Regional de Iquique, una pequeña guarida atiborrada de revistas, libros y sus propios cuadernos de anotaciones. En nuestras largas conversaciones surgió rápidamente la historia de su amistad con Deisler, y con ello un completo material de archivo compuestos por diversos tipos de correspondencias que sostuvieron a lo largo de varios años y que hoy acompañan esta publicación. Se trató de una relación epistolar que comienza con la partida de Deisler al exilio a Bulgaría el año 73. Ross-Murray, por su lado, se esconde en Iquique, donde aún gozaba de una suerte de protección que ignoraba sus vínculos políticos, y con esto logró burlar los sistemas de censura impuestos por la dictadura, enviando sistemáticamente correspondencia a sus compañeros en el exilio, preocupado de informarlos y sobretodo de acompañarlos con mensajes de aliento y apoyo.</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/dre5.jpg"><img class=" size-full wp-image-864 alignright" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/dre5.jpg" alt="dre5" width="400" height="177" /></a>Estas cartas son un pequeño gran tesoro de una arqueología contemporánea, como relatos y testimonios íntimos que pocas veces tenemos acceso a conocer. Pasajes de la vida familiar, del crecimiento de hijos, de choques culturales con los países que los recibieron, descripciones de lugares y momentos, historias de camaradas viviendo sucesos similares, y de emociones escondidas en un silencio que escapa entre las pocas palabras que eran permitidas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/deisler13.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-888" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/deisler13-1024x670.jpg" alt="deisler13" width="676" height="442" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/IMG_20150917_0002postales-y-foto-lado-b-2.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-879" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/IMG_20150917_0002postales-y-foto-lado-b-2-1024x722.jpg" alt="IMG_20150917_0002postales y foto lado b (2)" width="676" height="477" /></a></p>
<p>Asimismo, estas cartas revelan un pasado nostálgico que me parece importante relevar, relacionado con aquello que aconteció antes del Golpe, en un norte de Chile a veces olvidado hasta para sus propios ciudadanos. Acá me refiero a una Antofagasta que bullía de actividad cultural, sin nada que envidiarle a otras capitales, con espacios de exhibición para todo tipo de artes, sede de grupos literarios, como Tebaida, que reunieron a escritores como Alicia Galaz, Óscar Hahn, Oliver Welden, Andrés Sabella, Mario Bahamonde, entre otros. Deisler, en este contexto, llega desde Santiago a trabajar en la Universidad de Chile, sumándose a esta escena trayendo consigo sus ediciones Mimbre, su propio proyecto editorial que buscó ser una plataforma para artistas emergentes. Con más de 50 publicaciones manufacturadas e ilustradas por él mismo, Guillermo Ross- Murray se sumó a este listado con su primera publicación «En tus propias narices» (1969).</p>
<p>&nbsp;</p>
<div id="attachment_862" style="width: 287px" class="wp-caption alignleft"><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/dre4.jpg"><img class="wp-image-862 size-medium" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/dre4-277x300.jpg" alt="dre4" width="277" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Gulilermo Ross-Murray sosteniendo un afiche de la época.</p></div>
<p>Vuelvo a las cartas, como documentos que dan cuenta aún de ese compromiso fraternal gestado durante esos días, como una expresión propia de esos ánimos de transformación de la vida a partir de los propios lenguajes artísticos, en que las categorías que hoy definen tan secamente los dominios de la cultura, era más bien un terreno de juego y exploración sensible y libre.</p>
<p>Ross-Murray me habla lleno de emoción de esa vida pasada, que cree aún es posible reanimar. Le agradezco por lo mismo compartir estas cartas, pero sobretodo de haberlas atesorado, como sabiendo que en algún momento servirían como un mensaje de otros tiempos que hoy más que nunca merece ser revivido.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/IMG_20150917_0002-postal-diseño-1.jpg"><img class="aligncenter wp-image-878 size-medium" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/IMG_20150917_0002-postal-diseño-1-202x300.jpg" alt="IMG_20150917_0002 postal diseño (1)" width="202" height="300" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Anotaciones sobre un viaje con Leopoldo María Panero a Santiago de Chile (noviembre de 2004)</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Apr 2016 13:27:14 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Por Bruno Montané Krebs Fotos de Héctor Labarca Rocco “Si hay luz, no hay dinero ni pistolas.” L.M. Panero &#160; UNA NOTA ONCE AÑOS DESPUÉS Escribí estas anotaciones en un lapso de tres o cuatro días. Las primeras las escribí en el aeropuerto de Las Palmas de Gran Canarias, esperando el avión a Barcelona, poco rato después de haberme despedido [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<h6>Por Bruno Montané Krebs</h6>
<h6>Fotos de Héctor Labarca Rocco</h6>
<h2 style="text-align: right;"><em>“Si hay luz, no hay dinero ni pistolas.” </em><br />
<em>L.M. Panero</em></h2>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA NOTA ONCE AÑOS DESPUÉS</strong><br />
Escribí estas anotaciones en un lapso de tres o cuatro días. Las primeras las escribí en el aeropuerto de Las Palmas de Gran Canarias, esperando el avión a Barcelona, poco rato después de haberme despedido de Leopoldo María Panero, que acababa de subirse a un taxi que lo llevaría de vuelta al hospital psiquiátrico. El viaje a Santiago fue muy intenso. Estuvimos exactamente una semana, llegamos un domingo y volamos de vuelta a España el domingo siguiente. Aún recuerdo la sensación de rara felicidad que transmitía un Panero que aseguraba que Chile le gustaba porque lo dejaban mear en cualquier parte sin gritarle <em>“¡guarro!”</em>, como a menudo le había sucedido en España.</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/panero2.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-790" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/panero2.jpg" alt="panero2" width="600" height="101" /></a></p>
<p>El encuentro de poesía al que le había invitado Roberto Brodsky y Cristian Warken, absorbió la atención de Leopoldo. El poeta se sintió integrado a una variopinta comunidad de poetas y buenos versificadores. Recuerdo a Rodolfo Fogwill abrazando a Leopoldo y besándole en la coronilla, leyendo los poemas de Panero después de que, urgido por las exigencias de la próstata, Leopoldo interrumpiese la lectura para irse al baño. Recuerdo a Parra en el balcón de su casa de Las Cruces pidiendo que le explicaran lo que Leopoldo acababa de decir: <em>“oye, Parra, a ver si escribes un prólogo para un libro mío que se va a publicar aquí en Chile”.</em> Y un rato después, un poco cabreado porque los demás atendíamos fascinados a lo que Parra nos decía:<em> “a ver si ya os ponéis de acuerdo y hacéis un sindicato para torturar a Panero”</em>. El final de la visita lo marcó chistosamente el antipoeta, jugando al escondite y saliendo de improviso para hacer una alegre morisqueta de despedida, mientras el auto de Warken se alejaba de la casa de Nicanor, llevándonos de regreso a Santiago.<br />
Las siguientes anotaciones intentan, no con poca modestia y sobre todo muy fragmentariamente, contar algunas cosas que vi, pensamientos que Leopoldo me contó –y que seguramente ya había expresado a otras personas–; en fin, gestos, frases sueltas y enigmáticas, escenas en la senda de un viaje. Una mirada encarnada desde el papel de <em>“enfermero loquero”</em>, la visión de un secretario de viaje y, sobre todo, de un fugaz amigo.</p>
<p><strong>NOTAS EN 2004</strong></p>
<p>Consignas-chistes de Leopoldo María Panero, habitualmente hechas en el ascensor:<br />
<em>   –“¿Y la virgen?”</em><br />
Entonces tenías que contestarle:<br />
<em>    –“Era una bueeena mujeeer”.</em></p>
<p>Otra:<br />
<em>    –“¿Y la familia?”</em><br />
<em>    –Bieeen, graaacias”.</em></p>
<p>L.M. P.: chistes, salidas paranoico-políticas –suaves quejas o llamadas de atención que parecían sospechas sobre el estado general de la vida en este planeta–.</p>
<p>El primer día que estábamos en Santiago llamó a la mujer con quien tuvo un hijo, que se llama Gedeón. En un poema que le dedica veo cómo se escribe el nombre de esa amiga: Marava.<em> “Brindemos con champagne sobre la nada…” (Poemas del manicomio de Mondragón, 1987).</em></p>
<p><em>Esquizofrenia y capitalismo,</em> de Deleuze y Guattari. El libro estaba en el maletín de Panero que apenas parecía haber abierto durante el viaje, un bolso de lona roja de considerable peso en el que también guardaba sus gafas, el tabaco –por lo menos seis cajetillas–, unas fotocopias de <em>Cadáveres exquisitos,</em> que estaba escribiendo con Félix Caballero –un chaval de Canarias, creo– y otras copias de un trabajo que alguien ha dedicado a su obra. En el maletín también había un libro sobre métrica poética. Éstos son los únicos títulos que recuerdo, aunque en el maletín por lo menos había 10 libros. Leopoldo lo cuidaba como si hubiese sido su tesoro o el botín de su vida.</p>
<p>Me llama <em>La Duros.</em> Yo le digo que él es <em>La Pesitos.</em> Se ríe después de aclararle que no le llamaba <em>La Besitos.</em> Su conmovedor ego esquizoide aplicado al dinero. Cansado, viviendo en su hotel-prisión y quejándose un poco de ello. <em>“Yo no estoy loco”.</em></p>
<p><em>“Tú y Brodsky sois un poco ingenuos”.</em> Cuando le preguntaba por qué decía que éramos ingenuos, obviamente contestaba con evasivas. Ingenuos, pienso, por no darnos cuenta de su reconocimiento en España.</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/panero3.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-791" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/panero3.jpg" alt="panero3" width="600" height="95" /></a></p>
<p><em>“Yo no sé por qué me echan la culpa de ese golpe de Estado contra el rey por haberme creído el Anticristo en Barcelona”.</em> Una de las tesis centrales de<em> Prueba de vida.</em></p>
<p><em>“Me jode que te estoy tomando cariño”</em>. Me lo confesó hacia el cuarto día, mientras desayunábamos en el hotel. Luego cada cual empezó a adoptar una prudente distancia, como si instintivamente hubiéramos caído en la cuenta de que, pasara lo que pasara, cada uno seguía su propio camino.</p>
<p>El bebedor (de Coca-Cola Light) y fumador compulsivo, el bebedor de agua mineral (su bebida chilena). Leopoldo dice que quiere proponerle a la Coca-Cola un anuncio publicitario en el que aparecería bebiendo mientras una voz anunciaría: <em>“¡El monstruo que hace gluglú!”.</em></p>
<p>Cuenta chistes y canta canciones. Recita a poetas franceses, ingleses y españoles. Aunque muchas veces repite esas citas, la sorpresa siempre las hace parecer sorprendentes, como si citara para interlocutores siempre nuevos.</p>
<p>Me contó que quería irse a vivir a un piso, alquilarlo, tener una sirvienta. También dice que quiere tener una editorial de libros de ocultismo. <em>“Si yo no estoy loco…”</em></p>
<p>Panero dice que su mejor libro, o el que más le gusta, es <em>Prueba de vida (Autobiografía de muerte).</em></p>
<p>Las risas inagotables de Warken y Brodsky. Brodsky se equivoca en la salida hacia Las Cruces y Cristian le hace bromas. Vamos a visitar a Nicanor Parra.</p>
<p>Recita muchas veces el poema Réquiem: <em>“Yo soy un hombre muerto al que llaman Pertur…” (primer poema de El último hombre, 1983).</em> En el hospital siquiátrico de Canarias escuché que sus compañeros también le llamaban Pertur.</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/panero1.jpg"><img class="aligncenter wp-image-792" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/panero1.jpg" alt="panero1" width="600" height="372" /></a><br />
Cada vez que lo entrevistaron procuré dejarlo solo con el periodista. <em>“Nunca he creído en la psiquiatría”.</em> La primera vez que dijo esta consigna fue en la muy buena entrevista que le hizo Leonardo Sanhueza. Por otra parte, suprimir la medicación era una negociación que hacíamos a cuento de las entrevistas, porque había pastillas que le relajaban demasiado, lo cual hacía que al hablar apenas farfullase. Adoptaba la claridad del declamador que habla entre dientes, siempre con la voluntad de hacer una declaración poético-política.</p>
<p>Como si no hubiese sido capaz de acordarse del asunto, siempre quería asegurarse de que yo le acompañaría de vuelta a Canarias. También me hizo esa pregunta en Barajas a las 7 a.m., cuando volvíamos de Chile. El policía de la aduana revisó su pasaporte, se lo devolvió y, mientras Leopoldo pasaba por el lado de la cabina, el policía giró la cabeza para mirarle con un gesto muy extrañado (una mirada <em>humana,</em> no profesional). Minutos después un tipo de barba me preguntó si Leopoldo era L.M. Panero. Le respondí que sí. Se dirigió a él y le contó que había seguido su obra y que lo respetaba mucho. L. habló orgulloso de sus colaboraciones en el diario <em>Egin</em>. Luego el tipo me preguntó –un poco en voz baja, como si disimulara– que si Panero estaba bien de salud, creyendo que L. no nos escuchaba a pesar de estar sentado a menos de dos metros.</p>
<p>Lo llamo al manicomio y me dice que padece cansancio de sí mismo. Insinúa que no puede escribir poemas solo y me da entender que de verdad cree en ese libro que ha escrito con F. Caballero, el libro que quiere que Parra le prologue.</p>
<p>La sensación de que Leopoldo ha regresado a una cotidianidad en el fondo deseada. El viaje le gustó, el reconocimiento que recibió <em>(“Claro que me acuerdo de Chile”)</em>; pero parecía no querer perder la seguridad de su internamiento. En algún momento mencionó la palabra <em>inercia</em>, la del interno que padece y consigue ambiguas ventajas de su internamiento y de la inercia de la psiquiatría, una parrafada conmovedora pero un poco críptica…; quizá una diferida llamada de socorro. Le recordé su proyecto de querer vivir en un piso, alquilarlo y vivir con una sirvienta, proyecto para el que no sé si tiene suficiente dinero.</p>
<p>Al final de una conversación telefónica me dice: <em>“Te tengo que cortar porque tengo que ir a hacer la cama”.</em> Me sorprendió este comentario, como si fuera un niño aplicado que no quiere que le den la bronca por no hacer algo que hace rato debiera haber hecho.</p>
<p>Último título de Leopoldo:<em> El pájaro y la oruga.</em> Luego en otra llamada menciona <em>El hombre elefante.</em> Hay que aclarar que hasta la fecha no ha usado ninguno de estos dos títulos.</p>
<p>La despedida. Estamos cansados. Nuestro vuelo de regreso a España ha durado más de 30 horas. Leopoldo toma un taxi que lo dejará en Triana. Le doy la mano y le pregunto si me permite abrazarlo. Acepta el abrazo y, sin mirarme, se sube al taxi. De repente siento una extraña aprensión –supongo que porque Leopoldo lleva bastante dinero– y se me ocurre anotar la matrícula del taxi. Días después, en una conversación telefónica, me cuenta que en aquel viaje en taxi había perdido una maleta, pero no pude saber si se refería a una maleta mía que no había llegado en el vuelo de regreso a Canarias y que días después recuperé en Barcelona, o si se refería a su maleta…</p>
<p>Escribo un texto sobre el viaje. De repente tengo clara la imagen de Leopoldo María tirado en la gigantesca cama del hotel NH de Santiago, durmiendo y roncando, rodeado de ropa desordenada y de un cenicero llenísimo de cigarrillos a medio fumar.</p>
<p>Leopoldo cuenta que como epitafio quiere una lápida donde sólo aparezcan las figuras de un perro y un sol.</p>
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