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	<title>MEDIO RURAL &#187; Editorial</title>
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		<title>EDITORIAL</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Oct 2022 19:01:58 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El poeta y antologador uruguayo Eduardo Milán dijo que «la mejor manera de conseguirse enemigos en el mundo no es ser un seductor —tipo don Juan—, esos mueren enseguida. El problema verdadero es hacer una antología, ya que uno sigue vivo, con enemigos». La idea de confeccionar una antología se enfrenta siem- pre con varias vallas ineludibles: la primera es [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2022/10/Captura-de-Pantalla-2022-10-16-a-las-16.00.56.png"><img class=" size-full wp-image-1669 alignleft" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2022/10/Captura-de-Pantalla-2022-10-16-a-las-16.00.56.png" alt="Captura de Pantalla 2022-10-16 a la(s) 16.00.56" width="187" height="938" /></a>El poeta y antologador uruguayo Eduardo Milán dijo que «la mejor manera de conseguirse enemigos en el mundo no es ser un seductor —tipo don Juan—, esos mueren enseguida. El problema verdadero es hacer una antología, ya que uno sigue vivo, con enemigos». La idea de confeccionar una antología se enfrenta siem- pre con varias vallas ineludibles: la primera es que la cantidad de páginas es siempre finita, por lo que nunca podrán entrar todos los nombres que merecen ser considerados; segundo, están los autores a quienes no les interesa participar; luego priman los gustos o preferencias del encargado de elegir; y, finalmente, pero no menos importante, operan las animadversiones y listas negras tan presentes en un mundo beligerante y envidioso como el de las letras —máxime si se refiere, como en este caso, a la poesía—.</p>
<p><em>Poeta de provincia </em>pretende dar cuenta de la trascendente y nutrida producción que se está escribiendo al margen de Santiago; aspira, en ese sentido, a entrar en disputa con el marcado canon literario, hegemónico, centralista y tradicionalmente capitalino. Pero, sobre todo, busca resguardar y defender la obligación de considerar la escritura territorial, aquella que representa las diversas formas de habitar y de simbolizar las distintas representaciones poéticas del mundo provinciano.</p>
<p>El trabajo consistió, entonces, en mapear nuestra geografía poética en una escala actual, transversal y representativa. La idea es volver a preguntarse si la provincia tiene una mirada específica. Retomar la discursiva de ese «antiguo mar interior», en palabras de Darwin, de ese manoseado Chile profundo. Recuperar, por un lado, aquella épica de los márgenes —ese país nostálgico del pasado— pero, por el otro, un Chile contemporáneo que crece desde los territorios excéntricos con voces nuevas y potentes.</p>
<p>Se impusieron algunas reglas del juego, para establecer mínimos y máximos para que este resulte ser un dispositivo interesante y no una lista oportunista, un almanaque veleidoso o un simple <em>greatest hits</em>. Lo primero era resolver el problema de la división territorial, disquisición que se arrastra desde antes de la República, maquillado en la Independencia con el breve experimento del Chile federal, luego el Chile que se corta con la dictadura, ya en la era Concerta el país de las quince regiones y sus adendas posteriores, y finalmente las nuevas propuestas constitucionales que se zanjan por estos días. Los editores, conscientes del riesgo postulado por Milán, decidieron encargar a especialistas de cada uno de los paisajes definidos, una selección de los mejores poetas vivos. Además de una breve presentación de la actualidad poética en el sector y una genealogía de autores muertos pero fundamentales. Primero se hizo una división territorial: Norte Grande y Norte Chico; Quinta Costa; Valle Central; el Sur próximo; <em>Wallmapu</em>; Ríos y Lagos y la Patagonia.</p>
<p>Así, el viajero nortino Daniel Rojas Pachas se hizo cargo de la zona denominada desierto (de Visviri a Co- quimbo), y en su introducción, postula: «La poesía del norte está marcada por tensiones fundacionales y de ruptura, es una zona híbrida signada por las migraciones y la profunda contemplación». El poeta Jaime Pinos encaró la quinta (que corresponde a toda la región de Valparaíso), diciendo: «En el caso de Valparaíso, los flujos de ida y vuelta, tanto a lo largo de la bahía como hacia San Antonio, o hacia el interior, el valle del Aconcagua y otros hábitats poéticos, son parte de una dinámica que vincula estos territorios en un circuito a la vez discontinuo y persistente en el tiempo». El narrador Claudio Maldonado trabajó el valle central (de Rancagua a Los Ángeles), hogar de esta publicación, y en su presentación alega y destaca: «La captura de estos veinte poetas de provincia de los valles del centro son el suspiro de un rayo de sol bajo el aura de un sauce, una <em>selfie </em>disparada en el ocio de un corazón aldeano». Las escritoras Miriam Leiva e Ingrid Odgers Toloza se encargaron del surazo (zona que incluye las regiones de BioBío hasta La Araucanía), y advierten de plano: «La poesía de este segmento del sur de Chile constituye uno de los sistemas poéticos más híbridos y abiertos de la literatura chilena». La dupla conformada por la poeta Faumelisa Manquepillán y la académica Claudia Rodríguez, enfrentaron el wallmapu (todos los territorios de habla mapuche) y ahí nos adelantan que para estos poetas «la palabra poética tiene un valor profundo que va más allá de la fijación en la escritura, y es su relación consubstancial con la oralidad, el canto, el diálogo, la observación y la escucha, lo que supone un modo distinto de enunciación y recepción». Finalmente, el escritor Óscar Barrientos, conocedor de sures y confines, se hizo cargo de hasta la patagonia (zona que va desde Valdivia hasta la <em>terra dove finisce la terra</em>), quien solazado propone que este puñado de obras «se enlazan con formas avanzadas y sofisticadas de la literatura contemporánea, forjan universos imaginarios, problematizan los laberintos de la historia, se nutren de la vanguardia, registran las ciudades del sur, desgarran el holograma y creemos, en definitiva, que se trata de una literatura que comunica el encuentro entre la tradición y la modernidad».</p>
<p>«Un gesto lo rehace todo», dice Teillier, y aunque este sea un simple gesto literario, se pretende brindar la posibilidad de leer por un rato a las y los poetas de manera fotográfica: unidos por su lugar de origen, sus domicilios, los climas de su literatura o las ciudades donde descubrieron el goce. El título lo tomamos del poema rokhiano homónimo y la decisión de trabajar en poesía y no en otro género literario, es porque sospechamos que es lo mejor que tenemos. Y, además, porque existe la confianza de que si se hiciera una competencia entre Santiago y el resto de Chile, quizás solo en esta especialidad —reiteramos, solo en esta— ganamos por goleada.</p>
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		<title>Editorial</title>
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		<pubDate>Sat, 08 Oct 2022 17:27:43 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Celebramos la importancia que se le ha dado últimamente al concepto «territorio» y al ejercicio de valorar las prácticas pensadas y realizadas desde lugares lejanos del centro mismo del poder. Eso sí, presentimos, también, que se corre el riesgo de que de tanto manosear el concepto puede volverse romo, inocuo; hasta carne de meme. Así que intentaremos circundar el asunto [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2022/10/Captura-de-Pantalla-2022-10-08-a-las-14.22.29.png"><img class="aligncenter size-large wp-image-1533" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2022/10/Captura-de-Pantalla-2022-10-08-a-las-14.22.29-1024x734.png" alt="Captura de Pantalla 2022-10-08 a la(s) 14.22.29" width="676" height="485" /></a></p>
<p>Celebramos la importancia que se le ha dado últimamente al concepto «territorio» y al ejercicio de valorar las prácticas pensadas y realizadas desde lugares lejanos del centro mismo del poder. Eso sí, presentimos, también, que se corre el riesgo de que de tanto manosear el concepto puede volverse romo, inocuo; hasta carne de meme. Así que intentaremos circundar el asunto —evitando ojear la expresión— discutiendo en torno a procedimientos y prácticas provincianas y valientes, que buscan como bien dice Yanko González, por aquí,: «dar la batalla como si sirviera».</p>
<p>Un par de pispeos.</p>
<p>Hace poco un destacado periodista pedía a su fanaticada no usar más la palabrita e intercambiarla por barrios, villas, poblaciones, plazas, etcétera ya que este «suena a asamblea de militantes o algo deshabitado y lejano». El escritor sureño Óscar Barrientos, por el con- trario, la defiende, y lo hace por motivos más bien prácticos ―las otras opciones no le convencen―: «regionalización» tiene un tufillo militar que conviene a toda costa sortear, y, la otra, «provincia»<em>, </em>está demasiado pasada a humo, nostalgia y caminos de tierra.</p>
<p>«El mapa no es el territorio» rezan los tatuajes —o la descripción en Instagram (que viene a ser lo mismo)— de los feligreses más convencidos. El mito dice que la frase fue acuñada por un militar que recorría el campo de batalla mapa en ristre y pese a su atenta lectura, terminó dentro de una zanja enemiga, porque, claro, en la cartografía no aparecía la trinchera específicada. La máxima, que sirve de comodín culto en casi todos los campos intelectuales existentes, en estas lides la postulamos simplemente para recordar que no toda producción cultural debe mostrar obligadamente las marcas, con pelos y señas, del lugar de donde proviene. No es necesario exhibir la Denominación de origen como muestra de calidad o de prueba de blancura; y por lo pronto, no todo lo que se hace debe repetir procedimientos que se reconocen como adecuados. «Tráiganme clichés nuevos» decía un culturoso de provincia.</p>
<p>Ahora bien, y esto es lo importante y lo que nos convoca: el postular que las ideas y creaciones excéntricas ―fuera del centro— no deban trazarse en base a tópicos manosea- dos y con olor a precariedad impostada, no quiere decir que haya que ir a buscar tramas y conceptos fáciles y pensados para el cen- tro. «Postergo el momento de escribir porque no encuentro la palabra con que se abren las montañas», nos ayuda Guadalupe Santa Cruz. La propuesta del hacer desde el acá, o desde un poco más allá, debe buscar armar una nueva forma de relatar y de comprender los bordes, cierta poética afincada.</p>
<p>El título de este número —extraterritorial— lo tomamos prestado del crítico George Steiner, quien propuso que una de las características únicas de la revolución del len- guaje dada a partir de la «crisis de valores morales y formales» que antecenden a la Primera Guerra Mundial fue la aprición de una «caren- cia de patria». Autores brillantes ―léase Nabokov, Kristof, Borges o Beckett—mutaron de idioma —superando eso de que la patria es la lengua, dicho por Adorno desde el exilio― amplificando de manera radical sus obras. En</p>
<p>este presente, en que vivimos, sin duda, una <em>crisis de valores morales y formales </em>proponemos ir más allá del lenguaje dado por nuestro paisaje, rescatando, raspando, releyendo y poetizando en torno a prácticas situadas ―a veces ópacas y silenciadas―, pero que dan cuenta de una forma de hacer única; artilugios y oficios que se relacionan y nutren de la ceguera centrista.</p>
<p>Este número, entonces, pretende hilvanar una especie de base, un par de pilares medianamente firmes, en torno a los cuales seguir pensando los modos de producción desde estos lugares. Les pedimos a autoras y autores quitar el tupido velo, desnudar, mostrar la estructura, los hilos invisibles que rigen la forma en que piensan y producen. Echar «alguna luz sobre estos pueblos» como propone Pedro Gandolfo.</p>
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		<title>Y de pronto fue viernes</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Mar 2020 21:01:07 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Estábamos vislumbrando el fin del mundo cuando nos encontramos cara a cara con él. La planificación en un comienzo era estrictamente literaria: una crónica mexicana del último surrealista vivo; una reflexión acerca de los Diarios de muerte; apuntes sobre el réquiem de Bowie; una letanía del siglo XX; la línea del desierto; el ministerio del mar; las homicidas. Estupefactos, recurrimos [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Estábamos vislumbrando el fin del mundo cuando nos encontramos cara a cara con él. La planificación en un comienzo era estrictamente literaria: una crónica mexicana del último surrealista vivo; una reflexión acerca de los Diarios de muerte; apuntes sobre el réquiem de Bowie; una letanía del siglo XX; la línea del desierto; el ministerio del mar; las homicidas. Estupefactos, recurrimos a Gonzalo Muñoz -quien se escapó de Chile y de los noventas; de su nombre y de la poesía- quien afirmó en secreto, y por correo, que el fin del mundo ya no es una revolución, ahora es un estallido. Un <em>crack</em>. Un <em>big crunch</em>. Así se siente entonces la historia: fría en primavera, con una emoción disparada y una paranoia que confiamos no sea definitiva. En parte triste y en parte alegre. A ratos como una catarsis absoluta. O dicho de otra manera: como un dinosaurio que despertó y aquello que era, ahora ya no existía. Ahora ya no estaba.</p>
<p>La literatura queda relegada a las sombras. Cuando la realidad se tensiona y la violencia campea, el lenguaje es incapaz de dar cuenta de ella. “Yo no quería agobiar a nadie con palabras, apenas hay tiempo de vivir”, decía Cecilia Vicuña, figura fundamental de una poesía que en Chile, en tiempos dictatoriales, debió extremar el ejercicio y las formas poéticas tradicionales para intentar transformar la violencia real en violencia impresa. O, dicho contemporáneamente, en palabras de Damián Tabarovsky, la obligación del autor debiese ser reconocer que “lo único que sé hacer es contar que ya no sé contar, que ya no sé relatar esa historia”.</p>
<p>Así, cavilando estábamos -con la incertidumbre faustiana del progreso- en torno a la la grieta, al silencio de la trizadura, en la mecha que enciende el coyote, hambriento, y que comienza a arder despacio, zigzagueando por eternas carreteras vacías adornadas de desiertos perfectos, y nos encontramos de golpe con la velocidad de la presa &#8211; del rayo del click &#8211; con la alimaña en llamas. Ese viernes trajo, ya no el presente, sino que un pantallazo furtivo del futuro.</p>
<p>Tenemos la suerte de acompañar este número aciago con las imágenes de la exposición: “Enrique Lihn: El hombre puzzle”. El hombre tras el premonitorio <em>Paseo Ahumada</em>, quin escribía con apenas 26 años, despidiendo a un amigo:</p>
<p>“PORQUE un joven ha muerto/pido que me demuestren, una vez más, el valor de la vida,/antes de que este cielo de octubre me haga bajar los ojos/hacia una tierra en ruinas”.</p>
<p>Entonces, en este número de Medio Rural apócrifo y anacrónico, que quedó en el limbo entre la posibilidad- del verbo en condicional- y la angustiante certeza, somos absolutamente conscientes de la futilidad práctica de la palabra (“Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas”, decía el mismo Lihn), pero, y quizás por eso mismo, es en estas circunstancias cuando el ejercicio radical de la literatura es particularmente necesario, y este acto recíproco por entendernos, por <em>leernos</em>, es un esfuerzo contra el olvido de la muerte.</p>
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		<title>La destrucción de la retórica de Chile</title>
		<link>https://mediorural.cl/la-destruccion-de-la-retorica-de-chile/</link>
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		<pubDate>Wed, 25 Sep 2019 14:21:43 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Desde que partimos con Medio Rural, la figura del colectivo de los Pueblos Abandonados ha estado rondando siempre. Los abandónicos fijaron la mira en una serie de conceptos que nos parecían -y nos siguen pareciendo- fundamentales para concebir un proyecto desde la manoseada provincia. El primero, y quizás el más osado, fue el imperativo de superar el larismo latismoso del [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Desde que partimos con Medio Rural, la figura del colectivo de los Pueblos Abandonados ha estado rondando siempre. Los abandónicos fijaron la mira en una serie de conceptos que nos parecían -y nos siguen pareciendo- fundamentales para concebir un proyecto desde la manoseada provincia. El primero, y quizás el más osado, fue el imperativo de superar el larismo latismoso del poeta de provincia (pidiéndole desde ya las excusas al amigo de piedra), ese <em>marditismo </em>(<em>sic</em> e <em>hic</em>), el <em>spleen </em>de taberna pobre que tanto daño le hace a la posibilidad de crear cualquier cosa en serio.</p>
<p>Luego, entendieron que los proyectos realizados fuera del centro (“excéntricos”, por ponerle) no podían seguir defendiéndose desde la inocencia proveniente de San Rosendo; había que crear una especie de programa ideológico-discursivo altamente enredado para entrar a pelearle el poder a los académicos, editores y amiguitos bien del principado de Providencia &#8211; con sus gatos y doctorados (Mellado <em>dixit</em>). Cristian Geisse, en el texto de apertura de este número especial, denomina a esta operación política como “la densidad teórica pichulera”.</p>
<p>La última idea, para no mostrar todas las cartas en la primera mano, tiene que ver con entender a la provincia ya no como <em>locus amoenus</em>, ese lugar que aspira a perfección memorística, a recuerdo de la infancia, a reducto de pajarillos y bandoleros, si no que desde el esfuerzo por producir, a través de estas ficciones territoriales, maquetas aún más reales y salvajes que el escenario real que habitamos a diario.</p>
<p>A fines de la década pasada, en Llolleo, en la última pieza del último preuniversitario del mundo, emprestada por un compañero comunista, un grupo de escritores -casi todos narradores con sensibles inclinaciones poéticas- se juntaron a debatir en torno a la destrucción retórica de Chile y de ahí salió el ya famoso Manifiesto de los Pueblos Abandonados, que remata: “Esta práctica territorial de escritura se reconoce en la voluntad de participar en el rediseño crítico de la república, no sólo para generar otras, sino para desarrollar una poética de la nueva habitabilidad”.</p>
<p>Los PPAA -horrible abreviatura que decidimos usar igual porque suena a rama de las Fuerzas Armadas- son altamente conscientes de que su retórica es chamullenta y poco efectiva frente a los perros grandes y se sienten orgullosos peleando los puestos de avanzada de la segunda o tercera categoría. Se saben “cabeza de ratón”, y a mucha honra.</p>
<p>Disfrazados bajo una coraza de jerigonza indexada por la que se cuela una mala leche y un humor altamente codificado, los Pueblos Abandonados, han digitado un plan colectivo y persistente, que tiene por objetivo último e inalcanzable: “mover el centro del universo a la provincia”.</p>
<p>En el magnífico soneto “Poeta de provincia”, el primer abandónico, Pablo de Rokha, se define como “magníficamente masculino”. Ese ego machista, tan presente en casi todo proyecto provinciano, no podría pasar colado y había que afrontarlo. Pese a que varias mujeres suscribieron el Manifiesto y participaron de los encuentros, a la hora de los quiubos solo los machitos discurseaban. Es más, los textos que aquí presentamos -y que iban a ser publicados por una editorial bacana y santiaguina- están todos firmados por “varones de antiguos cultos”. Conscientes de este asunto insoslayable, cuando les hicimos ver la necesidad de ampliar el arco de voces, no solo por el asunto de género, sino que también de relatos, aceptaron altiro.</p>
<p>Les dejamos entonces nuestra selección del abandono de los pueblos. Por los PPAA juegan: Cristián Geisse, Marcelo “el Gestor” Mellado, Claudio Maldonado, Óscar Barrientos, Cristóbal Gaete, Mario Verdugo y Daniel Rojas Pachas. A ellos les sumamos una clase maestra con la poeta Verónica Zondek; una defensa al lenguaje champurria por Daniela Catrileo; una entrevista a Carmen Gloria Núñez, centrada en la educación rural y una selección <em>hardcore </em>de poemas de Rosabetty Muñoz.</p>
<p>Zondek propone que el concepto “pueblos abandonados” no solo nombra a un grupo de escritores que trabajan desde la provincia, ella va más allá y también define aquellos lugares despreciados por el poder central y que ya no son rentables, o donde ya no queda nada más por explotar. “En esos territorios, el abandono erige cáscaras u osarios arquitectónicos que se convierten en «instalaciones de la historia» y es posible leerlos como a un libro abierto y tri-dimensional”, dice sabiamente.</p>
<p>Rescatamos y compartimos, entonces, ambas visiones acerca de los pueblos abandonados. Por un lado, ese afán aguerrido de trabajar a espaldas del poder central y, por el otro, la obligación de dar cuenta de los territorios que botó la ola.</p>
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		<title>¿Qué chuchas es Chile?</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Aug 2019 22:45:57 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Editorial “¿Qué chuchas es Chile? ¿Y tú me lo preguntas?” fue la respuesta interrogatoria del poeta Bruno Montané, que vive hace más de cuarenta años en España, cuando lo tentamos, con malas artes, a escribir en torno al mito de su patria. “Es un riesgo eso, ¿no? El riesgo de Chile en mi memoria” remató dejando esta sentencia que sirve [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Editorial</strong></p>
<p>“¿Qué chuchas es Chile? ¿Y tú me lo preguntas?” fue la respuesta interrogatoria del poeta Bruno Montané, que vive hace más de cuarenta años en España, cuando lo tentamos, con malas artes, a escribir en torno al mito de su patria. “Es un riesgo eso, ¿no? El riesgo de Chile en mi memoria” remató dejando esta sentencia que sirve como el ovillo de hilo dorado para salir del laberinto. Hay tantos Chile- peligrosamente, nos advierte Montané- como tantos recuerdos desentonados por nuestra imaginación, por la infancia, por los relatos, por la literatura, etcétera.</p>
<p>Hay mitos oficiales y mitos oficiosos, parafraseando a Metha, los primeros son aquellos grandes, bombásticos, que sacamos del <em>Frías Valenzuela</em> y que repetimos casi sin cuestionar y que configuran, de alguna forma, una percepción estática y estética y casi nunca vencida (ni con bandera arriada) de la historia patria. Esto, claro, no es un invento propio de esta nación. Es más, en todas las latitudes los conceptos aprendidos y compartidos son los que sustentan la idea de valores soberanos. Los oficiosos, en cambio, son esas ráfagas de información &#8211; ciertas o falsas, ¡qué importa!- que de a poco se van filtrando sutilmente, hasta convertirse en roca firme, en idea compartida, en explicación o expurgación de nuestro pasado y futuro. Ambos, los que se transforman en “marca país” y los otros, que compartimos para callado, son legítimos y necesarios para forjar aquellos arquetipos que sirven de guía y que en tanto chilenos, conjunto de personas diversas en un territorio común, reconocemos como propios.</p>
<p>Tras dos años de silencio en que las noticias de <em>Medio Rural</em> eran solo los avisos -pantallazos y mensajes- de hallazgos de la revista a la venta en los cajones de saldos de librerías de pueblo, el período en la caverna nos dio ímpetu para enfrentarnos con el dragón, con la gorgona de más culebras y, so pena de petrificarnos, nos arriesgamos &#8211; “serio(a)s y semifabuloso(a)s” &#8211; a una de las preguntas más grandes: ¿cuál es el mito de Chile?</p>
<p>Kenneth Rexroth propone que “la tensión dramática es algo inherente a la literatura. No depende de la intervención sobrenatural o divina, sino que surge de las relaciones entre los personajes, y pone de manifiesto el dinamismo fundamental de la existencia humana”. Lo que nos quiere decir el poeta es que las interacciones de lo humano con lo divino, en la mitología, tienden a petrificarse a medida que se van obteniendo respuestas, que se develan los misterios, en cambio, y aquí remata con una frase con pasta de epígrafe: “la tragedia solo puede darse entre los hombres”. En este número no intentamos cavar en la interrogante de la formación patria, del origen, si no que nos interesa sondear cómo nos vemos, cómo nos pensamos los chilenos.</p>
<p>Todo mito es un viaje y nuestra epopeya tiene varias estaciones: de Condorito, en Cumpeo, nuestra propia Disneylandia rural, pasamos a la subversiva reescritura de <em>La Araucana</em> de Alonso de Ercilla y Zúñiga, a manos de la maestra Elvira Hernández. Nos detenemos en un bar para una larga entrevista al escritor mexicano Julián Herbert, en la que describe, demostrando un conocimiento de causa inesperado, cómo es Chile. Luego, nos enfrentamos a Raúl Ruiz, genio inclasificable, maestro en el arte de llevar la contra y salirse con la suya. Fue el que más películas le dedicó a su país, aunque Portugal hiciera las veces de Valparaíso, y sin empacho dijo: “la realidad chilena no existe, más bien es un conjunto de teleseries”.</p>
<p>A continuación, la destacada poetisa Milagro Ábalo responde a nuestro encargo declarando: “siempre hay una tía”, a la que, pariente o no, siempre podremos recurrir cuando nos falta una madre (o el Estado); atravesamos, después, con   Catalina Porzio, una de las aventuras chilenas más utópica: la <em>Amereida. </em>Visitamos a Diego Maquieira, una especie de oráculo de bajas pulsiones, quien predijo acertadamente que nevaría en el espacio para que nos explique su siguiente visión: los cerros Aconcagua y Annapurna (en el Himalaya) son amigos y se comunican.</p>
<p>“Chile es un país poco visual”, dice Guillermo Machuca, el tipo que mejor comprende lo que pasa con el arte chileno actual, sus derivadas y cagüines varios. La siguiente detención es dura y femenina. Primero, Mario Verdugo, reivindica la obra de la talquina Marta Jara, y luego Susana Burotto se aprovecha las críticas del uruguayo Ángel Rama para posar la mirada en los anteojos negros y el “realismo sicológico” de Marta Brunet. Germán Carrasco dice sin cuchufletas que el poeta que más le ha llamado la atención últimamente vive, describe y se desvive en las tierras de las Aguas Negras.</p>
<p>Finalmente, Bruno Montané, tan consciente como nosotros de que este es un ejercicio heroico, en tanto está irremediablemente destinado al fracaso, reconoce que enfrentarse a esta problemática es como meterse en una “cajón de sastre”, lleno de chinches, artilugios, restos de piezas y objetos olvidados. Quizás, luego de todo este recorrido, la mejor definición de lo que entendemos por un país no sea muy distante a eso: retazos, recuerdos y artefactos a los cuales cada uno pueda darle diversos significados y usos.</p>
<p>Valery es quien dice: “no basta con comprender, necesito desesperadamente traducir”. Los que pertenecemos a este país, en cierto grado lo entendemos, pero ¿somos capaces de traspasar esas nociones a palabras, a un relato? Esa fue justamente nuestra idea. Les presentamos, entonces, pequeños trozos, visiones parciales, de ese cuadro surrealista pero real que es Chile.</p>
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		<title>Editorial</title>
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		<pubDate>Tue, 06 Jun 2017 02:21:34 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante creía que su novela Tres Tristes Tigres debía llevar una banda en su portada que dijese que: Debe leerse de noche, y con precaución, porque el libro es una celebración del crepúsculo tropical. Lejanos a la tibieza sabrosa del malecón, del son latino y africano, del ron que beben como si fuera sangre los [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/12/sa21.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-1104" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/12/sa21.jpg" alt="sa2" width="300" height="184" /></a></p>
<p>El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante creía que su novela <em>Tres Tristes Tigres</em> debía llevar una banda en su portada que dijese que: <em>Debe leerse de noche</em>, y con precaución, porque el libro es una celebración del crepúsculo tropical. Lejanos a la tibieza sabrosa del malecón, del <em>son </em>latino y africano, del ron que beben como si fuera sangre los vampiros de la Habana y de las mulatas morenas como la noche, proponemos nuestro Trópico del Maule, una versión tan caliente como la isleña pero anclada en el corazón del Valle Central chileno. Nuestra celebración del ocaso maulino es diametralmente distinta a la cubana: la música es opaca;las temperaturas pasan de un frío que pela los huesos al calor inaguantable del verano; el tinto de diario se cambia por el pisco –que no deja pensar– de las farras, donde se queman hasta los últimos cartuchos, y la calentura se cocina a fuego fuerte en las estrechas calles del Maule arcaico.</p>
<p>Partimos nuestro recorrido libidinoso con una crónica de la gran Claudia Donoso, que nos relata la vida de los travestis de La Sota talquina durante los ochenta. Un texto tremendo que narra la vida entre sombras de los travestis, tinieblas producidas por el miedo a la dictadura y al desprecio social; una mirada desde adentro, desde las piezas mismas de <em>las chiquillas</em>, que se ve quebrada por el fantasma del terremoto, esa marca que persigue a todos los chilenos, en palabras de Edwards Bello. Descendemos con Carmen Berenguer que reflexiona en torno a la figura de la Mistral, “la gran sabia, la vieja sabia”, y del cuerpo femenino en la literatura nacional. Desnudamos los motivos por los que la música negra, esas “danzas lascivas traídas de África” según Vicuña Mackenna, nunca penetraron en nuestras costumbres dancísticas, dejándonos con esas cumbias, y cuecas, tan ordenadas y previsibles.</p>
<p>Nos desprendemos hasta enfrentamos, por partida doble, con el escritor Germán Marín, el mejor escritor chileno vivo según Roberto Merino. Primero describe con su precisión característica y su humor ácido la escultura <em>El obispo Las Casas alimentado por una india mexicana.</em> Después tenemos una larga conversación, donde recuerda su vida,su tango con Ava Gardner y el valor terapéutico de la escritura. Seguimos nuestro camino palabreándonos con don Ruperto de Nola, el gran cronista de comidas, que repudia la comida sofisticada, en especial el sushi, “comida para focas”, y reivindica la comida clásica chilena, la de las viejas cocinerías de pueblo. Descubrimos a Guido Lebret, “el cura de las putas”, notable religioso que rescataba a las mujeres de la mala vida y las cuidaba. Luego, bajamos a enfrentarnos con Claudio Bertoni, poeta calentón y sufrido, maestro del verso libidinoso y hombre de ojo afilado para captar la silueta femenina. Acabamos, ya, directamente incorrectos, con un relato de Claudio Maldonado, que se inserta en el campo y uno de sus vicios más oscuros y prohibidos. Por último, en este descenso por la noche y los pecados maulinos, Mario Verdugo se aventura e intenta describir los últimos cien años de literatura talquina a través dos novelas: <em>El tapete verde</em> del doctor Hederra Concha y <em>Los tormentosos últimos días de un irreverente</em>, de Óscar Bustamante, un texto potente que demuestra todas las vicisitudes que se viven en nuestra Villaviciosa.</p>
<p><em>Tres Tristes Tristes</em>, la novela cubana, empieza con un animador sobre el escenario del lujoso Tropicana, <em>the most fabulous night-club in the WORLD</em>; en cambio nuestra versión del noveno número de Medio Rural, es presentado por un cafiche sudado y gordo en un prostíbulo de mala muerte de La Sota talquina, hoy destruida por el terremoto, pero las palabras son las mismas, y declamadas con la misma invitación al desenfreno:</p>
<p>“El Trópico para <em>ustedes</em> queridos compatriotas.</p>
<p>¡Arriba el telón! … <em>Curtains up!”</em></p>
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		<title>Editorial</title>
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		<pubDate>Sun, 19 Feb 2017 00:02:14 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante creía que su novela Tres Tristes Tigres debía llevar una banda en su portada que dijese que: Debe leerse de noche, y con precaución, porque el libro es una celebración del crepúsculo tropical. Lejanos a la tibieza sabrosa del malecón, del son latino y africano, del ron que beben como si fuera sangre los [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/12/sa21.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-1104" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/12/sa21.jpg" alt="sa2" width="300" height="184" /></a></p>
<p>El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante creía que su novela <em>Tres Tristes Tigres</em> debía llevar una banda en su portada que dijese que: <em>Debe leerse de noche</em>, y con precaución, porque el libro es una celebración del crepúsculo tropical. Lejanos a la tibieza sabrosa del malecón, del <em>son </em>latino y africano, del ron que beben como si fuera sangre los vampiros de la Habana y de las mulatas morenas como la noche, proponemos nuestro Trópico del Maule, una versión tan caliente como la isleña pero anclada en el corazón del Valle Central chileno. Nuestra celebración del ocaso maulino es diametralmente distinta a la cubana: la música es opaca;las temperaturas pasan de un frío que pela los huesos al calor inaguantable del verano; el tinto de diario se cambia por el pisco –que no deja pensar– de las farras, donde se queman hasta los últimos cartuchos, y la calentura se cocina a fuego fuerte en las estrechas calles del Maule arcaico.</p>
<p>Partimos nuestro recorrido libidinoso con una crónica de la gran Claudia Donoso, que nos relata la vida de los travestis de La Sota talquina durante los ochenta. Un texto tremendo que narra la vida entre sombras de los travestis, tinieblas producidas por el miedo a la dictadura y al desprecio social; una mirada desde adentro, desde las piezas mismas de <em>las chiquillas</em>, que se ve quebrada por el fantasma del terremoto, esa marca que persigue a todos los chilenos, en palabras de Edwards Bello. Descendemos con Carmen Berenguer que reflexiona en torno a la figura de la Mistral, “la gran sabia, la vieja sabia”, y del cuerpo femenino en la literatura nacional. Desnudamos los motivos por los que la música negra, esas “danzas lascivas traídas de África” según Vicuña Mackenna, nunca penetraron en nuestras costumbres dancísticas, dejándonos con esas cumbias, y cuecas, tan ordenadas y previsibles.</p>
<p>Nos desprendemos hasta enfrentamos, por partida doble, con el escritor Germán Marín, el mejor escritor chileno vivo según Roberto Merino. Primero describe con su precisión característica y su humor ácido la escultura <em>El obispo Las Casas alimentado por una india mexicana.</em> Después tenemos una larga conversación, donde recuerda su vida,su tango con Ava Gardner y el valor terapéutico de la escritura. Seguimos nuestro camino palabreándonos con don Ruperto de Nola, el gran cronista de comidas, que repudia la comida sofisticada, en especial el sushi, “comida para focas”, y reivindica la comida clásica chilena, la de las viejas cocinerías de pueblo. Descubrimos a Guido Lebret, “el cura de las putas”, notable religioso que rescataba a las mujeres de la mala vida y las cuidaba. Luego, bajamos a enfrentarnos con Claudio Bertoni, poeta calentón y sufrido, maestro del verso libidinoso y hombre de ojo afilado para captar la silueta femenina. Acabamos, ya, directamente incorrectos, con un relato de Claudio Maldonado, que se inserta en el campo y uno de sus vicios más oscuros y prohibidos. Por último, en este descenso por la noche y los pecados maulinos, Mario Verdugo se aventura e intenta describir los últimos cien años de literatura talquina a través dos novelas: <em>El tapete verde</em> del doctor Hederra Concha y <em>Los tormentosos últimos días de un irreverente</em>, de Óscar Bustamante, un texto potente que demuestra todas las vicisitudes que se viven en nuestra Villaviciosa.</p>
<p><em>Tres Tristes Tristes</em>, la novela cubana, empieza con un animador sobre el escenario del lujoso Tropicana, <em>the most fabulous night-club in the WORLD</em>; en cambio nuestra versión del noveno número de Medio Rural, es presentado por un cafiche sudado y gordo en un prostíbulo de mala muerte de La Sota talquina, hoy destruida por el terremoto, pero las palabras son las mismas, y declamadas con la misma invitación al desenfreno:</p>
<p>“El Trópico para <em>ustedes</em> queridos compatriotas.</p>
<p>¡Arriba el telón! … <em>Curtains up!”</em></p>
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		<title>Editorial.8</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Sep 2016 09:01:56 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Hace unos tres años en la sala de un preuniversitario en Llolleo, facilitada por un profe militante comunista, un grupo de escritores provincianos firmaron el manifiesto de los Pueblos Abandonados. Ahí, los poetas representantes de los equipos chicos se armaban “frente a la banalidad burda de los cánones que la razón metropolitana dictan”, proponiendo que “la escritura territorial se manifiesta [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos tres años en la sala de un preuniversitario en Llolleo, facilitada por un profe militante comunista, un grupo de escritores provincianos firmaron el manifiesto de los<em> Pueblos Abandonados</em>. Ahí, los poetas representantes de los equipos chicos se armaban “frente a la banalidad burda de los cánones que la razón metropolitana dictan”, proponiendo que “la escritura territorial se manifiesta como una propuesta simbólica y material de la diversidad de prácticas escriturales de nuestro país”.</p>
<p>Siguiendo el paso dado por estos <em>Pueblos,</em> que, por un lado, es una pataleta –un camote inofensivo y artero–, una jugada frente a la impotencia del “Santiago es Chile”, y por el otro, un discurso necesario que pretende hacerse cargo del trabajo artístico hecho a espaldas de la metrópolis, este séptimo número de Medio Rural lo hacemos <em>Contra Santiago y otras kapitales</em>. Partimos revisando la miserable vida de los pelusas del Mapocho, en la voz de Gómez Morel, quien además nos regala el decálogo del <em>Código del honor del hampa</em>, un listado para comportarse como un ratero decente. Seguimos con una crónica desde el corazón de <em>Sanja city</em> que rememora el odio que poseería al autor, cuando alguien –por allá en los noventas– aparecía con un reproductor mp3, quebrando sin piedad la mística del mundo análogo. Marcelo Mellado, embajador auto proclamado de los <em>Pueblos Olvidados</em>, larga su enjundiosa retórica contra todo aquello que suena a centralismo, mientras es oteado perversamente por una docente universitaria. Y así vamos avanzado, mirando cómo ha sido descrita la capital desde la música popular; además nos damos el lujo de publicar a dos poetas ilustres de la <em>Unión Chica:</em> Iván Teillier y Álvaro Ruiz, y rayamos en los muros capitalinos el cáustico <em>Santiago Punk</em> de Carmen Berenguer, publicado hace justos veinte años pero que suena como si hubiese sido escrito anteayer. Seguimos juntando rabia a través de la selección de fotografías de Emiliano Valenzuela, una sórdida visión de la noche santiaguina y sus desechos. Elicura Chihuailaf, poeta mapuche insigne, conversó largamente con nosotros y reivindica su tierra y sus raíces hablándonos de poesía, de lenguaje, de memoria y de la Casa Azul donde nació. Acompañamos también a un adolescente curicano, ensimismado ante la visita de Aylwin a la provincia y como, “en la medida de lo posible”, casi-casi logra llevarse a todos sus compañeros a un viaje “todo pagado” a conocer la capital del <em>Reyno</em>. Rematamos con la invitación a redescubrir Conti, donde según el autor “está la acción verdadera”, ciudad con más historias que guionista de Hollywood.</p>
<p>Don Jorge   Teillier, cabreado de que le repitieran el mote de lárico, fue quien prendió la mecha que inspiró este número al decir que los poetas santiaguinos no pueden ser nada. Nosotros no vamos tan lejos, simplemente queremos plantar hidalgos nuestra banderita, para hablar de igual a igual con el discurso hegemónico hecho desde Santiago y sin mirar más allá de sus edificios.</p>
<p>Armamos, entonces, este séptimo número de Medio Rural, parapetados en la sombra larga y restrictiva de la capital, donde todo llega y donde todo empieza a morir.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Éxodo</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Apr 2016 14:39:39 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[En su figura originaria, en Grecia y Roma, el exilio era una alternativa que tenían los ciudadanos para capear una pena. Es decir, un delincuente podía tomar el camino del éxodo,   y la vergüenza civil, para no pagar tiempo en la sombra o algún otro tipo de condena. Esto, claro, tenía sus consecuencias, sobre todo en Grecia, ya que los [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>En su figura originaria, en Grecia y Roma, el exilio era una alternativa que tenían los ciudadanos para capear una pena. Es decir, un delincuente podía tomar el camino del éxodo,   y la vergüenza civil, para no pagar tiempo en la sombra o algún otro tipo de condena. Esto, claro, tenía sus consecuencias, sobre todo en Grecia, ya que los que elegían esta opción perdían sus derechos cívicos y políticos, y eso según Aristóteles convertía a la persona en algo <em>“inferior al humano”. </em></p>
<p><em>“Sácame de aquí”- </em>grita el gran poeta español Leopoldo María Panero desquiciado, desdentado y desesperado en medio de la noche santiaguina a un escritor nacional que publicó tres novelas que sangran las desventuras del exilio y la incapacidad del artista retornado de sentir Chile nuevamente como su casa; las mismas que seguramente vivieron el pintor Guillermo Deisler y el músico/poeta Redolés. Una senda similar recorrió Juan Balbontín, quien publicó una novela de vanguardia en los ochentas, pero la paranoia producida por la dictadura lo obligó a abandonar su carrera literaria y refugiarse en el laberinto de su mente y en el sur doméstico</p>
<p><em>“Sin patria ni tribus”,</em> como decía León Felipe, este séptimo número de Medio Rural está dedicado al <strong>Éxodo</strong>, a nombres e historias obligados a dejar el pasado y los recuerdos para echar el futuro al viento. Ofrecemos una especie apología triste, inspirada en personajes curtidos por la resaca de la vida, marcados por el designio de la militancia, de la locura o de la pobreza.</p>
<p>A Brodsky, Joseph, ruso y ganador del Nobel, lo de ser poeta, judío y opositor a la URSS no le fue cosa fácil: desde muy joven pasó por la cárcel, el psiquiátrico y después vivió recluido varios meses en el invierno frío de Siberia; años después y luego de un peregrinaje por Europa recaló en Estados Unidos. A su encuentro con los periodistas dijo que desde su éxodo, se había convertido en <em>«una entidad autónoma: mi mejor amigo y también mi peor enemigo».</em></p>
<p>La cita de Brodsky no es al azar. Esta dualidad es como una presencia intangible en este número, que exuda un modo de relato en que los sufrimientos propios son contados desde arriba, como por un narrador omnisciente, que todo lo sabe y que a través del lenguaje intenta encontrar respuestas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">Ya lo dijo Joseph Brodsky en un poema:</p>
<p style="text-align: center;"><em>“Allí en la razón cada hora se borra<br />
y los rostros etéreos de los años perdidos<br />
se escapan -más aún si se acerca el invierno,<br />
que llena el zaguán de cabras, gallinas, carneros.”.</em></p>
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		<title>Navegando hacia la Frontera</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Oct 2015 21:23:08 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[BANVILLE]]></category>
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		<category><![CDATA[la frontera]]></category>
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		<description><![CDATA[  Neruda en sus memorias evoca las lluvias infinitas de la infancia, ésas que van amainando con la madurez. Recuerda las calles convertidas en barriales por culpa de diluvios que parecían durar meses en La Araucanía, en “esta Frontera, o Far West de mi patria”. Fue Jorge Teillier, amante de las películas de cowboys, quien reformó el concepto de far [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong> </strong></p>
<p>Neruda en sus memorias evoca las lluvias infinitas de la infancia, ésas que van amainando con la madurez. Recuerda las calles convertidas en barriales por culpa de diluvios que parecían durar meses en La Araucanía, en <em>“esta Frontera, o Far West de mi patria”</em>. Fue Jorge Teillier, amante de las películas de cowboys, quien reformó el concepto de <em>far west</em> nerudiano y lo perfeccionó hasta conjugar una poesía fronteriza, llena de fantasmas del pasado y de bailarines de tango; todos bañados por un aguacero más tinto que el del Premio Nobel.</p>
<p>En este sexto número de <em>Medio Rural</em> presentamos nuestra propia Frontera: un espacio indefinido donde conviven los pasajeros y los que esperan eternamente frente a las aduanas. Entregamos un número extraño, híbrido entre ambos lados del meridiano: un país lleno de brumas y memorias empañadas y otro territorio más moderno, habitado por familias que desaparecen y son capaces de entenderse con las aves.</p>
<p>Qué pueden tener en común Jorge Teillier y Juan Luis Martínez, aparte de ser poetas ambos, se preguntará el lector avispado al revisar el índice de esta humilde publicación. Le responderemos que justamente es esa incertidumbre la que queremos plantear; hacer cohabitar ambas miradas. Alberto Fuguet, autor demasiado gringo para complacernos pero, a la vez, tan chileno, dice que casi todos en el mundo habitamos en la <em>periferia</em> y que eso, no tiene nada de particular. El bueno de Banville, con una copa en la mano, recita a Yeats mientras vive en sus dos personalidades. Además, el sicólogo Cristián Zamora, nos explica que hoy no tiene demasiado sentido reducir el término rural sólo a lo agrícola y a lo campesino. Y, así nos vamos, yuxtaponiendo ideas- combo y combo- e incluso nos damos el gusto de publicar unos dibujos sobre arrieros en la Laguna del Dial, en el Maule forajido.</p>
<p>Un número raro que bambolea a la deriva entre las</p>
<p><em>“nostalgias del Far West, nostalgia de rebaños<br />
y trigales infinitos, de lunas azules y de un tiempo sin tiempo.” <a href="#_ftn1" name="_ftnref1"><strong>[1]</strong></a></em></p>
<p>y que se mueve al ritmo de canciones oscuras que nos conminan a tomar nuestros bártulos y dejarnos llevar por la carretera.</p>
<p><a href="#_ftnref1" name="_ftn1">[1]</a> <em>“Nostalgia del Far West”</em> de Jorge Teillier.</p>
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