Portada, Textos — 10 octubre, 2022 at 1:14 pm

VEINTE AÑOS DE PROVINCIA EN UN PUÑADO DE LIBROS

by
por Jonnhatan Opazo

pesquisas imposibles, mapas sin territorio, cementerios y nómades

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LA PROVINCIOLOGÍA COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES

Ambos libros compendian un trabajo de hormiga realizado por años. En el caso de Mario Verdugo, Arresten al santiaguino! Biblioteca de autores regionales (Overol, 2018) es, en palabras del mismo autor, «la cara infame de una investigación» que busca «indagar en las escalas locales de intelección y experiencia literaria, en la construcción simbólica de los territorios no metropolitanos, en las narrativas estereotípicas sobre las provincias de Chile».

A pesar de la infamia, la contratapa del libro no escatima en colocarlo «en la tradición de autores como Wilcock, Plutarco, Max Aub o John Aubrey». Modestia aparte, los perfiles que Verdugo ofrece son indagaciones en torno a obras tan particulares como desconocidas. Yosuke Kuramochi, Pepita Turina y León Ocqueteaux son algunos de los escritores a los que Verdugo resucita como a un Lázaro en su lecho. Cadavéricos y algo apolillados, estos autores regionales gozan de una segunda vida en la que pueden campear a sus anchas, no sin ser agarrados para el chuleteo.

Por ejemplo: «Según se dijo en cierta reseña, si Julio Iglesias Meléndez hubiese tenido que elegir entre sus propios libros y una mujer bella, aun la más bella del mundo, se hubiera quedado de seguro con los libros».

Viaje al fin de la noche de la provincia que consigna a excéntricos varios, desaparecidos, uno que otro contemporáneo y, cómo no, poetas. Malos o buenos, da lo mismo. La poesía chilena, a pequeña o gran escala, suele acumular historias esperpénticas para el uso del detective o el ilustrador.

Territorios invisibles (Inubicalistas, 2017), de Felipe Moncada, toca una tecla similar aunque algo alejada de las infamias propias de la investigación de posgrado. Moncada, como Verdugo, se sirve del dispositivo libro para compendiar un trabajo de años. Estos territorios inubicables que Moncada fotografía, sin embargo, respiran de otra forma. Sin la cortapisas de la prensa —la mayoría de los textos de Mario Verdugo aparecieron inicialmente en The Clinic y otros en estas mismas páginas—, Moncada se permite devaneos y vagabundeos varios en donde la anécdota histórica se encuentra de cara con la digresión epistemológica o el arte sublime de irse por las ramas.

A diferencia de Verdugo, Moncada escoge un corpus viviente y en desarrollo: la mayoría de los autores que aparecen en el libro, dis- persos todos desde la frontera norte hasta los canales australes, siguen activos como poe- tas, críticos o ensayistas. Bernardo González, Américo Reyes, el mismo Verdugo —mise en abyme—, Ricardo Herrera, Alejandro Lavín o Chiri Moyano son algunos de los citados

La cercanía con los estudiados le posibilita a Moncada, si nos permiten la expresión, un acercamiento aurático a esos libros cuya circulación es limitada y espectral. Miremos esta descripción de Casa deshabitada (Ediciones del Herrero, 2010) de Pablo Araya: «Usando sus conocimientos de artesano de la madera, ha construido la extensión del contenido del libro en una bella autoedición, de manera que el esqueleto externo del libro (la caja que lo contiene) es la persiana de una ventana, el marco de una puerta, o un viejo portón de alerce con bisagras de madera». Milagros de la autoedición, que cuando no es un estrepitoso fracaso logra artefactos que son la consumación de un afecto vital del que la escritura no es más que uno de sus tantos epifenómenos: «Así el libro es el fragmento de una vieja casa en miniatura y los dedos del lector al pasar de papel en papel (otra forma de la madera), podrían ser los pasos de un curioso que asoma a pasillos y corredores, oye voces en la penumbra, se tropieza con objetos en desuso, de manera que el objeto-libro posibilita estimular la imaginación para internarse más allá de la lectura, en el lenguaje de la materia».

Captura de Pantalla 2022-10-10 a la(s) 10.12.07Libros para provinciólogos y curiosos de las tramas invisibles de un territorio lleno de poetas, narradores, chamulleros, luchadores, memoriosos; gente, en fin, con ganas de contar algo, de hacer cortocircuitos con el lenguaje o sencillamente atizar los carbones de la memoria antes que caiga la noche.

A modo de posdata habría que consignar «Perdidos leyendo traducciones», la columna de Cristóbal Gaete en la revista La palabra quebrada. Cristóbal, todo sea dicho, habría estado mucho más capacitado que nosotros para acometer esta tarea. En esa columna, como un Juan Forn del Cardonal, vagabundea en libros poco o mal leídos, vendedores de cuneta, escritores secretos, poetas suicidas. A ratos parece una continuación en clave no ficción de Crítico (Garceta, 2016). En otros, un ajuste de cuentas con la memoria personal, atado porfiadamente a la literatura. En cualquier caso, es un corpus que todavía se está escribiendo. Quizás lo tengamos en nuestros estantes haciéndole compañía a Valpore (2009; Garceta, 2015) y Motel ciudad negra (Hebra, 2014). Quién sabe. Quizás Cristóbal quiera dejar esos tex- tos dispersos y diseminados en papel diario.

Ya veremos.

PUEBLOS INVENTADOS, POLIFONÍAS ESPECTRALES: PASEO POR UN PAÍS IMAGINARIO

Faltaban seis años para su muerte. Con varias ruedas pinchadas, en 1997, Bolaño escribe una lista de recomendaciones «sobre el arte de escribir cuentos». En el punto número once, a modo de digresión, escribe: «Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, de Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas».

No sabemos cuántos cuentistas leyeron a Lee Masters, pero sí podemos calcular ―a vuelo de pájaro― cuántos poetas chilenos lo hicieron y se sirvieron del procedimiento para darles voz a canallas, migrantes desdichados, cazadores de recompensa, pastabaseros y exploradores. Ya no a la manera del Canto general, sino a la manera de los cuchicheos en voz baja.

Partamos por el norte. «Bienvenidos al cementerio más viejo de Chile». Esa frase abre La comarca. Ensayo sobre el desarraigo (Aparte, 2021) de Mauro Gatica. Antes de esta nueva edición, La comarca circuló en una edición cartonera a cargo de Fugitiva Ediciones. En ese limitado tiraje, encuadernado a mano con hojas de oficio, Gatica empujaba su obra hacia el libro-objeto: a medida que avanzábamos en los poemas, aparecían mapas de la frontera, fotografías, transcripciones de archivos del siglo xix, además de una infinitud de epígrafes que nos avisaban que teníamos en nuestras manos el trabajo de archivista poseído por los fantasmas del desierto.

El texto vuelve a nosotros sin esos recortes, algo más higienizado, pero sin perder el sistema nervioso que anima este monstruo deforme armado con cuerpos de soldados muertos en batallas de violencia absurda, chicos que roban osamentas del cementerio, entre otros.

«De Chile nos botaron por peruanos / y acá nos despreciaban por chilenos. // Llegamos a Lima / a sufrir lo imposible», leemos en el poema «Olga Contreras Taucare». Mauro Gatica ―esto lo supimos en una conversa con él hace un par de años― escribió este libro contra el patriotismo de cuneta de una ciudad encajonada entre desierto, mar y frontera. Un espejismo hecho de calaminas, palmeras y prostíbulos. Muchos de los poemas son transcripciones de relatos encontrados en la biblioteca de la ciudad donde vivía antes de migrar hacia Bolivia. Todas esas voces fisuran la inocencia perversa del relato nacional para revelarnos su anverso: una ciudad fronteriza donde se trafica cocaína en ovoides y el Morro de Arica, postal turística por excelencia, es el lugar donde los suicidas saltan al vacío.

El libro archiva voces que están en el bor- de de los relatos oficiales. Se transforma así en el gemelo oscuro del himno nacional con sus versitos naïve. Como se apunta en el poema «En un baño público del terminal internacional»: «Imagino un Chile / sin chilenos».

Pienso una novela de corte futurista: en un Chile sin árboles ni ríos, las toponimias mapuche han sido reemplazadas por nombres en inglés. En ese país devastado, el castellano es una seña lejana, cosa de viejos y eunucos románticos perdidos en un pasado ectoplasmático. En ese futuro imposible podría estar Black Waters City (Nuevenoventa, 2018) de Américo Reyes, que los neochilenos consignarían como «ciudad de las aguas negras» ignorando la lengua que les dio el nombre.

Antología de Black Waters City (2018) es varias cosas a la vez: Américo revisita su obra, recicla sus poemas y les asigna otras autorías. Multiplica el yo poético en una variedad de heterónimos que cuentan las miserias y alegrías pobres de un Curicó que es más real que el Curicó en que Américo Reyes dilata sus días. Más real porque sabemos que ese mundo posible terminará por devorarse los murmullos del día a día.

A esta antología se le podría aplicar una cita de Borges que usa Zambra en la contratapa de otro libro que nombraremos más adelante: «Es una lástima que la palabra poeta haya sido dividida en dos», a propósito de los poetas que cantan y los que cuentan historias. Américo maneja ambos oficios, los subsume a su imaginario de porno de matorral y fisura el Maule patrimonial con su pueblo barroco y dicharachero.

Un poco más al sur de este imaginario polifónico, Colonos (Cuneta, 2011) de Leonardo Sanhueza y Animitas (Gramaje, 2015) de Yeny Díaz Wentén funcionan como un coro de fantasmas. En el caso de Sanhueza, las pellejerías de los migrantes europeos en la Araucanía durante el siglo xix. Colonos rastrea en las miserias de una República hecha con tres listones y una plancha de zinc donde los migrantes europeos de segunda llegan con promesa de Jauja y se van con las manos vacías o derechamente no se van porque se quedan acá, muertos: «¿Qué estamos haciendo aquí Franz, August, Bernard, / entre cuatro palos parados, borrachos como polillas / que se desploman de la luz al licor, mientras el viento / y la lluvia tocan sus polonesas sobre el barro?».

Como reza el coro de cierta cancioncita pop, «estamos viviendo en tierra robada». Los colonos que Sanhueza trae a la vida mueren en tierra robada, sin gloria.

En el caso de Animitas, Díaz Wentén hace cantar a esas grutas que, diseminadas a lo largo y ancho del Chile real e imaginario, nos recuerdan que caminamos sobre huesos. Díaz a ratos nos recuerda a Violeta Parra: además de recopilar historias, su prosodia es la de las cantoras campesinas. Su repertorio de símbolos también: «Hay noches en que vemos pasar al diablo / con su hocico lleno de nombres, baila / y su sombra enciende la luna. // Por las noches nos colgamos del brazo de algún caminante / y lo dejamos en su casa, para que vuelva / todos los días por el mismo caminito».

El libro también es un tributo a sus muertos, a los muertos del extractivismo salvaje que campea a sus anchas a lo largo y ancho del territorio (Víctor Mendoza Collío, «¡Ay! Que balas por la espalda. / ¡Ay! Que rabia de mil perros.»); a los muertos de la dictadura militar (Víctor Lidio Jara Martínez, «Pobre vine y como pobre morí / con los huesos al aire / y sin manos mi guitarra quisiera tocar, / tocar al Dios de mis canciones y / preguntarles por qué»); a los suicidados y su tragedia antigua (Antenor Casio Sánchez Quintero, «lo pillaron colgado del cerezo junto al camino de las Dianas. Dicen que sus deudas con el cielo eran infinitas y su mujer, Toda Vitalia, huyó hacia el norte con su hermano Cleofe de la Cruz»).

El mote de «cementerio más lindo de Chile», dice Christian Formoso, viene de la tradición oral puntarenense. Puntualiza: «Reconozco en el patetismo del mito local, los elementos de la lengua-geografía representados, no por símbolos tradicionales (bandera e himno en el caso chileno) sino (…) por aquella misma almohada sobre la que todos hemos de soñar». El libro en cuestión —El cementerio más hermoso de Chile (Cuarto Propio, 2008)— es el Spoon river más austral de nuestro territorio. Formoso, a la manera de un arquitecto de lugares imposibles, piensa el volumen como un paseo por distintos pabellones.

El ejercicio acá es similar a Colonos y La comarca: el poema funciona como un registro de oralidades espectrales que son resucitadas en esta singular danza macabra. El fantasma como reverso le permite al autor jugar también con los reversos delirantes de la constitución identitaria de Punta Arenas. Sirvan de ejemplo estos versos: «“Punta Arenas es una tremenda / oportunidad de negocios / porque se trata del cementerio / más hermoso de Chile” // El ejecutivo local / señaló que Mc-Donald’s / Cementerio garantiza / calidad y servicio / como en otros países (…) Por ello la empresa / tiene presencia / en el 97,7 % / de los grandes / cementerios chilenos».

El sueño de la razón produce monstruos de diversa ralea. Las mutaciones perturbadoras que el modelo neoliberal introduce en nuestros territorios reales e imaginados, como si de una semilla de legumbre sometida a radiación y agrotóxicos se tratase, son abordados por las obras citadas como un modo de conjurar la subjetividad que esa devastación produce a mansalva. Todos estos cementerios, pueblos inventados, coros de fantasmas, en fin, son un poco eso: el murmullo enloquecido del viento que sopla por igual entre el cableado eléctrico, los pinos radiata y un roble huacho que pronto van a talar.

INVESTIGADORES DE OFICIOS Y OTRAS HIERBAS

Una definición que nos parece adecuada para tratar estos trabajos es la que propone Vania Cárdenas en Tierras blancas de sed. Cartografía oral del valle de Huasco (Inubicalistas, 2019): «Más allá de las líneas rojas con las que en el mapa se encuadra la nominación del territorio y sus límites físicos, existen espacios que el cartógrafo ha dejado en blanco como esperando ser escritos desde el tránsito de sus habitantes, desde sus movimientos». Movimientos, migraciones, que se suceden al ritmo de las transformaciones productivas de cada zona del país, pero también oficios, vivos o no, que nos hablan de una permanencia y una memoria territorial común, ya sea en el valle de Huasco o en el Aconcagua.

Entre el cambio climático y la constante migración campo-ciudad, las prácticas de los sectores campesinos del país van desapareciendo o adaptándose. Oficios campesinos del valle del Aconcagua (Inubicalistas, 2017) de Cristian Moyano Altamirano se detiene en estas dinámicas como antropólogo y arqueólogo cultural para «poner en valor» ―que se repite en este tipo de trabajos― los diversos oficios de distintos caseríos de la zona del Aconcagua. Moyano es explícito en sus mo- tivaciones: «El arraigo que siento hacia mi pueblo, es la inspiración y motivación para revivir parte de la historia de Quebrada Alvarado y sus alrededores, escudriñando y desempolvando retazos de estas».

El lector encontrará en este libro, que ya cuenta con una segunda edición, testimonios, fotografías y gráficas que ilustran los resultados del trabajo de Moyano, sea para oficios extintos como para aquellos que siguen vigentes. Así, por ejemplo, nos enteramos del trabajo de los pozos neveros. Como el nombre lo indica, el oficio consistía en almacenar la nieve que caía en el cerro Punta Imán en unos hoyos cavados en zonas altas del cerro. Los trabajadores, además de cavar, debían volver en invierno a apisonar la nieve. Llegada la primavera, los trabajadores iban cerro a arriba, sacaban la nieve de los pozos, la cortaban en grandes cubos y la transpor- taban con tropas de burros. La lista de oficios continúa con hortelanos, pajareros, trabaja- dores del adobe, entre otros.

Captura de Pantalla 2022-10-10 a la(s) 10.12.14El ya mencionado libro de Vania Cárdenas va en una línea similar. Los testimonios, en este caso, permiten reconstruir una geografía sensible de una población trashumante cuyos oficios los obligan a llevar una vida al día. Pero discuten también como un modo de representación, literario e historiográfico, que ha relegado al norte imaginario a la actividad salitrera y al minero que encontramos en Sabella o en las crónicas de Homero Bascuñán. Cárdenas habla de formas de vida de hombres y mujeres que, a lo largo y ancho del Valle de Huasco, van ejerciendo de arrieros, agricultores o mineros. Su trabajo permite conformar, en sus palabras, mapas sensibles sin fronteras fijas. Formas de ser que desafían los identarismos fijos que ponen la pauta en el siglo XXI.

Pero Cárdenas toca un punto clave: la tarea de recoger el testimonio y enmarcarlo dentro de una continuidad histórica nos permite una lectura política. La vida de estas pequeñas comunidades como ejemplos de resistencia ante el modelo económico que hoy hace aguas por todos lados. La autora cierra el libro con una expresión de Walter Benjamin: «La humanidad se frota los ojos». El gesto de quien se despereza y puede ver más allá, sea hacia el futuro o hacia un pasado que destella en un momento de emergencia.

Leticia Zapata, Jonathan Vera y Loreto Arias publicaron Oficios del río Maule. Rescate, promoción y valoración de las prácticas culturales de la cuenca del río Maule (2017). A diferencia de los dos libros comentados más arriba, este título, desarrollado con un fondo estatal, no cuenta con los canales de distribución editorial tradicionales. Es el caso, lamentablemente, de muchas investigaciones de este tipo. Nosotros logramos conseguirlo a través de un website de Facebook que promocionaba las actividades del proyecto.

Lamentable, decimos, porque el objeto libro es de buena factura y trae un apartado de fotografías antiguas que hacen que la investigación tenga un espesor mucho mayor. Junto con el trabajo de entrevistas y caracterización histórica ―estamos hablando de un oficio que comienza a finales del siglo XVIII―, la mezcla de testimonio y fotografía permite acceder a una dimensión distinta de la memoria común. Que hayan sido tomadas en un tiempo en que la fotografía análoga reducía la posibilidad de disparos nos habla un poco de la importancia del oficio en la constelación del relato familiar: el trabajo como constructor de una subjetividad que está ligada a un modo de vivir lo común.

Huella al mismo tiempo espectral, en un país ―y un territorio― donde las transformaciones históricas vienen acompañadas de la mutación de las matrices productivas y, con ello, la disolución de estas comunidades. En el caso de Constitución, nos dicen los autores, el golpe de Estado del 73 y la instalación de la celulosa Arauco.

Algo similar ocurre con Lo Figueroa, paisaje cultural (2021). El libro corresponde a la tesis de grado de la arquitecta Daniela Vilches. Tuvimos noticias del trabajo a través de redes sociales y para cuando quisimos adquirir un ejemplar ya se habían agotado. Conseguimos el pdf con la autora ―práctica subterránea y efectiva de circulación que a estas alturas es una institución en sí misma― y lo consignamos acá por las mismas razones que los títulos anteriores: Vilches traza una carto- grafía sensible de una pequeña comunidad de la zona central chilena con dos objetivos visibles: levantar un puñado de información dispersa sobre Lo Figueroa y densificar su pequeña historia con un trabajo que aporta una mirada histórica, pero también archivística y, por qué no, artística. De este modo, el libro ofrece una mirada compleja cuyo interés no es exclusivamente académico: «Veintiséis años después vuelvo a este lugar, esta vez con una mirada diferente ―nos dice en el prólogo―. Me asombro a descubrir cosas que antes no vi, la imagen es la misma, pero esta vez hay más cosas por ver».

La investigación como una cuestión vital, que despliega potencias que permiten que los habitantes de un lugar reconstruyan tramas vitales. Daniela, en este caso, explora la dimensión del paisaje como un elemento que atraviesa el relato de la comunidad investigada: «En esta localidad se distingue la fuerte influencia de la actividad económica sobre el territorio. Aquellos tejidos y tramas de cultivos que matizan junto con la configuración del habitar doméstico». En las fotografías, que la autora logró recopilar a través de trabajo de campo, vemos cómo esta ligazón entre trabajo, identidad y territorio se traduce en formas de vida: en una fotografía cuya fecha aproximada es 1960, vemos a cuatro mujeres. Al centro, la madre lleva un vestido oscuro y carga en brazos a quien suponemos es su hija menor. La acompañan dos niñas vestidas de manera similar aunque con colores claros ―el blanco y negro no nos permite saber esto―. Las mujeres están rodeadas de matas de choclo aún en crecimiento y atrás, justo a su derecha, vemos un árbol que tal vez sea un ciruelo.

Las fotografías que se suceden reproducen una estructura similar: son estampas de la vida campesina del Maule. La secuencia más interesante corresponde a una serie sobre el Club Deportivo Unión Figueroa, que según un documento presente en el libro fue fundado en 1932. En la serie de fotografías podemos ver los distintos uniformes que cada generación de jugadores acuñó para su época, así como el paso del tiempo proyectado en los cortes de pelo y el uso de patillas a la vieja usanza.

A modo de coda: la lista de investigaciones con enfoque similares merecería un trabajo de archivo en sí mismo. Es cosa de mirar la cantidad de proyectos Fondart y afines que año a año, en diversas líneas, levantan relatos, archivos o investigaciones en torno a la multiplicidad de temáticas que emergen en cada rincón de este angosto pasillo que conecta el desierto con el mar austral.

LAS RUINAS DE VALPARAÍSO

Si en los libros anteriores acusamos recibo de un trabajo por recuperar las memorias locales, sea en oficios, prácticas o archivo, los ensayos de La destrucción de Valparaíso. Escritos antipatrimonialistas (Inubicalistas, 2020), de Pablo Aravena, lee entre líneas estas estrategias contemporáneas por recuperar simbólicamente modos de vida que materialmente han sido destruidos o desplazados. Valparaíso, podríamos argumentar, es apenas un síntoma de un fenómeno que se viene dando a gran escala en Chile. A saber, la patrimonialización como estrategia del Estado para hacerle un saludo a la bandera a un pasado que discursivamente es afirmativo del statu quo.

La reflexión de Aravena nos recuerda a otros teóricos que han advertido este fenómeno que se multiplica en diversos lugares de la cultura. Simon Reynolds, por ejemplo, trabaja esto largamente en Retromanía (Caja Negra Editora, 2012). La adicción del pop a su propio pasado, sirviéndose, entre otras cosas, de ideas como los futuros cancelados de su amigo Mark Fisher. El horizonte reflexivo de Aravena discute con las consecuencias que a una ciudad portuaria con un pasado proletario e intelectual potente le significaron la persecución política en 1973 y la declaración del turismo como actividad esencial en los noventa.

Vale la pena citarlo. Cuando habla del 18 de octubre del 2019 y los saqueos, Aravena dice: «Se deshacen de una ciudad que no les brinda nada más que la escenografía melancólica de sus vidas desperdiciadas. ¿Y los “valores patrimoniales”? Pues será cosa de turistas, emprendedores de la cultura, el Ministerio respectivo y de esos micronacionalismos que practican el culto chauvinista a la ciudad».

Volvemos a lo que decíamos al principio: hay que leer este libro y preguntarse si la destrucción de la sociabilidad popular y el exceso de patrimonialismo no terminará por transformar nuestras ciudades en cáscaras huecas, simulacros de un mundo del que queda una maqueta y algo más.

DOS LIBROS AUSTRALES

Puede que el frío y la lluvia del sur chileno hagan que sus escritores se inclinen por el arte sublime de contar historias. Raúl Ruiz, quizá el más excelso exponente del arte de la evocación verbal, habla en varias entrevistas de su infancia chilota junto al radioteatro y las historias de brujos.

Paganas patagonias (Lom, 2018) de Óscar Barrientos es un libro que revitaliza esta tradición tan vieja como la presencia humana en la Tierra. Los relatos reunidos en este volumen son un bestiario de excéntricos, paisajes hostiles y monstruos imaginarios. Barrientos, por supuesto, se permite también una suerte de crítica cultural en clave ficción al describir las prácticas absurdas de los mercanchifles del turismo y la academia. Así, por ejemplo, nos encontramos con un grupo de autoayuda que promueve las bondades del devenir-castor o un agente turístico que necesita salvar a toda costa el turismo en temporada baja a partir de prácticas contra natura. Una mala lectura podría catalogar el libro de heredero del realismo mágico, cuando lo cierto es que a través de la parodia y el esperpento lo que Barrientos hace es fisurar esa representación para mostrarla desnuda y medio indigna en su condición de puro simulacro.

Una memoria negra de la Patagonia es la que presenta Galo Ghigliotto en El museo de la bruma (Laurel, 2019). La premisa del libro es sencilla: un grupo de investigadores ―se nos dice en las primeras páginas― quiere reconstruir el catálogo de un museo patagónico que fue misteriosamente quemado. Con ese pie forzado, un poco a la manera de los ejercicios de la Oulipo, Ghigliotto va narrando poliédricamente la Patagonia en su versión más macabra: coto de caza para hombres blancos y europeos que acabaron con los habitantes originales de esa zona austral; tierra incógnita para personajes como Magallanes, Darwin y Bruce Chatwin; campo de concentración durante la dictadura militar; refugio de nazis que sortearon los juicios posguerra y envejecieron para servir de soldados a Pinochet; y así.

Un libro que a todas luces es heredero de In Patagonia del ya mentado Chatwin, en tanto supone un viaje al fondo de ese sur austral imaginario. Libro, todo sea dicho, poco usual en Chile, que parece tener tanto cobre como novelas confesionales. El museo de la bruma, pensamos, se parece mucho más al cine documental de José Luis Torres Leiva o de Tiziana Panizza que a otras obras literarias que se publicaron ese año. Todavía más: libro que nos invita a pensar un poco ―como no se suele hacer por estos lados― en torno a esa dicotomía nefasta de civili- zación y barbarie, que aparecería con tanta frecuencia en ciertos cronistas chilenos tras la revuelta de octubre.

Dos libros sobre un sur austral que tiene tantas capas como líquenes los bosques de la Patagonia.

LA CONJURA DE LOS FANTASMAS

El informe Rettig debería tener un anexo donde se consignen a todos los torturadores ―militares, carabineros, otras Fuerzas Armadas― que murieron tranquilamente en sus casas sin recibir ninguna clase de condena. Un deseo quimérico en un país de criminales que cada cierto tiempo son recordados por los hijos o nietos de las víctimas de torturas y desapariciones.

En el pueblo hay una casa pequeña y oscura (La Pollera, 2021), del narrador y guionista Vladimir Rivera Órdenes, es un ajuste de cuentas doloroso con su pasado y, por añadidura, con el fantasma de impunidad y violencia que ronda en las calles de Parral. Una literatura comprometida no debería serlo tanto por su explícita adscripción como por el compromiso de contar esas vidas mínimas que el olvido se traga. Las crónicas de este volumen narran las peripecias de la militancia política de izquierda en un pueblo como Parral, que como otros del Valle Central llevan sobre sus hombros el peso de la cultura patronal.

El Chile que muestra la crónica de Rivera es el Chile que el relato neoliberal ahogó rápidamente con sus guirnaldas de plástico y la vida en cuotas. El nacimiento del campamento 21 de noviembre, fundado entre otros por el padre del autor ―«ninguna calle lleva el nombre de mi padre», dice Vladimir mirando a la cara a la Historia―, los militantes de izquierda acribillados y arrojados al río Putagán, los compañeros de curso que terminaron de mili- cos o devorados por la depresión. El libro es un caldo de natre con alquitrán y tripas de gato: un trago amargo de memoria en el país de los emprendedores que dan vuelta la hoja y miran hacia adelante.

Libro militante, decíamos, con una memoria personal que se construyó dándose cabezazos contra un muro de plomo. Como Vladimir, varios, muchos, tantos, en el coro trágico que de vez en cuando vuelve y hace temblar las vitrinas, las comisarías y los carros policiales con rabia vieja.

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AL CIERRE

No por culpa sino por amor al oficio, consignamos acá algunos libros que nos habría encantado colocar en esta lista si el tiempo y el acceso a los libros nos fuese menos mezquino.

Coyhaiqueer (Ñire Negro, 2019) de Ivonne Coñuecar —Desove (Cagtén, 2018) de Claudia Jara Bruzzone —Spandau (Tácitas, 2013) de Gloria Dünkler —Sentido de lugar (Komorebi, 2021) de Sergio Mansilla —Escribir & tachar. Narrativas escritas por mujeres en Chile (1920-1970) (Overol, 2020) de Ana Traverso y Andrera Kottow

Ciudad berraca (Alfaguara, 2018) de Rodrigo Ramos —Tríptico de Cobquecura (Liberalia, 2007) de Andrés Gallardo
Explicación de todos mis tropiezos (Uqbar, 1995) de Ós- car Bustamante

Isla Riesco (Jamspter, 2019) de Mariana Camelio

 

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