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	<title>MEDIO RURAL &#187; El Mito</title>
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		<title>SERGIO MANSILLA: «La “suralidad” es un sentir y una condición: un habitar entre el hoy y el ayer, pero asumiendo que se habita solo en el aquí y el ahora»</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Oct 2022 13:54:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[El Mito]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>

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		<description><![CDATA[por María José Cabezas Corcione &#124; fotografías Samuel Salgado &#160; El académico y poeta Sergio Mansilla publicó, en 2021, el libro Sentido de lugar: ensayos sobre poesía chilena de los territorios sur-patagónicos en la editorial valdiviana Komorebi Ediciones, un interesantísimo y extenso ensayo donde escudriña y propone nuevas visiones respecto a la poe- sía del sur y sus diferentes denominaciones [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<h3 style="text-align: center;"></h3>
<h6 style="text-align: right;"><strong><em>por María José Cabezas Corcione | fotografías Samuel Salgado</em></strong></h6>
<p>&nbsp;</p>
<p>El académico y poeta Sergio Mansilla publicó, en 2021, el libro <em>Sentido de lugar: ensayos sobre poesía chilena de los territorios sur-patagónicos </em>en la editorial valdiviana Komorebi Ediciones, un interesantísimo y extenso ensayo donde escudriña y propone nuevas visiones respecto a la poe- sía del sur y sus diferentes denominaciones de origen. El volumen está compuesto por veintidós textos que recorren la obra de destacados autoras y autores desde la selva valdiviana hasta la Patagonia, donde resaltan autores como Maha Vial, Verónica Zondek, Jaime Luis Huenún, Bernardo Colipán, Ivonne Coñuecar, Marlene Bohle, Christian Formoso, entre otros.</p>
<p>Convencidos de que algo particular se trama en la relación entre editor y autor, le pedimos a María José Cabezas Corcione, de Komorebi Ediciones, que entrevistara a Sergio Mansilla para profundizar sobre esta valiosa propuesta y cómo aporta al necesario rescate de las poéticas del sur de Chile.</p>
<p><strong>DESDE UN ÁMBITO MÁS GENERAL, Y TOMANDO EN CUENTA LA IDEA DE QUE «LOS POETAS SABEN Y SIENTEN QUE EL LUGAR QUE HABITAN AL MISMO TIEMPO LOS HABITA A ELLOS», ¿PODRÍAS PROFUNDIZAR A QUÉ TE REFIERES CON ESTO Y CÓMO LO DESARROLLAS EN SENTIDO DE LUGAR?</strong></p>
<p>Habitar en su sentido más primario alude a crear hábitos y actuar en función de ellos. Tener hábitos es actuar ante determinadas circunstancias de un modo reiterativo y familiar. Los lugares son circunstancias espaciales que nos obligan a adaptarnos a ellas. Y adaptarnos implica crear modos de acción que hacen que nuestro acontecer diario se torne familiar y con sentido. Siempre ocurre así; lo que sucede es que a menudo los lugares donde estamos o habitamos no son lugares <em>fuertes</em>, es decir, los vivimos simplemente como circunstancias externas en las que hemos sido <em>depositados </em>por el destino, por la vida, por decisiones con frecuencia puramente pragmáticas. Existen, sin embargo, lugares cargados de un aura identitaria poderosa, por distintos motivos; por ejemplo, porque tienen una larga historia, porque poseen paisajes de extraordinaria belleza, porque en ellos hay ya instalada una tradición identitaria marcadora de diferencias sustanciales en relación con los demás. Chiloé podría ser un ejemplo de este último caso. En <em>Sentido de lugar </em>parto de la idea de que el sur y la Patagonia son lugares <em>fuertes</em>; y no es una idea puramente arbitraria, pues al revisar la poesía escrita <em>en </em>y <em>desde </em>esos lugares, diversas marcas de lugar ingresan a la escritura a modo de huellas referenciales que nos obligan a transitar recursivamente entre el texto y su espacialidad (o espacialidades) referida, nombrada, mencionada, evocada. Creo haber puesto en evidencia este punto en los ensayos que componen el volumen.</p>
<p>Y dado que eso es así, creo que es lícito sostener que los lugares nos habitan, una formulación metafórica para decir que nuestras estructuras de sentir se hacen <em>en </em>y <em>con </em>nuestras experiencias de lugar, solo que tales experiencias no se reducen ya a la sola percepción de la espacialidad física, sino que incluye toda la trama social, cultural, familiar, vital que acontece en los lugares donde transcurre nuestro vivir. Desde este punto de vista, el lugar es también un acontecimiento. Y en tanto tal, puede ser, como muchas veces lo es, un acontecimiento <em>flotante</em>, no arraigado a ninguna geografía en particular que tenga un sello de singularidad no intercambiable, sino justamente al revés: un acontecimiento que habla más de una transitividad desarraigada, marcada por el nomadismo o la sola provisionalidad del vivir, como lo sería un hospital, una cárcel, un campo de concentración. Así es como he concebido la noción de «no-lugar» en el libro, si bien no dejo de hacer mención a Marc Augé, quien acuñó el concepto en el campo antropológico y sociológico.</p>
<p><strong>EN EL LIBRO ABORDAS LA ESCRITURA DE POETAS QUE VAN DESDE LA SELVA VALDIVIANA HASTA LA PATAGONIA. ADEMÁS, REFLEXIONAS A PARTIR DE OBRAS DE AUTORAS Y AUTORES QUE EN CIERTA FORMA DISTINGUEN UN «LUGAR» —POR MENCIONAR, LA CIUDAD QUE HABITO (KULTRÚN, 2012; APARTE, 2021) DE VERÓNICA ZONDEK, TERRITORIO CERCADO (KULTRÚN, 2015) DE MAHA VIAL O REDUCCIONES (LOM, 2012) DE JAIME LUIS HUENÚN—, PERO A SU VEZ EXHIBES A OTROS AUTORES MENOS CONOCIDOS Y QUE SE DISTANCIAN DEL CANON METROPOLITANO O CENTRALISTA. A PARTIR DE ESTO, PODRÍAS COMENTARNOS LA MOTIVACIÓN POR RESCATAR A ESTOS AUTORES, POR EJEMPLO, RAMÓN QUICHIYAO Y SU «POÉTICA DE LOS BOSQUES», O MARLENE BOHLE Y SU PARTICULAR VISIÓN COMO MUJER SOBRE LA COLONIZACIÓN ALEMANA, Y QUÉ SIMBOLIZA ESTA INCLUSIÓN, DESDE EL SENTIDO Y CONSTRUCCIÓN DE UN LUGAR.</strong></p>
<p>Mi interés por los poetas no metropolitanos, ligados a territorios periféricos, a la provincia, viene de muy atrás. Es parte de mi propia experiencia de vida. Me formé como escritor en la pro- vincia; en la provincia me formé como crítico. Incluso en los tiempos en que estudié en los Estados Unidos, lo hice en una universidad que geográficamente se ubica en el noroeste de ese país, cerca ya de la frontera con Canadá. Seattle es una ciudad grande, pero por su ubicación y por su historia (se funda en el siglo XIX) está, podría decirse, en los umbrales de la nación estadounidense. Su paisaje se parece mucho al del sur de Chile, de modo que las circunstancias de la vida me han llevado al <em>sur </em>incluso estando en el hemisferio norte. Siempre me ha interesado la poesía de todas partes del mundo en lo que concierne a mis lecturas como escritor, pero a la hora de estudiar sistemáticamente a autores u obras, he preferido siempre aquellos y aquellas que denotan <em>periferia</em>, no centralidad (ni geográfica ni canónica), si bien puede que algunos de esos autores lleguen a ser más tarde figuras paradigmáticas. Y si mis trabajos en algo contribuyen a ello, habrá valido la pena el esfuerzo. Se trata, podríamos decir, de una opción cultural-política en el sentido de poner atención en quienes no necesariamente la han tenido fácil para llegar a convertirse en escritores, no solo por el hecho de que es naturalmente trabajoso hacerse de un lugar en el campo literario sino, sobre todo, porque han tenido que batallar a veces duramente para asegurar la sobrevivencia propia y de los suyos. Naturalmente, situaciones como estas las hallamos en todas partes; pero mi interés por el sur y la Patagonia arranca también del hecho de que estos territorios han sido y son mi casa geográfica, mi casa simbólica, mi casa de memoria. Escribir sobre poetas de estas latitudes es también un reconocimiento a los míos.</p>
<p>En este contexto es que he puesto atención en Ramón Quichiyao y Marlene Bohle. Se trata de autores nada estudiados hasta ahora, con obras de muy escasa circulación, pero que, desde mi mirada, ofrecen poderosas representaciones de su entorno-lugar-comunidad. Quichiyao habla de la selva valdiviana, aunque no desde una perspectiva meramente paisajística: propone una especie de <em>conversación </em>con el bosque cuyos interlocutores son los árboles y los humanos que han vivido o viven en él. De manera que su poesía es una incursión en la memoria, en su memoria, en la de su comunidad, mas también es una incursión en la botánica, en la geografía. Veo en la mirada de Quichiyao una forma simbólica de relacionarse con la naturaleza que va a contracorriente del modo más conocido de tratar la naturaleza en la literatura latinoamericana: como expresión o representación de la barbarie, de lo monstruoso. O bien al revés: como un espacio idílico. Aquínoesnilounonilo otro. Es, nada más, el espacio del transcurrir de vidas signadas por una memoria trágica de despojos causados por procesos de colonización intranacionales (siglo xix principalmente). En el caso de Bohle, me llamó la atención su mirada femenina sobre las mujeres de su pueblo de origen, Salto Chico, cerca de Puerto Montt. Sobre todo, porque explora situaciones asociadas con la colonización alemana o germánica, que revelan una cara nada conocida de ese proceso: el rol subalterno de las mujeres, no solo de las de origen germánico, sino de todas quienes, por una razón u otra, no han sido las vencedoras de ninguna historia: las locas, las suicidas, las infieles, las mujeres solas después de los cuarenta años, las oficiantes de trabajos paupérrimos, las que se convencen de sus propias fantasías. Estas situaciones también son las marcas identitarias del sur de Chile.</p>
<p><strong>UNO DE LOS ASPECTOS QUE ABORDAS Y PROBLEMATIZAS CORRESPONDE A CONCEPTOS QUE ESTÁN PRESENTES EN LA LITERATURA CONSIDERADA «DEL SUR» Y QUE HAN DEVENIDO EN CLICHÉ DURANTE LOS ÚLTIMOS AÑOS, TAL COMO «SURALIDAD», «LARISMO» O «TERRITORIO». SE PUEDE ENTENDER QUE A LO LARGO DE ESTOS ENSAYOS INTENTAS DISCUTIR Y PONER EN TELA DE JUICIO ESTAS PRELECTURAS Y APORTAR OTRA MIRADA DESDE DONDE ABORDAR LA ESCRITURA DE ESTOS LARES. SI PUDIERAS EXPLICARNOS DE QUÉ SE TRATA ESTA IDEA O BÚSQUEDA POR DESMITIFICAR LAS NOCIONES USUALMENTE ASOCIADAS A «LO SUREÑO».</strong></p>
<p>Los lugares necesitan ser cartografiados de alguna manera para diversos efectos. Para la literatura chilena sureña, en particular para la poesía, el peso de la tradición lárica es enorme y a veces no deja respirar, en cuanto que a lo lárico se lo suele tratar como una marca registrada total e indeleblemente caracterizadora de la identidad y naturaleza de la poesía chilena contemporánea del sur. Riedemann reparó hace ya un tiempo en el efecto pernicioso de este estereotipo de lo lárico para comprender y apreciar la poesía chilena sureña en su diversidad y polivalencia. Introdujo, creo que con enorme acierto (lo digo en el libro), el concepto de «suralidad». Y yo me apropio de este hallazgo teórico, pero hago un esfuerzo por complejizarlo un poco más de manera que el resultado final sea no un simple rechazo a los estereotipos, sino un esfuerzo por ver la dimensión de verdad y de no verdad que puedan tener tales estereotipos y las propias categorías analíticas utilizadas, confrontados ambos con una visión historizada de la realidad de la que la poesía se hace cargo. Si lo conseguí o no, eso lo decidirá el lector. El ejercicio de desmitificación es esencial a la crítica, y la crítica literaria no es ajena a esta tarea, por supuesto. Pero tampoco hay que perder de vista que la <em>desmitificación </em>puede volverse también otra forma de mitificación. Mi esfuerzo, en consecuencia, propone una forma de leer que opere en varias dimensiones, de manera que lo que se ve válido en una dimensión, no necesariamente lo es si cambiamos la dimensión de la mirada. ¿Lo lárico tiene validez como marca singularizadora de al menos cierta poesía del sur? Sí lo tiene, lo cual no quiere decir que sea «copia» de la estética de Teillier, y si aun lo fuera, ¿por qué no pensarla como resultado de un modo de tratar con la realidad material de los lugares y no como simple extensión de una cierta tradición poética? Existe también lo que se suele llamar afinidad de sensibilidades, que obedece a respuestas similares ante circunstancias similares, aunque puedan pertenecer tales circunstancias a tiempos muy diferentes. Esta es la tesis que deslizo en un capítulo cuando sostengo que el «larismo» sureño (que no define en absoluto a toda la poesía de esta latitud) es más una «coincidencia» de circunstancias con las de Rilke en su tiempo, que una simple prolongación de la poética teillieriana.</p>
<p><strong>OTRO ELEMENTO ATRACTIVO QUE SE PUEDE ASOCIAR AL «LUGAR» O «TERRITORIO» DE LOS POETAS, Y QUE SE INSINÚA EN SENTIDO </strong><strong>DE LUGAR, ES LA CONCEPCIÓN Y VALOR QUE TIENEN LOS SÍMBOLOS Y EXPERIENCIAS ASOCIADAS A LA INFANCIA. SABEMOS TAMBIÉN QUE EN TU FORMACIÓN COMO POETA, EL HABITAR EN CHILOÉ FUE DETERMINANTE EN TU ESCRITURA Y EN LA REFLEXIÓN DE OTRAS POÉTICAS. EN ESE SENTIDO, ¿CÓMO CREES QUE INFLUYE EN TU INFANCIA CHILOTE EL CONCEPTO DE «CHANGÜITAD»?</strong></p>
<p>Changüitad es en realidad un topónimo. Alude a un sector rural ubicado a unos cuatro o cinco kilómetros al norte de Curaco de Vélez por la costa, en la isla de Quinchao. Ahí me crie («me crecí», diríamos en Chiloé). Hace ya muchos años que no vivo ahí. La casa de infancia, construida por mi abuelo probablemente en la década de 1920, ya no existe. Solo la tierra permanece, librada ahora de sus habitantes que la cultivaban, que la rozaban, que le arrancaban los necesarios frutos y bienes para sostener la vida humana en un lugar paisajísticamente muy bello, pero también muy hostil, sobre todo en una época como las de los años de 1960 cuando ir a la escuela nada más era un esfuerzo enorme. Debía yo caminar una hora para ir y otra para volver por la playa. Ese mundo ya no existe. Ha sido reemplazado por formas de vida propias de la modernidad consumista, aunque también con facilidades inimaginables en mi infancia: caminos pavimentados, luz eléctrica, comunicaciones globales, apertura al turismo a gran escala, acceso mucho más masivo a la educación avanzada. Soy de aquella parte de la humanidad que ha sido testigo de la desaparición de su mundo de infancia y la sustitución de este por un mundo nuevo, con todo lo bueno y lo malo de ambos mundos. Por eso la memoria, la conciencia de lugar, transita entre mundos antagónicos, y, en consecuencia, a menudo nuestra literatura parece <em>contradictoria</em>, oscilante entre la nostalgia y la aceptación de un presente en el que no llegamos nunca a sentirnos completamente en casa. Tampoco la nostalgia es la solución estética ni menos ética, sino solo un sentimiento que aparece y desaparece como los catricos, esos ríos subterráneos que asoman a la superficie de tanto en tanto. La «suralidad» es un sentir y una condición: un habitar entre el hoy y el ayer, pero asumiendo que se habita solo en el aquí y ahora en realidad. La literatura en este entorno con frecuencia es un homenaje a la memoria de esos seres humanos que <em>sufrieron </em>el territorio o el lugar, que a su manera trabajaron para que sus descendientes no vivan las estrecheces y sacrificios que ellos vivieron.</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2022/10/Captura-de-Pantalla-2022-10-10-a-las-10.53.52.png"><img class="aligncenter size-large wp-image-1619" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2022/10/Captura-de-Pantalla-2022-10-10-a-las-10.53.52-1024x822.png" alt="Captura de Pantalla 2022-10-10 a la(s) 10.53.52" width="676" height="543" /></a></p>
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		<title>El código del Hampa</title>
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		<pubDate>Sun, 11 Sep 2016 09:04:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Destacados]]></category>
		<category><![CDATA[El Mito]]></category>

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		<description><![CDATA[El escritor y delincuente, Alfredo Gómez Morel, nace en Santiago el 23 de Diciembre de 1917. Hijo de una prostituta llamada Ana Morel Serrano y del estudiante Agustín Gómez Aránguiz, hijo de un diputado por Santiago del Partido Nacional]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Alfredo Gómez Morel</p>
<h2>El código del hampa</h2>
<h6>por Medio Rural</h6>
<p>El escritor y delincuente, Alfredo Gómez Morel, nace en Santiago el 23 de Diciembre de 1917. Hijo de una prostituta llamada Ana Morel Serrano y del estudiante Agustín Gómez Aránguiz, hijo de un diputado por Santiago del Partido Nacional, Gómez Morel viene al mundo producto de la relación de una noche. La pareja se conoció en Punta Arenas cuando el joven Agustín acompañaba a su padre en una gira electoral. A los tres meses de vida, Alfredo Gómez Morel fue abandonado por su madre a la entrada de un conventillo de la ciudad de San Felipe. Doña Catalina Oliva de Osorio decidió tomarlo bajo su protección en la chacra <em>Santa Catalina</em>. Después de dos años de cuidados, la señora Oliva se vio obligada a internarlo en el convento-orfelinato de las monjas carmelitas de la misma localidad debido a las presiones de su marido. A la edad de siete años, y a causa a los continuos maltratos que sufrió al interior del recinto por las monjas del lugar, se fugó del orfanato y volvió a vivir con Catalina Oliva hasta los once años. Allí recibió su primer nombre: Luis. El propio Gómez Morel lo relató así en su testimonio biográfico aparecido en 1971 en tres entregas publicadas en la revista <em>Paula</em>: <em>¿Por qué me convertí en delincuente?</em>. “Llegué a la conclusión de que debía fugarme. Lo hice. Antes me fui a la despensa y me robé algunos alimentos. Al cruzar el patio vi un palo de escoba apoyado en una palmera. Monté en él y me largué hacia el mundo”. Pero antes que Alfredo Gómez Morel pudiera emprender vuelo propio, su madre biológica, viajó a San Felipe y reclamó su tutoría legal a Catalina Oliva de Osorio. Ana Morel trasladó a su hijo a Santiago y le cambió el nombre por segunda vez: Vicente.</p>
<h2>Los pelusas del Mapocho</h2>
<p>Su padre, Agustín Gómez, utilizó su red de contactos para que Gómez Morel ingresara al internado de La Gratitud Nacional en donde permaneció por un lapso de tres años, asumiendo su nombre definitivo: Alfredo. En esta institución sufrió vejámenes por parte de los sacerdotes que oficiaban de profesores. Así lo expresa en el prólogo de su novela <em>El Río</em>: “En el colegio, tanto en el alma como físicamente, fui golpeado por otras dos personas que jamás creo debieron cruzarse en mi vida. Fueron dos sacerdotes depravados sexuales”. Estas traumáticas experiencias lo hicieron escapar del colegio, y entró en contacto por primera vez con los <em>pelusas</em> del río Mapocho. El impacto fue total: “Pero la fugaz percepción que tuve de ese mundo lleno de basura, plagado de perros tristes y habitado por niños de mirada torva, me atraía. El río tenía un sentido, tenía un encanto. Desde que conocí el Mapocho supe que él era otra manera de llamar a la libertad y el amor”.</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/08/han2.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-898" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/08/han2.jpg" alt="han2" width="600" height="349" /></a></p>
<h2><strong>La educación de un ladrón</strong></h2>
<p>Incitado por sus nuevos amigos, los<em> pelusas</em>, Alfredo Gómez Morel comenzó a delinquir y fue expulsado del internado La Gratitud Nacional por hurto. Nuevamente gracias a la influencia política de su padre, Gómez Morel comenzó un recorrido por diferentes instituciones educacionales como el Patrocinio de San José, el Internado Barros Arana y el Instituto Zambrano. Fue expulsado por robo de todos los colegios, y su vida siguió asociada al delito, siendo derivado por las autoridades a la Casa de Menores ubicada en la calle San Francisco. La estadía le sirvió de escuela donde cursó clases de <em>carterismo</em>, <em>cuenteo</em> y <em>escapeo</em> con los delincuentes mayores, para finalmente titularse de <em>choro</em>.</p>
<h2><strong>El código del hampa</strong></h2>
<p>El escritor Mario Silva es considerado la nueva voz de los bajos fondos de la literatura chilena. De niño estuvo internado en la Fundación Mi Casa, y le tocó compartir vivencias con los <em>pelusas</em> del Mapocho que eran derivados a la institución. Leyó <em>El Río</em> a los catorce años y actualmente se perfila como una de las voces más potentes del mundo marginal. Silva sostiene que antiguamente en el mundo del hampa existían códigos muy distintos a los del día de hoy: “Ahora, la característica más marcada es que no hay códigos”; cuenta que dentro del universo delictual existían niveles: “El lanza internacional era considerado el playboy del hampa, y Gómez Morel llegó a tener el equivalente a un doctorado universitario”. La vida de Alfredo Gómez Morel transcurrió hasta los 18 años entre el Mapocho y la cárcel. En una de sus primeras estadías en la prisión de Valparaíso, conocido como Los Pimientos, se convirtió en amigo de uno de los príncipes del hampa de Chile: El Ñato Tamayo. Él lo instruyó en el <em>Código de honor del hampa</em>. Alfredo Gómez Morel lo relató así en su testimonio biográfico publicado en la revista Paula:</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/08/han3.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-899" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/08/han3.jpg" alt="han3" width="600" height="349" /></a></p>
<ol>
<li>Nunca delates.</li>
<li>Jamás <em>des filo</em> (quedarse con la mayor parte de un botín ganado con uno o más compañeros de robo).</li>
<li>Nunca preguntes lo que no te digan, pues si te dicen algo es porque no quieren que lo sepas.</li>
<li>No te metas nunca con la mujer de otro choro.</li>
<li>Si <em>te caes en una biaba</em>, en el juzgado debes <em>limpiar</em> a tu compañero y tienes que <em>cargarte</em> tú (dicho de otra forma: si la flagelación en Investigaciones me obligaba a confesar el nombre de un compañero, ante el Juez debía decir que no lo conocía y tenía que asumir solo la responsabilidad y autoría del robo).</li>
<li>Jamás falles a un <em>apuntamiento</em> (cita que se dan dos o más delincuentes).</li>
</ol>
<ol start="7">
<li>Cuando caiga en cana un compañero tuyo, tienes que <em>mandarle el paquete</em> (ayudarlo semanalmente con alimentos) mientras él esté en cana.</li>
<li>Nunca debes enseñarle lo que sabes a un <em>gil avivado </em>(novato).</li>
<li>Cuando otro <em>choro</em> te haga algo, tienes la obligación de <em>avivarnos</em> si es que te ha <em>sapeado</em> o de <em>cobrar tu plata, tú</em>, si es que te <em>verduguearon</em> o<em> te dieron harina </em>(debía alertar al grupo delictual en caso de delación o estaba obligado a hacer mi propia justicia si un <em>socio</em> me apuñalaba o se quedaba con mi parte de un botín.</li>
<li>No te olvides jamás que un verdadero delincuente, nunca usa la violencia sino la cabeza; por eso tienes que detestar a muerte a los <em>sarteneros </em>(asaltantes) y a los <em>cuelgas de ajo</em> (cogoteros).</li>
</ol>
<p>&nbsp;</p>
<h2><strong>El Río</strong></h2>
<p>En la década de los sesenta, Alfredo Gómez Morel fue indultado y quedó bajo la protección de algunos benefactores como Blanca Elena Grove, los doctores Milton Calderón Dosset, Francisco Hoffman, Guillermo Varas y Claudio Naranjo. En ese período comenzó a escribir su primera novela titulada <em>El Río</em>; el libro es un relato autobiográfico que escribió como parte de una terapia de rehabilitación delictual y que tuvo 17 ediciones en Latinoamérica, y fue publicada en Francia por la editorial Gallimard, con prólogo del Premio Nobel Pablo Neruda quien lo tildó de “clásico de la miseria”.</p>
<h2><strong>Vivir para contarla</strong></h2>
<p>“La primera vez que conocí a Alfredo Gómez Morel fue gracias a mi amigo Milton Calderón”, recuerda el siquiatra Claudio Naranjo. “Milton me contó que su hijo estaba compartiendo celda con un hombre fascinante que quería escribir sus memorias”. Naranjo y Calderón ayudaron a Alfredo Gómez Morel haciéndole llegar a la cárcel de Valparaíso útiles básicos para escribir como papel, lápices y una lámpara. “Él me contó que se sentía como un gusano y que su vida no tenía sentido. Como yo trabajaba en siquiatría, creí que era fundamental que mis pacientes pudieran entender su propia vida mediante la escritura”. Naranjo comenzó a reunirse con Gómez Morel en una oficina pintada de negro donde trabajaban en la oscuridad. Ahí fue testigo de sus primeras entregas de material. “Yo le sonsacaba todo lo que podía”. Poco a poco, Alfredo Gómez Morel fue atreviéndose a contar su vida, y en ese proceso estuvieron trabajando codo a codo por varios meses. “Yo veía un proyecto de libro en potencia, y estimaba que Gómez Morel estaba frente a una oportunidad única en su vida para presentarse desnudo frente al mundo y sanarse”.</p>
<h2><strong>La caída en desgracia </strong></h2>
<p>Pese a que recibió todo tipo de elogios, tras la publicación de <em>El Río</em> la situación personal y económica del escritor fue empeorando debido a su alcoholismo. El 28 de diciembre de 1976 apareció publicada una carta al director en el diario <em>Las Últimas Noticias</em> firmada por Alfredo Gómez Morel, donde anunciaba un estado grave de salud: “Estoy gravemente enfermo: corazón, estómago y, posiblemente, hemiplejía”. En la carta solicita ayuda y pide regalos para sus hijos. Cuenta que vive en una rancha ubicada en Once Poniente N°8380 en la población San Gregorio de La Granja. Luz Alvial, la viuda de Gómez Morel, rememora con amargura aquella época. Recuerda que pudieron salir a flote gracias a la gestión de Jorge Vargas, quien trabajaba en la dirección de desarrollo social de la Municipalidad de La Granja. Vargas señala que Alfredo Gómez Morel lo visitaba los fines de semana cuando necesitaba un descanso, y que disfrutaba especialmente el jardín de su casa para leer y escribir. “Yo trabajé en la Municipalidad de la Granja en el año 1976, y lo conocí a través de un amigo en común. Mi amigo me dijo que tenía un conocido que se llamaba Alfredo Gómez Morel, y que estaba en una situación muy precaria: su salud era pésima (diabético, hipertenso, escuchaba mal y sufría problemas a la vista), y que tenía una orden de desalojo porque no había pagado el arriendo. Yo le pregunté dónde vivía y él me dijo que en la población San Gregorio”. Vargas le consiguió un trabajo a Gómez Morel en la sección de informaciones de la Municipalidad de la Pintana. “La Municipalidad aún no estaba completamente construida así que se necesitaba alguien que informara al público. A mí me pareció que Alfredo era la persona indicada, así que le habilitamos una oficina con teléfonos para que pudiera trabajar a gusto, y dispusimos que almorzara sin costo en el casino”. Alfredo Gómez Morel duró un año en el trabajo. “El me decía que perdía la cabeza con la plata porque se sentía como un rey”, afirma Jorge Vargas. “Como recibía la plata, así la gastaba y la botaba”. El escritor Mario Silva recuerda haber conocido a Alfredo Gómez Morel a fines de los años setenta en la Feria del Libro de Santiago y cuenta que estuvieron conversando por alrededor de veinte minutos. Su impresión fue que Gómez Morel ya estaba desengañado del mundo y que parecía una persona gastada. “Vi en él una mezcla de amargura y enfermedad, y tenía un aspecto enfermo y cansado: la vida lo estaba abandonando”.</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/08/han4.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-900" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/08/han4.jpg" alt="han4" width="600" height="349" /></a></p>
<h2><strong>Triste, solitario y final</strong></h2>
<p>Las últimas señales del autor se encuentran en diferentes periódicos de la época. En ellos se informa que el 15 de agosto de 1984 a las 7 de la mañana habría fallecido el escritor chileno Alfredo Gómez Morel en una pensión ubicada en Balmaceda 1372, en la población San Rafael de La Pintana. Luego fue habría sido llevado a las losas del Instituto Médico Legal de Santiago como un NN. A la espera de algún pariente que lo reconociera y le diera sepultura. Lo cierto es que su certificado de defunción indica que murió de una cardiopatía hipertrófica e insuficiencia aguda miocardial y traumatismo de hombro izquierdo. Luz Alvial señala que Gómez Morel murió completamente olvidado. “Alfredo murió tirado en la rancha, y de allí se lo llevaron después al Instituto Médico Legal. Tres días estuvo ahí sin que nadie lo fuera a buscar (…) Ni siquiera lo enterraron con su nombre. De hecho, le pusieron el nombre de Luis Morel Gómez en la lápida”.</p>
<p>El escritor nortino, Andrés Sabella, publicó una crónica en <em>El Mercurio</em> <em>de Antofagasta </em>el 29 de agosto de 1984, en la que despidió a Gómez Morel. “Alfredo murió tal como los personajes de sus libros, peleando, a vida y muerte, con la vida y la muerte (…) Sencillamente se perdió en el mundo”.</p>
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		<title>Aylwin y las ardillas</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Sep 2016 09:51:42 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[por Claudio Maldonado Conocí a don Patricio en el otoño de 1991. Él hacía sus primeras armas como presidente de Chile y yo ingresaba a las filas del Liceo Luis Cruz Martínez de Curicó. Con el atentado al Pelado Guzmán, en pleno abril, sentí miedo que el partido del Colo Colo con el Barcelona se suspendiera. “Na’ que ver, hueón”, [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<h6>por Claudio Maldonado</h6>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/08/qeg.jpg"><img class="  wp-image-971 alignleft" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/08/qeg.jpg" alt="qeg" width="254" height="304" /></a></p>
<p>Conocí a don Patricio en el otoño de 1991. Él hacía sus primeras armas como presidente de Chile y yo ingresaba a las filas del Liceo Luis Cruz Martínez de Curicó. Con el atentado al <em>Pelado</em> Guzmán, en pleno abril, sentí miedo que el partido del Colo Colo con el Barcelona se suspendiera. “Na’ que ver, hueón”, me dijo el <em>Mono</em> Valdés. Y mi yunta tenía razón, no era para tanto, total la cosa era en Guayaquil. 2 a 2 al final, con un regalo del arquero, que Dabrowski aprovechó con un puntete. Pero volvamos a Patricio y yo. Una mañana, casi al terminar la última hora, el profesor Eulogio Fantobal entró a la sala y dio la noticia: la Municipalidad, en conjunto con la Gobernación, preparaba los festejos para recibir al presidente en su primera visita oficial a la ciudad. Dentro de las actividades se contemplaba un concurso interescolar de afiches de bienvenida en honor al mandatario. Por cumplir dejó un par de copias de las bases y escapó. Con el <em>Mono</em> Valdés dibujábamos a los compañeros, la cara del <em>Patán</em> que era igualito a Cafú, la expresión del <em>30 calugas, </em>símbolo de la ordinariez máxima, cuando furioso se refregó por los genitales su investigación sobre el imperio austro-húngaro, en protesta por el 1.2 que le había puesto el <em>Loco</em> Palma. Había que sobrevivir a la jungla de un liceo con goteras y compañeros de hasta 20 años arrancándose ramilletes de bellos púbicos para meterlos en los cuadernos de los otros, tirando mesas desde el segundo piso y ejecutando un sinfín de porquerías que yo, un pendejo de 13 años, no podía dejar de vacilar a todo pantanal. Al salir de clases le dije al <em>Mono</em>: “Voy a participar en ese concurso que dijo el Fantobal, total me compro una cartulina y me pongo a inventar algo ¿cómo sabís?”. El señor Fantobal había sido escueto, pero en las bases estaba todo claro: se elegiría un afiche por establecimiento y luego la gran final sería en el gimnasio cubierto, con Aylwin como único jurado. El premio sería un viaje al Palacio de la Moneda con todo el curso y con todos los gastos pagados. Pero ¿qué haríamos frente a los demás cursos, y más aún frente al Instituto San Martín de los curas Maristas, o frente al talento de las minitas de la Inmaculada Concepción, o frente a los guarenes del Politécnico Juan Terrier, que sí sabían de dibujo técnico? Llegué a mi casa, tomé once y fui donde la señora Saida a comprar materiales. Despejé una parte del comedor y repasé las instrucciones: el afiche debía mostrar la alegría por la democracia recuperada. Nunca fui bueno para el realismo, siempre incapaz de hacer un florero, o un cuerpo entero de medidas fidedignas. Opté por lo simple: el papel calco. Mi propuesta artística fue: en el afiche tenían que aparecer un grupo de estudiantes y detrás de ellos la plaza con sus palmeras sin cocos y carruajes tipo victoria. Era complejo dibujar victorias, sus recovecos de fierro forjado, sus cocheros y carrozas me llevaron a la decisión de mostrar la mitad de una rueda trasera y una cola de caballo agitada en la otra esquina. Los estudiantes debían estar felices, con brazos en alto y la boca abierta de emoción. Impregnados de júbilo verían aparecer a su excelencia, emergiendo como un cristo desde el cerro o montado en un Ford descapotable. Pero no me daba el cuesco para eso. Pensé en dibujar sólo la cara, calcar una del <em>Topaze</em>, pero tampoco era la idea. El slogan surgió al instante: “¡Con la fuerza de todos, bienvenido presidente!” No le pondría color, todo sería en lápiz pasta negro. De alguna parte sacaría a ese puñado de jóvenes. Revisé el diario La Prensa y nada, hojeé una par de <em>Terceras</em> y nada, hasta que miré la pequeña biblioteca. Mi abuelo siempre recibía a los mormones, a los pentecostales a los evangélicos y a todo tipo de grupos misioneros. El viejo los tenía <a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/08/qegt.jpg"><img class="  wp-image-973 alignleft" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/08/qegt.jpg" alt="qegt" width="270" height="361" /></a>horas y horas en el living, discutiendo, reflexionando, criticando. Era común que terminaran chatos, agobiados por no haber avanzado ni un pelo en la conversión. Gracias a esto se fue armando una contundente sección con lo mejor de la literatura cristiana. Ediciones full color de <em>Dios en la palabra</em>, <em>El despertar de la Luz</em>, <em>Mensajes del Nuevo Milenio</em> y todos esos volúmenes empastados que anunciaban las calamidades de la tierra, pestes, guerras nucleares, la insolencia de la gran ramera vestida de fucsia y borracha y montada sobre un león de siete cabezas. Todo con ilustraciones de impacto inmediato: niños bajo los escombros de un mega terremoto, fanáticos con ojos desorbitados adorando al dinero en un casino, hijos cacheteando a sus madres, madres cacheteando a sus maridos, maridos cacheteándose a las criadas. El mundo era corroído por el cuché triturante de Satán, que a pesar de todo no podía corromper a esos negros, chinos, indios y gringos que aparecían en un paraíso campestre, abrazando tigres y acariciando osos. Todos felices, bajo un sol radiante y comiendo palanganas de frutas. Fue en esas páginas donde encontré al grupo de estudiantes para calcar en el afiche: chicos y chicas con pecas miraban al cielo, listos para ser llevados al paraíso. Calqué la imagen de los pecosos felices y el concepto se formó. Las victorias sugeridas y las letras del slogan convincentes. Sólo quedaba dibujar al presidente. Eran las cinco de la mañana, tenía sueño, me sentía nadar contra la corriente ¿qué podía hacer yo frente a los mateos del A o del B o del C? Seguí pensando hasta que opté por la síntesis, porque el afiche era eso, un resumen perfecto de mi alegría por la llegada del nuevo presidente. Decidí hacer sólo el brazo de Patricio saludando a todo el pueblo curicano, un brazo forrado en un terno elegante, unos dedos medios ancianos, pero vigorosos, moviendo un pañuelo blanco en dirección a la plaza. A las 7 me dormí, a las 7:30 mi madre empezó a gritar, a las 7:45 estalló: “¡Levántate po’ oyeee, vay a llegar atraso oyeee, levántate po’ oyeee!” Tomé la mochila, enrollé el afiche y partí. A mitad de mañana fui a la oficina del señor Fantobal. Debió haber dicho: déjalo por ahí y anota tus datos en ese cuaderno o tal vez no me dijo nada y siguió leyendo su TV Grama. Pasaron las semanas y con el <em>Mono </em>Valdés seguíamos dibujando, mientras el Colo Colo, muerto de miedo, le ganaba 2 a 1 la U limeña. En la tele aparecía un barbón acusado de haberle disparado al <em>Pelado</em> Guzmán. La vida continuaba en mi IRT con ecualizadores, escuchando a un grupo que se llamaba Los Tres y con el Mono al lado, esperando que Los Prisioneros recapacitaran y volvieran a ser los pesados de siempre. Hasta que llegó el momento, fue en matemáticas. Esta vez el señor Fantobal entró a la sala e informó: “se ha elegido el afiche que representará a nuestro liceo en la final, será en el gimnasio cubierto y el premio, como es sabido, en caso de triunfo, será un viaje a la Moneda con todo el curso. El elegido es de acá. “¿Quién es Claudio Maldonado?” En otras circunstancias la emoción me hubiera disparado, pero yo sabía lo que vendría. Los 42 compañeros aprovecharían el momento de relajo y aparte de patear las mesas, aullar como coyotes, graznar como cuervos y destrozar los cuadernos, me darían una capotera contundente. En el acto me atrinqué en una esquina. “¡¡Güena güena, Maldooooooo!!”, comenzaron a gritar. Eran 42 hienas eufóricas, que veían en mí la mejor cara del Primero G, un acercamiento a eso que llamaban la educación entretenida al servicio de una vida gozadora. El señor Fantobal se acercó y los espantó a todos con un gesto. Me estrechó la mano y le dijo al curso: “Si Maldonado gana harán un viaje realmente inolvidable”<em>.</em> Los macacos me lucían sus garras y sus colmillos, listos para las patadas y los abrazos dolorosos. Pero Fantobal los contenía con una sonrisa. “Güena güenaaaaaaa Maldonaoooo culiao”, me gritaba el Rodríguez, “Tenís que ganaaaar, Maldonao, sino te vay a comerte la pulenta capotera”, chillaba agargantado el Onzueta<em>. </em>Mientras el <em>Sobaco</em> Quezada salía corriendo por el pasillo junto al Mauricio Yévenes gritando la buena nueva: “¡¡Nos vamos a la Monea! chupen la que cuelga, nos vamos a la Moneaaaaaaa!!” Ante el caos, el señor Fantobal sólo atinó a decir que el afiche se enmarcaría y que el liceo corría con todos los gastos-. Yo sólo debía concentrar mis afanes en llegar aseado a la ceremonia, de uniforme completo y con la insignia y los zapatos brillando en su negrura. No tenía dramas con el largo del pelo, porque en ese tiempo yo me creía Depeche Mode. Poca bola me dieron en la casa. Mi abuelo se divertía reparando lavadoras y jugueras que encontraba en la calle, mi madre se azotaba el lomo subiendo y bajando carros en el hospital y mi abuela cocinaba para todos. A la vida poco le importaba mi momento, y eso tenía un buen sabor. Mi tía Vilma, la única enterada del evento (aunque había votado por el <em>Sí</em> y por el Büchi diferente) sabía que la raya de mis pantalones exigía un súper planchado. “Porque como te miran te tratan y más si el Aylwin, ese viejo huevón que parece que se está riendo de una, te tiene que dar el premio” Las semanas pasaron. Ese día me citaron temprano. A eso de las 10 el gimnasio repleto. Después de advertirlos y amenazarlos hasta la náusea, la dirección dio el permiso para que el G estuviera en las graderías. Siempre vigilados por el <em>Perro </em>Contardo, el inspector general, que ladró fuerte y claro: “No quiero ningún tipo de proyectiles, ni orgánicos ni artificiales, ni gritos estúpidos, ni cantos groseros, si tienen ganas de alentar aplaudan fuerte o rásquense la mollera”. Comenzó el acto: bailes de cueca, el <em>Mira niñita</em> de Los Jaivas en flauta traversa, el <em>Imagine</em> de Lennon en guitarra clásica, el orfeón de Carabineros, una comitiva de jugadores del Curicó Unido haciendo dominadas con la pelota, discursos del alcalde, del intendente, del presidente del Colegio de Profesores y de un sinfín personajes que aparecían, se esfumaban y le daban el pase a otros que volvían a desaparecer. Uno de los organizadores avisó que los seleccionados teníamos que bajar a la cancha y prepararnos. Al frente del escenario los afiches lucían en sus atriles. Partió el himno nacional. Nadie cantaba más fuerte que el Primero G. Los otros colegios miraban con risa “¿por qué tanto ahínco?, ¿Por qué tanto show?, ¿Si no tenían nada que perder?” Estaban en un error, el <em>Patán</em> y <em> el 30 calugas</em> querían llegar a la Moneda y yo era el guía destinado. De pronto una fanfarria. Entró la comitiva de gobierno escoltada por carabineros, detectives y periodistas de todos los rincones del país. Fue un silencio casi natural. De la mano de su señora esposa ingresó don Patricio Aylwin Azócar. Tanto fue el silencio que el locutor nos invitó a ponernos de pie para aplaudir con confianza. Los curicanos se expresaron, el estallido fue atronador. Don Patricio dejó a su esposa en el escenario y se acercó a nosotros. Primero saludó a la minita de la Inmaculada Concepción, luego al morocho del Politécnico, luego al colorín del Colegio Vichuquén, luego al cuico del San Martín y así, hasta que finalmente me extendió la mano. Me dio una tentación de risa, de pura ansiedad por saber el final. Atrás de mi cabeza el jolgorio del G: “¡Maldonado a la Monedaaa, Maldonado a la Monedaaaaaa!”. Aylwin elegiría al ganador. Se dirigió a los atriles. A esas alturas todas las barras estaban con las trenzas sueltas. El presidente sonrió al contemplar el afiche del liceo de niñas: una paloma rompiendo sus cadenas y posándose en un libro gigante, en cuyo lomo decía <em>Verdad y Reconciliación</em>. El del politécnico dibujó una micro de recorrido interurbano repleta de estudiantes llegando al palacio y con don Patricio saludándolos desde el balcón. Era un dibujo perfecto, con remolinos de colores y una perspectiva técnica avanzada. El slogan no era menos emotivo: “Pare, chofer, que Chile es mi futuro”<em>.</em> Hasta que llegó a mi afiche. Estuvo como un minuto en contemplación, tiempo suficiente para que la fuerza G estallara en zalagarda total, tanto así que el presidente rompió el protocolo y saludó a los cabros. Se paseó por todas las obras, sonriendo, moviendo la cabeza afirmativamente, hasta llegar al último competidor que representaba al Instituto San Martín. Este afiche tenía como protagonista a un estudiante del sector rural. Era un huaso de espuelas y manta y sombrero y una mochila macanuda repleta de libros. Este joven (que figuraba de espaldas) miraba intrigado las entradas de un extenso e intrincado laberinto que se erguía en el horizonte. La idea fuerza era qué camino debía tomar para llegar al final y así alcanzar unos cuadros ubicados en las puertas de salida. Estos cuadros decían: “Amor, solidaridad, respeto, responsabilidad, patriotismo”. Pero este huaso no la tenía tan fácil, pues entre los pasillos del laberinto aparecían unas dinamitas en cuyo interior se podía leer: “sexo, drogas delincuencia, corrupción, flojera” y otros pecados que destruirían la vida del huaso lanudo. Llegó el cierre de la evaluación y don Patricio se <a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/08/wegq.jpg"><img class=" size-full wp-image-974 alignleft" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/08/wegq.jpg" alt="wegq" width="400" height="286" /></a>reunió con sus asesores. El gimnasio hervía. “Si nos ganan les pegamos, si nos ganan les pegamos” cantaba el G golpeando un basurero de lata. Porque la ilusión de los cabros estaba ahí, ir a la Moneda con los gastos pagos, quedarse en un hotel de lujo, tomar Fanta y Coca Cola hasta reventar, degustar pollos asados, tomarse fotos, dibujar un pico en el baño del Palacio y todo gracias a Maldonado y su dibujo. El presidente subió al escenario y el locutor se dispuso al veredicto: “Señoras y señores, estimadas autoridades y estudiantes, por decisión de su excelencia, el señor Presidente de la república, don Patricio Aylwin Azócar, procedo a dictar el fallo, no sin antes señalar que como finalistas han quedado los afiches pertenecientes a Esteban Munita Fritz del Instituto San Martín y a Claudio Maldonado Maldonado del Liceo Luis Cruz Martínez”. Segundos de congelación: el bombo en mute, el <em>Perro</em> Contardo dejando a un lado su <em>boki tokie</em>, los fotógrafos y las cámaras de televisión, con todas sus luces, apuntándonos. El locutor nos despertó: “El ganador es Esteban Munita Fritz con su afiche titulado <em>El laberinto de mi Chile querido</em>”. Una pena en forma de alivio pobló mi corazón, los del San Martín aplaudían felices y los del G parecían no comprender la derrota. Yo no quería ver la cara del Jerry, oriundo de Cordillerilla, la rabia del <em>huaso</em> Serrano, de Comalle. La derrota estaba ahí, no conocerían La Moneda, no volverían a creer jamás en el arte del afiche como dispositivo honesto para adentrarse en la realidad concreta de la nueva historia nacional. Con paso cansino y calculado el presidente se dirigió a Munita Fritz: “Felicidades, hijo, en ese laberinto estaremos siempre para apoyarte”<em>. </em>Yo, como buen perdedor, esperaba que el caballero desapareciera y me dejara en paz con mi aflicción, pero como aún parecía querer penetrar más en la <em>curicanidad</em>, me estrechó la mano y en un tono muy docto me indicó: <em>“</em>Los segundos lugares también tienen su mérito, estuvo compleja la decisión, pero para la próxima menos realidad, joven, menos realidad”<em>. </em> Podría inventar que ante tamaño acertijo quedé reflexionando, que en el transcurso de mi vida la frase: “menos realidad, menos realidad”, representó algo más que un detalle dentro de la historia, tal vez un simbolismo que cruzó todo mi ideario de animal político. Pero no fue así, a los segundos la olvidé y recién ahora la recuerdo: “menos realidad, joven, menos realidad”<em>.</em> En ese momento mi única preocupación era haber dejado a un curso destrozado, con una frustración que inevitablemente recaería en mí y en forma de agresión. Ni siquiera era viernes, era martes, al otro día debía enfrentarlos a todos. En la noche no dormí, recordaba la observación crítica del <em>30 calugas</em> por no haber coloreado, recordaba el gesto del Cervela, dejándose llevar por el entusiasmo del concurso y rajándose con un berlín y un Kapo. Cuando llegué ese miércoles entré con la táctica del borracho que llega tarde a su casa y se larga a putear para que no le digan nada. Yo me aferré como pude a esa débil magia: “el Aylwin vale callampa, el huéon que ganó no tenía ni slogan, en cambio mi afiche estaba clarito”, “fue pura mala cuea, nos cagaron porque éramos del liceo no más” o “puta la hueá, da rabia, estoy seguro, la hueá estaba toda arreglá”. En esa dinámica estuve toda la mañana, despotricando a viva voz para moderar cualquier arrebato. Nadie parecía prestarme atención. Quizás la visita del Colo Colo a la Bombonera los tenía en otra frecuencia. El partido lo daban por un canal privado y pocos tenían antena, las tapas de olla no servían, había que asegurarse con algún vecino. Incluso me arriesgué a interrumpir los vaticinios y comentarios tácticos de los más viejos y seguir con la cantinela: “Puta cabros, ojalá empate el Colo Colo, na que ver la hueá de ayer”. En la última hora nos tocaba con el Salas. Hacíamos una guía de sinónimos cuando entró Fantobal: “Muchachos, la idea era ganar, pero Maldonado dio su mejor esfuerzo, lo importante fue competir y quedar en la final, ya habrá otras instancias donde puedan llegar a La Moneda, ¿y quién sabe cómo funcionarios? ¿O flamantes académicos? ¿O artistas? Por eso deben mejorar su conducta y notas, si quieren algún día estar allá, en el reconocimiento máximo”<em>.</em> Todo en calma, menos yo. Levanté la mano y antes que Fantobal hiciera el ademán de salir le pregunté: “Oiga, profe, usted que estuvo ahí, al lado del presidente, ¿por qué no eligió mi afiche?” Fantobal se me acercó riendo y contestó: “Puta, Maldonado, íbamos súper bien, pero el pañuelo que le dibujaste era muy grande, parecía sábana y blanco más encima. El presidente incluso tiró una talla, nos dijo: “vaya, vaya, con este pañuelo, pareciera que me estoy rindiendo”. Apenas el señor Fantobal terminó de hablar, un grito comanche destruyó la paz, cerré los ojos, apreté los dientes y sentí el chaparrón implacable de escupos, arañazos y combos sobre mi cabeza.</p>
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		<title>Yo odiaba el mp3</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Sep 2016 09:00:50 +0000</pubDate>
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<h1><strong><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/08/mp2.jpg"><img class="  wp-image-907 size-medium alignleft" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/08/mp2-261x300.jpg" alt="mp2" width="261" height="300" /></a></strong></h1>
<h1><strong>1.</strong></h1>
<p>Para los que crecimos en los 90, la televisión, la calle y los videojuegos fueron nuestra única biblioteca. Jugando Street Fighter o 1945 conocimos algunos pormenores de la guerra fría: que los yanquis tenían bases militares en distintos países, que los rusos gustaban del vodka y los abrigos de piel. Supimos, luego de la masificación de la televisión por cable, que algunas ciudades gringas tenían un perfil parecido al que iban tomando las nuestras: casas abandonadas llenas de graffitis donde algunos tomamos nuestras primeras cervezas, skaters que recorrían en pandillas las ásperas calles de una provincia que todavía guardaba rincones de tierra y adobe, drogadictos ojerosos perdidos en un sueño de pasta base –la heroína es demasiado cara para el tercermundo–, extranjeros dueños de pequeños centros comerciales, entre otras cosas. Series como Los Simpsons, con su aire de terruño lleno de personajes sórdidos, ingenuamente corruptos, o películas como <em>Slacker</em>, en donde las calles se transforman en una vitrina de rarezas, gente aburrida, perdida, funcionan como un esquema desde el cual mirar a través de la espesa capa de tedio que, a contrapelo de las ciudades donde las cosas ocurrían, cubría el cielo claro y prístino de la provincia.</p>
<p>Para llegar a semejante conclusión, sin embargo, tuvieron que pasar 25 años.</p>
<h1></h1>
<h1><strong>2.</strong></h1>
<p>Yo, sin embargo, iba a contar otra cosa.</p>
<p>Yo odiaba el mp3. Algo había en ese formato, en la facilidad de su porte, en su fácil acceso, que me irritaba profundamente. Por razones ajenas a mí, viví en distintas casas de San Javier y Constitución. Estoy hablando de un período que va desde el 98 hasta el 2009, aproximadamente. En esos años, que en el vértigo de las transformaciones tecnológicas parecen lejanos, ajenos, casi remotos, solíamos recurrir al tráfico de cas</p>
<h1></h1>
<p>ettes y cedés. En un principio, por supuesto –y esto es, sospecho, una actitud estúpidamente provinciana–, ignoraba o quería ignorar que muchos de esos cedés habían sido quemados en un computador con acceso a internet y reproductores de mp3. El maldito mp3, el puto mp3. Tener internet en esos años, por exagerado que suene, era un lujo. Imaginará el lector que, ergo, tener una discografía, determinado LP de determinada banda, implicaba costos de tiempo, búsqueda, y otras tonteras que ahora parecen, en el abismo que los tiempos actuales siembran entre año y año, primitivos, de una época anterior a la invención de la rueda. Y así, conseguir, por ejemplo, el primer demo donde Deftones grabó temas bellísimos, con poca producción, honestos, era una especie de ganancia que la tribu –los amigos de siempre– apreciaban, agradecían: se introducía, en nuestras vidas típicamente provincianas, lo novedoso. Se introducía, en nuestros días parsimoniosos en apariencia, lo interesante. Entraba, como por una puerta sagrada en el sagrado templo de la adolescencia, un regalo del cielo. Y copiábamos, reproducíamos, escuchábamos como fieles ante una prédica que hacía descender de las alturas al mismísimo Dios. Pero de pronto aparecía entre la tundra de nuestra puerilidad un tipo cualquiera, alguien que podría ser tu primo, tu hermano o tu vecino. Y espetaba, sin pudor: “tengo la discografía de todas las bandas que te gustan en mp3. Las bajé de internet”. Ardía Troya, el Pentágono, las Torres Gemelas volvían a crecer sólo para ser destruidas.</p>
<h1></h1>
<p>Era una tontera, lo sé. Una actitud, por buscarle un nombre, fascistamente provinciana. Internet parecía una cosa de gente con plata, de gente capitalina, y el mp3 una marca de clase ante la cual se despertaban los más profundos sentimientos de odio. Yo, mis amigos, queríamos el formato físico. El disco. La portada fotocopiada. El orgullo del pirateo. El orgullo de “vivo acá, tengo ese disco y no necesito vivir en una gran ciudad para estar al día”, aunque en el fondo de nuestros corazones evidentemente provincianos sabíamos que no era así.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Así fue pasando el tiempo. Nos fuimos poniendo menos adolescentes, menos tercos.</p>
<p><strong> </strong></p>
<blockquote>
<h3><em><strong>«Internet parecía una cosa de gente con plata, de gente capitalina, y el mp3 una marca de clase ante la cual se despertaban los más profundos sentimientos de odio”.</strong></em></h3>
</blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<h1><strong>3.</strong></h1>
<p>Había en esa trivialidad, y esto puedo decirlo con el paso de los años que todo lo ablandan, que todo anestesian, una especie de necesidad desesperada por encontrar un código, una clave, un terruño imaginario donde habitar y reconocerse. Coleccionar rarezas, bandas sin mucha circulación, era construir la Gran Muralla que mantuviera a los bárbaros lejos de nuestra presencia. Era todo cuestión de civilización y barbarie. Para qué voy a hablar de discos originales: animales preciosos, exóticos, altares en medio de la precariedad. Prestar un disco original, probablemente comprado en la capital, siempre tan lejana, siempre tan ajena, siempre tan distante, suponía la construcción de un lazo de confianza o la reafirmación del mismo: había que cuidar la débil superficie donde estaban quemadas esas canciones que nos transformaban la vida, esos acordes que articulaban la filigrana en donde podíamos reconocer nuestras historias personales, ¡habrase visto tontera más grande! Pero así era. Recuerdo con regocijo, por ejemplo, a un tipo cuya pared estaba tapizada de casettes piratas. Dedicaba a cada uno de esos ejemplares un trabajo de artesanía: copiaba cuidadosamente los caracteres de la banda, los nombres de los tracks, su duración, el año y algunos datos extras, en caso de conocerlos. Pese a que su pronunciación del inglés era precaria –el <em>Kill’em All</em> de Metallica se llamaba el “quilmeal” –, había en él una vocación de bibliotecario. Ignorábamos que la cadena de producción comenzaba en el mp3, continuaba en el CD-Rom y terminaba en el casette. El fetiche de la mercancía cultural. Había que esconder eso para que el objeto tuviera valor en las todavía vírgenes tierras que eran nuestras ciudades. Era eso o la nada. Así de exagerados, de pueriles, de inocentes, ¡así de gaznápiros!, sí, podíamos llegar a ser.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h1><strong>4.</strong></h1>
<p>Dije que el tiempo pasaba y, ah, las heridas se van cerrando, cubriéndose todo bajo un manto de silencio. Varios migramos forzosamente. Los cedés y casettes fueron quedando obsoletos. Se rayaban los discos, las caseteras se llenaban de polvo y la radio soltaba sonidos espectrales: conocimos el vaporwave antes de que se llamara vaporwave. El páramo que conocimos no había cambiado tanto. Pero internet se había masificado.</p>
<p>¡Y el mp3!</p>
<p>No había nada que hacer. Lo que si había era algo concreto: crecer, espabilar. Adaptarse. Aunque el páramo siguiera igual de yermo. Aunque los discos siguieran sin estar a nuestro alcance. Menos los conciertos. Todo lo digital pasó a ser una suerte de anestesia, de sucedáneo de nuestra sed de música o de cine o de lo que fuera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h1><strong><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/08/mp1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-906" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/08/mp1.jpg" alt="mp1" width="717" height="444" /></a>5.</strong></h1>
<p>Mirar el presente a la luz de ese resentimiento vago, de ese odio injustificado, de ese fascismo de cuarta, deja a cualquiera curado de espanto. Caminar por la capital y encontrarse una tienda de vinilos, bandas que editan sus trabajos en casette, con diseños que intentan agregarle un valor distinto, una vuelta al objeto, no deja de producir cierto pasmo. ¿Para qué si hay internet? ¿para qué si hay torrent? ¿y qué Youtube? ¿y qué los años, la tecnología que siembra los campos de velocidad, de tiempo fragmentado y roto? La lógica –la historia no es historia sin sus paradojas– parece haberse invertido. Frente a la acumulación torrencial de información –el mp3, ah el mp3 es, al fin y al cabo, información, nada más que información–, adquirir un disco vuelve a ser un símbolo de estatus, un código, una lengua que designa identidades en un terruño imaginario. En la inmensidad de la ciudad, en el gélido anonimato que propugna como <em>ethos</em>, el regreso del objeto-música vuelve a instalar lo sagrado en el imperio de lo profano. Visto a distancia parece una ridiculez Visto a distancia parece una tontera. Coleccionar discos, teniendo todo al alcance de la mano, parece un gesto típicamente provinciano: un echar raíces en tierras ambiguas, bajo las cuales se guarece un fondo cenagoso y tóxico. <em>Retromanía</em>, que le dicen.</p>
<p>Yo, me quedo con el mp3.</p>
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		<title>Día y fuga de Jorge Teillier</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Apr 2016 14:25:42 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Por José Tomás Labarthe I Abre los ojos en el Sur de un planeta que se debería ver azul. Su madre lo abraza conmovida, mientras en la radio alguien llora la muerte de Gardel. Alguien teme asomarse al espejo cuando es medianoche. De pantalones cortos sale a la calle junto a su padre bajo la lluvia. Escucha distintos idiomas mientras [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<h6>Por José Tomás Labarthe</h6>
<h1>I</h1>
<p>Abre los ojos en el Sur de un planeta que se debería ver azul. Su madre lo abraza conmovida, mientras en la radio alguien llora la muerte de Gardel. Alguien teme asomarse al espejo cuando es medianoche. De pantalones cortos sale a la calle junto a su padre bajo la lluvia. Escucha distintos idiomas mientras camina. Lo suben al auto y le entregan un libro con el que dormirá abrazado en un hotel. Sueña que lee en el jardín a su hermana muerta. Viaja por el mundo a bordo de un globo. Un traidor dicta una ley que será maldita. Escribe un poema y siente que fue otro el que legó ahí sus palabras. Gana su primer premio cantando a una reina de otra primavera. Se compra un terno y festeja bebiendo junto a los amigos. Sube a un tren y atraviesa la noche.</p>
<h1><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/dia1.jpg"><img class="alignleft wp-image-829" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/dia1.jpg" alt="" width="263" height="163" /></a>II</h1>
<p>Despierta ya en la capital. Entra a los jardines del Pedagógico y escucha su primera clase. Se acerca a una joven que aprendía alemán. La besa. Sueña con ella tener una familia y dos hijos. Le entregan una caja con su primer libro. “Un libro prematuramente maduro”, dicen. Festeja demasiado con los amigos en casa. Conoce a una joven que pinta. Ha aceptado batirse a duelo, pero no se encuentra con quien lo retara. “San Jorge no encontró al dragó”, dice. No para en casa. Ahora pasa por la biblioteca y encuentra a un hombre copiando libros de poemas. Se presentan. Felices por el encuentro, salen a buscar una copa de vino y emprenden una amistad contra la muerte. Triunfa la Unidad Popular. Recuerda a su padre y la felicidad tras tantos años en la lucha. Vuelve a su oficina, en el segundo piso de la casa central de la universidad. Entrega las últimas correcciones del boletín en el que trabaja. Baja corriendo a la Alameda por donde pasa la mayor parte de los troles al estadio. Miles de banderas rojas en la entrada. Un hombre de larga barba que por entonces seguía siendo revolucionario habla durante horas. Lo acompaña el presidente socialista elegido por el pueblo y para el pueblo. Sus lentes de marco ancho guardan la visión de un sueño extraordinario. Un amigo pintor le presenta a otra joven pintora de aires vikingos, como si viniera de los hielos de aquel norte. Pasan aviones sobre sus cabezas. El Presidente defiende la casa de gobierno, mientras entrega sus últimas palabras al futuro. Los naranjos en llamas. La patria huele a muerte. Militares traidores. El espíritu de nuestro pueblo ahora en trizas. “La letra con sangre entra”. Dolor y oscuridad. Su familia se dirige al aeropuerto hacia el exilio. Va a subir los escalones de retorno a su oficina, pero decide no volver. Pide ayuda a una bella joven para cruzar la Alameda, afirmando que no le era algo fácil. Ella sonríe. Abre las puertas del bar en la calle Nueva York. El dueño y todos lo saludan en el oasis donde la amistad fluye como en el palacio de una aristocracia que es la llamada “mesa de los poetas”. Tomará vino si le ofrecen vino. Tomará agua si le ofrecen agua. Abre una carta que envía un amigo desde muy lejos –más allá de la Lima del otro pirata– con algunos billetes que se transforman en un brindis que no cesa. Busca entre sus bolsillos y nota que ha perdido un poema inconcluso junto a un programa del Club Hípico, como tantas otras cosas más. Oscuro recuerda la clínica y a un pintor que será poeta y que terminará quitándose la vida.<br />
Vuelve a su casa cerca de la cordillera. Antes entra al restaurant de siempre por una última cerveza. Una camarera nueva lo reconoce y le pide un poema. Él lo escribe en una servilleta y se lo entrega. Ella le reclama que el poema es de Apollinaire mientras ríe encantado. Adivina que mañana beberá una copa de champagne dulce y se despedirá de la ciudad rumbo al fundo junto al molino, donde también lo esperan un perro y un gato que no resistirán su muerte. Ha esquivado los golpes del olvido. Sabe que será la última vez que camine esas calles antes de volver donde se sentía flotar, lleno de alegría, liberado de sí mismo, fuera de toda realidad.</p>
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		<title>El rescate de la nostalgia y el auto-exilio del hablante en su propia aldea</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Apr 2016 14:15:21 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[A propósito de Carahue es China de Ricardo Herrera (Editorial Bogavantes, 2015) y El confesionario de Américo Reyes (Ril editores, 2015). Por Claudio Maldonado Ricardo Herrera vive en Temuco y Américo Reyes en Curicó. Por distintas manos me han llegado sus últimos libros de poesía. Debo elaborar un instrumento escritural que dé cuenta del acontecer de mi lectura. La idea [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<h2>A propósito de <em>Carahue es China</em> de Ricardo Herrera (Editorial Bogavantes, 2015) y <em>El confesionario</em> de Américo Reyes (Ril editores, 2015)<em>.</em></h2>
<p>Por Claudio Maldonado</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/PREDICAS-CLAUDIO-MALDONADO3.jpg"><img class="aligncenter wp-image-851 " src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/PREDICAS-CLAUDIO-MALDONADO3-1024x683.jpg" alt="PREDICAS CLAUDIO MALDONADO3" width="570" height="381" /></a></p>
<p style="text-align: left;">
<p style="text-align: justify;">Ricardo Herrera vive en Temuco y Américo Reyes en Curicó. Por distintas manos me han llegado sus últimos libros de poesía. Debo elaborar un instrumento escritural que dé cuenta del acontecer de mi lectura. La idea base es hermanar en algún punto de una idea a estos dos mundos. Con el carril de la PROVINCIA no me basta (me digo), si no se aceita con buen cebo ésta loca puede dispararse en muchas flechas faciloides: ella puede encontrar la ruta fatigada de banderitas sociales gimoteando por los desaires de la metrópolis o también chapotear sumida en la sobre interpretación del símbolo de una plaza o una colegiala. Elevando estas figuras a una altura que ni el Darío más jalado podría contener en su delirio. En el fondo, no por estar en la provincia el río es más puro en su caudal. Y estos dos creadores parecen saberlo muy bien, ya que instalan a sus hablantes poéticos en un conflicto directo con sus aldeas: la lucha por mantener los ritos y tradiciones de una forma de vida anterior a lo que siempre y únicamente les ha tocado vivir, es decir, el predominio de la máquina que precede al dominio de la agricultura. Es el neoliberalismo y sus navajas, algo que para los hablantes encierra algo infernal: el hombre de negocios desplazando para siempre  al artista. Frente a este nostalgia de lo que nunca se ha vivido, pero que intuyen es el llamado del camino,  los  hablantes de Herrera y Reyes  optan por  abrazar la poesía. Siguen la idea de Carpentier cuando señala que la existencia estética de toda ciudad implica una preexistencia textual. Entonces  ellos  construyen un nuevo Carahue, un nuevo Curicó, donde tenga cabida una nueva posibilidad de hacer aldea, una nueva geografía de lo imaginario.  Es en este punto del caos o fragmentación o hiper subjetividad de la aldea moderna, donde ésta le exige a los hablantes una necesidad de desarrollo epistémico de la enunciación ficcional. Es decir: la aldea les pide ampliar el registro lingüístico y asimilar técnicas discursivas que les permitan “justificar” esta necesidad de nostalgia. Los hablantes asumen esta misión con éxito y  es ahí donde se abre un espacio para  sintetizar la propuesta de ambos libros.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/ame3.jpg"><img class=" size-full wp-image-820 alignright" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/ame3.jpg" alt="ame3" width="250" height="391" /></a>En Carahue es China de Ricardo Herrera, nos encontramos con una plataforma intertextual que logra distanciarse de las alusiones más evidentes a las grandes ciudades del pasado: Roma, Jerusalén, México-Tenochtitlan, por nombrar algunas. En el caso del hablante de Herrera lo intertextual lo realiza entre Carahue (que al decir de Teillier es de esos pueblos de la Araucanía que son como guijarros o perdices echadas a la orilla del camino) y China, una civilización, imperio, nación,  casi inabordable si intentamos definirla en forma sucinta. Entre la existencia de rasgos que aún en Carahue  frisan lo premoderno y el desarrollo del hiper capitalismo en China, el hablante levanta un puente sustentado en las tradiciones poéticas de ambos territorios y es ahí donde Carahue  y China son escritos desde la contemplación del lar, desde  la cosmovisión mapuche  y  su comunión simétrica con las especies y el minimalismo oriental cuyasobriedad formal exige no alterar la visión poética del universo que ya  ha sido regalado. ¿Pero de qué forma el hablante nos convence de que  Carahue se ha tornado China? El vehículo son las visiones creativas del alcohol y el opio. En Ampelo (p.9), el poema que abre el libro, el hablante señala:</p>
<p><em>“El infierno artificial del alcohol crea una ciudad paralela, </em><br />
<em>una ciudad subterránea o subacuática, donde Carahue es</em><br />
<em>China, Barcelona, Alejandría, París o Namur.”</em></p>
<p style="text-align: justify;">Cabe señalar que Ampelo pertenece a la mitología clásica griega, es el hijo de un sátiro y un compañero-amante de Dionisio,del que se dice una vez lo transformó en un racimo de uvas para el disfrute de los hombres.  En cuanto al opio, como dispositivo propulsor del imaginario, se puede establecer (siguiendo la pesquisa de elementos de cultura universal) una asociación con poetas como Baudelaire o como Thomas de Quincey, que en su célebre ensayo Suspiria de profundis nos regala estos espléndidos versos:<br />
“tú construyes ciudades y templos sobre el corazón de la oscuridad, fuera de la fantástica imaginería del cerebro, superando el arte de Fidias y de Praxíteles, superando el esplendor de Babilonia y Hecatómpilos, llevando “de la anarquía del sueño” a la luz del día los rostros de bellezas largo tiempo enterradas y los benditos semblantes familiares, limpiándolos del deshonor de la tumba.”<br />
El hablante de Herrera instala en el puente colgante de Carahue a unos poetas coreanos desconocidos fumando amapolas, las “nuevas” familias chinas riegan las papas con chicha de manzana y en sus ensoñaciones confunden los humedales y las vegas con inmensas plantaciones de arroz. En el segundo poema (homónimo al título del libro p.14) se plantea la constatación de una verdad incuestionable: de nada vale decirle a los nuevos habitantes que Carahue es Alejandría, Namur o París y que ahí también vivió Constantino y Michaux.</p>
<p style="text-align: left;"><em>Para ellos no </em></p>
<p style="text-align: left;">
<em>Carahue es China </em><br />
<em>Carahue es una nube de opio entre los cerros</em></p>
<p style="text-align: justify;">Otro elemento clave en este principio intertextual, que establece el hablante de Herrera, es la noción de la sobrevivencia de las tradiciones, el culto al recuerdo  y a sus ritos. En el poema Edificación de la muralla China (p.27) se relata la construcción del pastel de papas más grande del universo, una fiesta anual que se celebra hace ya muchos años en Carahue. El deseo es que este pastel adquiera las mismas dimensiones de la lejana muralla, como un intento de ser también inolvidable, perpetuarse en el tiempo por los siglos de los siglos. Que el  pastel de carne molida llegue hasta Pekín o  que se pueda ver desde la luna al igual que la muralla  (ya se sabe que eso no real) se puede aceptar como una irrealidad necesaria para creer en la eternidad. Pero a veces la verdad es menos rica en la ilusión, ya que la Muralla China sólo comienza a ser tomada en cuenta en el siglo XX, con la llegada de los viajeros occidentales, siendo ninguneada por Mao que la consideró un símbolo del feudalismo. Recuerdo, al leer los versos de este poema, una frase de Borges: La vieja mano sigue trazando versos para el olvido.</p>
<p style="text-align: left;"><em>Una muralla de carne molida y puré que une Carahue con </em><br />
<em>Pekín </em><br />
<em>y que puedes observar desde la luna </em><br />
<em>abrazado a Li Tai Po</em></p>
<p style="text-align: justify;">Esta suerte de mecánica intertextual que opera en Carahue es China  también se da en otro importante poemario escrito en la provincia de la Araucanía el año 2014, me refiero al Mapa Rotode Juan Wenuan  (Editorial Del Aire). La necesidad de adentrarse en hechos de la historia mundial, para que los hablantes poéticos  preserven una memoria personal, pareciera ser un pilar fundamental para estructurar ambos discursos literarios. En el caso de Wenuanhay una constante rebelión en contra delos límites que la memoria colectiva (manipulada por el poder) le ha impuesto ala cultura mapuche. La intertextualidad con otros hechos históricos se presenta como una posibilidad de expandir esos límites y generar lecturas alternativas. En el caso de Ricardo Herrera el procedimiento  es diferente, pues para salvar su memoria individual el hablante renuncia a lo social, símbolo de lo colectivo, el hablante da cuenta de un engaño y se vuelca a la exploración del paisaje y así encuentra, sin moverse de su aldea, un autoexilio que le permiteseguir soñando la utopía de un territorio donde la poesía es un refugio, un imaginar sin horizontes.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/ame2.jpg"><img class=" size-full wp-image-819 alignleft" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2016/04/ame2.jpg" alt="ame2" width="200" height="310" /></a>En El confesionario de Américo Reyes el recurso de la Polifonía es el quesostiene  el armazón discursivo del poemario. En primer término estamos en presencia de una variedad de voces (galería de personajes) que narran sus experiencias, emociones, sentimientos y reflexiones acerca de lo que han sido  sus vidas y  su relación con los demás habitantes de la aldea Curicó. Un escritor falto de imaginación se quedaría en la mera descripción de los rasgos arquetípicos del hombre de la zona y ahondaría en la gracia siempre atractiva de la anécdota bien contada. Pero  éste no es el caso de Reyes, que desde el primer texto A modo de Proemio (p.9) justifica a través de una declaración de principios políticos la aparición de estos hablantes. Antes que todos, es el autor el que define su (hasta ahora) existencia en el entrecruce de siglos. Su vida de animal político  la resume en: <strong>revolución + dictadura + democracia =Desilusión.</strong> Esta decepción o este cansancio por vivir se expande a su oficio de poeta, pues ante todo el autor se presenta como un actor fraguado en la palabra escrita y que ha optado por propinarle un cachetazo a ese Curicó  literario oficial que el autor conoce al dedillo, donde existe la sensación de que transformar el lenguaje es algo docto y donde se valida el cultivo de los tres géneros  en un todo caldo literato surreal y de guerrilla, que en los pueblos de provincia pareciera a veces adquirir una fuerza universal.  Por ende, las confesiones iletradas que pretende el autor en este registro de recuerdos están afuera de ese mundo, pues son ejecutadas por seres anónimos que han encontrado un espacio para simplemente dar a conocer algo de sus vidas cotidianas. Es muy posible que el autor (y esto lo deja en la ambigüedad) se haya basado en hablantes que son plausibles de existir, pero también, como lo señala, pueden ser fantasmas de su propia imaginación, la prolongación de sus deseos e identidades secretas siempre dispuestas a explorar las laberintos del ser humano. Sea como sea, el autor, ante su crisis, reelabora una nueva aldea donde el recuerdo de estos anónimos se transforma en un nuevo libro para su sobrevivencia de escritor (algo así como lo que hizo Capote con los dos asesinos de A sangre fría). A través de la utopía de la nostalgia el autor transforma a estas mujeres y hombres atosigados por sus tabúes, a estos aldeanos de oficios humildes estragados en el vino y la noche poblacional, a estas monjas y  adoradores de filosofías orientales desengañados,  a poetasdebatiendo sobre ética y poesía latinoamericana a orillas del Guaiquillo, a relaciones de amigos que poco se aguantan en su fraternidad y por supuesto a desengañados del amor, del sexo y de dios. En resumen: la polifonía de voces expuestas permite que esta nueva aldea literaria propuesta presente un nivel de subjetividad donde existan más opciones de establecer relaciones no previstas por el autor, dejando  una importante tarea como co-creador de la obra, es decir, el gran mérito de los hablantes del autor es que dan las herramientas para postular que éste los ha creado para instituir un auto exilio dentro de la aldea de Agua Negra, una marginalidad sobre la marginalidad existente, pues estos seres recuerdan (en el más poético de los casos)  para no ser olvidados, elaborando un artificio testimonial para el autor, que a cambio de su confesión nos les promete redención, ni milagros, ni soluciones a sus conflictos,  sólo la posibilidad de ser escuchados y de compartir un mundo paralelo, donde ellos son los actores centrales de un pequeño parnaso personal.</p>
<p style="text-align: left;">
<p style="text-align: justify;"><em>“Comediantillos de mi santiscario en busca de su lector-confesor, fieles a los caprichos del apuro, que no a los del fastidio, y que me transportan, embrujándome, a los lugares que nunca he abandonado, héroes que la soledad preserva, y el delirio. Viajeros de papel, presos en los marasmos de la tinta, han tenido también su Rusticiano”</em><br />
He señalado que esta galería de personajes anónimos pareciera no pretender más que ser escuchados por el autor y que todo análisis extra proviene de la intención de éste y del lector que abra una nueva lectura interpretativa. Lo cierto es que, al “comprender” a estos urbanitas dentro su aldea, se puede reconocer la  paradoja existencial que los envuelve: el deseo de integrarse al sistema social y a la vez querer escapar y construir una identidad que los libre del adocenamiento y la normalización. Es decir, el sobrevivir en la euforia del habitar un espacio ecuménico y desear la nostalgia de la soledad y el desarraigo para no perder la identidad. En el poema Decálogo del poeta (p.12) se manifiesta este principio de contradicción:</p>
<p style="text-align: left;"><em>Y cuando el universo cambie de lugar</em><br />
<em>escribe como bailas, cánsate sonriendo y avergüénzate </em><br />
<em>de ser aceptado en un mundo que detestas;</em><br />
<em>y que el iluso saque sus conclusiones.</em></p>
<p style="text-align: justify;">El resultado de esta paradoja los hace vivir entre la dicotomía ideológica de  apariencia y realidad, una indecisión permanente en la vida de estos seres, que en estas confesiones  siempre alude a un momentocúlmine,  un instante que pudo ser un cambio importante en sus existencias. En el poema, Desde un paradero de buses de Licantén, María Amanda Burgos se refiere a su encuentro con un vagabarrios (p. 14)</p>
<p style="text-align: left;"><em>Tuve ganas de ser </em><br />
<em>                                                                                   -en más de un rumbo-</em><br />
<em>confiable, </em><br />
<em>y abrazándolo en todo su esplendor </em><br />
<em>le confesé: Eres</em><br />
<em>la dosis de descaro </em><br />
<em>que necesitaba</em></p>
<p style="text-align: justify;">La incógnita está en cómo estas confesiones le permiten o no a estos hablantes romper el cerco que los oprime. A luz de los testimonios pareciera que estos anónimos terminan estragados por la realidad de la aldea oficial. Se han confesado con alguien que les ha dado la posibilidad, pero sus secretos permanecerán soterrados por las normas y tabúes de la sociedad. En el poema<em> Es el mágico verano del 2011</em> y <em>Reinaldo Toro Bustos</em> (…)  (p.55)  el hablante confiesa lo que en el pasado era imposible, su fascinación por un adolescente apodado el gitanillo, compañero de curso de su hijo. La remembranza no es sólo para apagar (o encender el fuego sexual) también hay un dolor por la juventud que ya no está en él, una nostalgia de lo perdido, la fealdad, la decadencia de la vejez. Al estilo de Gustav von Aschenbach, en la <em>Muerte en Venecia</em> de Thomas Mann, este licenciado en historia expresa con impotencia su sentir:</p>
<p style="text-align: left;"><em>                                                                        Con razón lo apodan el gitanillo</em><br />
<em>pensé desmoralizado</em><br />
<em>deseando de corazón </em><br />
<em>que envejeciera de golpe </em><br />
<em>como dicen que les puede ocurrir </em><br />
<em>a los jóvenes </em><br />
<em>malcriados y sin clemencia.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Los hablantes se adaptan fácilmente a las condiciones de gregarismo radical, y terminan siendo absorbidos por el peso de la sociedad, se confiesan, pero siguen anónimos, pero integrados, se confiesan, pero sólo son visibles desde el panóptico central.  ¿Entonces el proyecto del autor fracasa? Creo que no, el poeta ha hecho lo que puede y no pierde la esperanza de integrar a otros en la construcción de esa aldea posible y es más, en el  último poema le cede al lector(a) un espacio para presentar sus descargos y entrar en un juego, que en mi rol de lector,    ha funcionado de acuerdo a los deseos del poeta.</p>
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		<title>Día y fuga de Jorge Teillier*</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Jan 2016 22:25:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[El Mito]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>
		<category><![CDATA[medio rural]]></category>
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		<description><![CDATA[* En el sexto número de Medio Rural, en su formato físico, aparecido en diciembre de 2015,  el texto Día y Fuga de Jorge Teillier, de Juan Carlos Villavicencio, no fue publicado íntegramente. A continuación aparece el relato biográfico completo. La revista Medio Rural pide disculpas al autor y a sus lectores.   Por Juan Carlos Villavicencio   I Abre [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span class="_5yl5">* En el sexto número de Medio Rural, en su formato físico, aparecido en diciembre de 2015,  el texto <em>Día y Fuga de Jorge Teillier</em>, de Juan Carlos Villavicencio, no fue publicado íntegramente. A continuación aparece el relato biográfico completo. La revista <strong>Medio Rural</strong> pide disculpas al autor y a sus lectores.</span></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Por Juan Carlos Villavicencio<strong><br />
</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>I</p>
<p>Abre los ojos en el Sur de un planeta que se debería ver azul. Su madre lo abraza conmovida, mientras en la radio alguien llora la muerte de Gardel. Alguien teme asomarse al espejo cuando es medianoche. De pantalones cortos sale a la calle junto a su padre bajo la lluvia. Escucha distintos idiomas mientras camina. Lo suben al auto y le entregan un libro con el que dormirá abrazado en un hotel. Sueña que lee en el jardín a su hermana muerta. Viaja por el mundo a bordo de un globo. Un traidor dicta una ley que será maldita. Escribe un poema y siente que fue otro el que legó ahí sus palabras. Gana su primer premio cantando a una reina de otra primavera. Se compra un terno y festeja bebiendo junto a los amigos. Sube a un tren y atraviesa la noche.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/10/teillier2.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-593" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/10/teillier2.jpg" alt="teillier2" width="392" height="265" /></a></p>
<p>II</p>
<p>Despierta ya en la capital. Entra a los jardines del Pedagógico y escucha su primera clase. Se acerca a una joven que aprendía alemán. La besa. Sueña con ella tener una familia y dos hijos. Le entregan una caja con su primer libro. “Un libro prematuramente maduro”, dicen. Festeja demasiado con los amigos en casa. Conoce a una joven que pinta. Ha aceptado batirse a duelo, pero no se encuentra con quien lo retara. <em>“San Jorge no encontró al dragó”</em>, dice. No para en casa. Ahora pasa por la biblioteca y encuentra a un hombre copiando libros de poemas. Se presentan. Felices por el encuentro, salen a buscar una copa de vino y emprenden una amistad contra la muerte. Triunfa la Unidad Popular. Recuerda a su padre y la felicidad tras tantos años en la lucha. Vuelve a su oficina, en el segundo piso de la casa central de la universidad. Entrega las últimas correcciones del boletín en el que trabaja. Baja corriendo a la Alameda por donde pasa la mayor parte de los troles al estadio. Miles de banderas rojas en la entrada. Un hombre de larga barba que por entonces seguía siendo revolucionario habla durante horas. Lo acompaña el presidente socialista elegido por el pueblo y para el pueblo. Sus lentes de marco ancho guardan la visión de un sueño extraordinario. Un amigo pintor le presenta a otra joven pintora de aires vikingos, como si viniera de los hielos de aquel norte. Pasan aviones sobre sus cabezas. El Presidente defiende la casa de gobierno, mientras entrega sus últimas palabras al futuro. Los naranjos en llamas. La patria huele a muerte. Militares traidores. El espíritu de nuestro pueblo ahora en trizas. <em>“La letra con sangre entra”</em>. Dolor y oscuridad. Su familia se dirige al aeropuerto hacia el exilio. Va a subir los escalones de retorno a su oficina, pero decide no volver. Pide ayuda a una bella joven para cruzar la Alameda, afirmando que no le era algo fácil. Ella sonríe. Abre las puertas del bar en la calle Nueva York. El dueño y todos lo saludan en el oasis donde la amistad fluye como en el palacio de una aristocracia que es la llamada “mesa de los poetas”. Tomará vino si le ofrecen vino. Tomará agua si le ofrecen agua. Abre una carta que envía un amigo desde muy lejos –más allá de la Lima del otro pirata– con algunos billetes que se transforman en un brindis que no cesa. Busca entre sus bolsillos y nota que ha perdido un poema inconcluso junto a un programa del Club Hípico, como tantas otras cosas más. Oscuro recuerda la clínica y a un pintor que será poeta y que terminará quitándose la vida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Vuelve a su casa cerca de la cordillera. Antes entra al restaurant de siempre por una última cerveza. Una camarera nueva lo reconoce y le pide un poema. Él lo escribe en una servilleta y se lo entrega. Ella le reclama que el poema es de Apollinaire mientras ríe encantado. Adivina que mañana beberá una copa de champagne dulce y se despedirá de la ciudad rumbo al fundo junto al molino, donde también lo esperan un perro y un gato que no resistirán su muerte. Ha esquivado los golpes del olvido. Sabe que será la última vez que camine esas calles antes de volver donde se sentía flotar, lleno de alegría, liberado de sí mismo, fuera de toda realidad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/10/teillier3.jpg"><img class="aligncenter wp-image-591 size-medium" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/10/teillier3-275x300.jpg" alt="teillier3" width="275" height="300" /></a></p>
<p style="text-align: justify;"><span class="_5yl5"> </span></p>
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		<title>UN VENGADOR OLVIDADO: la historia de Antonio Ramón Ramón.</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Dec 2015 21:34:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[El Mito]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Ramón Ramón. el vengador olvidado]]></category>
		<category><![CDATA[matanza escuela Santa María]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Gonzalo Hernández S.   El Ataque al Poder. &#160; El 14 de diciembre de 1914, siguiendo su rutina habitual, el general Roberto Silva Renard caminaba por calle Viel, en Santiago, hacia su despacho en la Fábrica de Cartuchos del Ejército (1). Eran aproximadamente las 10:15 de la mañana. Renard tenía por entonces 59 años y era Director de la [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Gonzalo Hernández S.</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>El Ataque al Poder.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;">El 14 de diciembre de 1914, siguiendo su rutina habitual, el general Roberto Silva Renard caminaba por calle Viel, en Santiago, hacia su despacho en la Fábrica de Cartuchos del Ejército (1). Eran aproximadamente las 10:15 de la mañana. Renard tenía por entonces 59 años y era Director de la mentada fábrica desde diciembre de 1911, cargo obtenido en recompensa por sus eficientes servicios orientados a <em>restaurar el orden público. </em>Labor en la que se lució en numerosas ocasiones, desde fines del siglo XIX, con motivo del creciente ascenso de las huelgas y los movimientos sociales. Era, en otras palabras, un represor profesional del Estado chileno.</p>
<p style="text-align: justify;">La más sangrienta de sus <em>gestas</em> ocurrió el 21 de diciembre de 1907, bajo el gobierno de Pedro Montt, en la escuela Santa María de Iquique. Siguiendo sus órdenes, aquel día, una soldadesca dio muerte a 2.500 obreros desarmados. Muchos iban acompañados de sus esposas e hijos, pugnando por una mejora en sus condiciones laborales y salariales en las faenas del salitre. Tras la masacre, el carnicero Renard ordenó amontonar los cadáveres en pilas y luego despacharlos a las fosas comunes para ello dispuestas en el cementerio de Iquique. Un suceso que fue prontamente acallado por el Estado y sus medios de comunicación.</p>
<p style="text-align: justify;">
<div id="attachment_716" style="width: 237px" class="wp-caption aligncenter"><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/12/Silva-Renard.jpg"><img class="wp-image-716 " src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/12/Silva-Renard.jpg" alt="Silva Renard" width="227" height="281" /></a><p class="wp-caption-text">El general Silva Renard</p></div>
<p style="text-align: justify;">Casi siete años después, aquella mañana de 1914, Silva Renard caminaba en dirección a su trabajo cuando sintió un fuerte golpe en su espalda. Se tambaleó, aferrándose a la reja de una ventana, se cagó en los pantalones y comenzó a clamar por su vida; un segundo golpe, esta vez bajo su oreja izquierda, aumentó la intensidad de sus alaridos. La gente salió de sus casas a constatar lo que pasaba. El agresor, Antonio Ramón Ramón, castigaba implacablemente al militar. Así hasta que arrojó su daga sangrienta al suelo y echó a correr por Rondizonni hacia el poniente, dando inicio a una persecución que se prolongó hasta la entrada del Parque Cousiño (hoy Parque O‘ Higgins), donde fue reducido por un <em>paco</em> de la Penitenciaría y por un guardia del mismo parque.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando se vio perdido, Ramón sacó de su bolsillo un frasquito con un líquido amarillo -presumiblemente veneno- y alcanzó a beberlo antes de ser capturado. Pero el elíxir no surtió ningún efecto. El justiciero no sólo sobrevivió, sino que fue aprehendido, golpeado y encarcelado. Lo más sorprendente, empero, es que este elemento no fue considerado durante el juicio posterior, cuando los fiscales de turno se empeñaban en demostrar la premeditación del autor de tan memorable ataque (2).</p>
<p style="text-align: justify;">
<div id="attachment_715" style="width: 460px" class="wp-caption aligncenter"><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/12/Ramo_n.jpg"><img class="wp-image-715" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/12/Ramo_n.jpg" alt="Ramo_n" width="450" height="316" /></a><p class="wp-caption-text">El vengador olvidado</p></div>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Ramón Ramón.</strong></p>
<p style="text-align: justify;"><strong> </strong></p>
<p style="text-align: justify;">¿Quién era Antonio Ramón Ramón? La pregunta se repetía en los medios de comunicación al día siguiente. Con distintas entonaciones según cada periódico, como es lógico. <em>El Despertar de los Trabajadores</em>, publicación obrera del puerto de Iquique, tituló el 16 de diciembre de 1914: “SE HA HECHO LA JUSTICIA DEL PUEBLO». Mientras que <em>Las Últimas Noticias, </em>en su edición de Santiago, optó por algo más genuflexo: “ALEVOSO Y COBARDE ATENTADO CRIMINAL».</p>
<p style="text-align: justify;">Más allá de las diferencias ideológicas, sin embargo, el hecho resultó sorprendente para todo el mundo. ¿Quién era ese desconocido? ¿Cuál era su historia? ¿A qué grupo o asociación antisocial pertenecía?</p>
<p style="text-align: justify;">Nadie pareció poner en duda la impronta ácrata del atentado. Tanto el <em>modus operandi, </em>como los elementos empleados (el puñal, el veneno) eran fuertemente simbólicos. Las autoridades políticas y policiales organizaron un rápido operativo a lo largo del territorio; se trataba de averiguar la procedencia de Ramón, en qué sitios había vivido, con qué gentes se relacionaba. Y también -lo más importante- el origen de su discurso. ¿Qué tipo de doctrina seguía? ¿Era socialista, sindicalista, <em>wobblie</em>? ¿Su ejemplo se podía considerar un precedente? ¿Era posible que otros lo imitaran?</p>
<p style="text-align: justify;">Las respuestas a estas preguntas fueron asombrosamente apolíticas. Ramón era un solitario, no militaba en partidos ni asociaciones de ningún tipo. Había vivido en distintas regiones: la pampa nortina, la zona central de Chile. Incluso pasó una temporada en Mendoza. Iba de aquí allá, como tantos otros, en busca de trabajos ocasionales. Nunca se lo vio en mitines, asambleas, ollas comunes, ni escribió en periódicos libertarios. Ni siquiera estaba afiliado a algún sindicato. ¡Inaudito! El individuo Ramón había actuado por su cuenta y sin ningún tipo de ayuda externa.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando el agente de Seguridad Pública, Zorobabel Prado, exhibió los resultados de sus pesquisas ante Franklin de la Barra, el juez instructor de la causa, la autoridad quedó boquiabierta. ¡No era posible, el atentado debía por fuerza provenir de alguna organización anarquista! En el imaginario del juez, probablemente, los procedimientos de Ramón se ajustaban estrictamente a las descripciones que Cesare Lombroso (3) había escrito en sus libros, tipificando y clasificando los ataques que aterrorizaron a la burguesía europea de fines del siglo XIX, en sus acciones de <em>propaganda por el hecho</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Se ordenó repetir la investigación, y profundizarla. Con vanos resultados. Lo que el agente Prado obtuvo de su celo profesional fue básicamente lo siguiente:</p>
<p style="text-align: justify;">Antonio Ramón había nacido en el pueblo español de Molvizar, Granada, en 1879. Hijo de Antonio Ramón Órtiz y de María Ramón Ortega. Si bien los progenitores no compartían un parentesco directo, como se especuló en cierto momento, el padre arrastraba un historial de enfermedades mentales y alcoholismo, detalle que influyó con fuerza en el juicio posterior. En efecto, Ramón Ortiz era conocido en su pueblo como alguien <em>anormal, violento y bebedor. </em>Había estado internado, en distintos períodos, en instituciones de reclusión psiquiátrica, factor que hizo aún más dura la infancia de Antonio.</p>
<p style="text-align: justify;">Localidad rural, y muy pobre, Molvizar ahuyentaba a la población joven de su seno debido a su absoluta carencia de perspectivas vitales. Tal fue el caso de Antonio, quien trabajó desde pequeño en distintas faenas, errante por obligación. Fue así como llegó al norte de África, en 1902, donde -presumiblemente en Argelia- conoció a su hermanastro Manuel Vaca.</p>
<p style="text-align: justify;">Habían crecido en pueblos vecinos, sin coincidir nunca en persona hasta ese momento. Manuel era oriundo de Lobrés, Granada, fruto de una relación ilegítima de Ramón Ortiz con una mujer de la zona; la fraternidad entre ambos nació de manera espontánea. Se convirtieron en inseparables. Compartieron trabajos, amistades, experiencias. Un modo de vida que los llevó a probar suerte y embarcarse hacia Sudamérica -ingenuos- en busca de mejores condiciones laborales. Pero sucedió que, mientras Antonio se quedó en Brasil, empleado en las faenas del ferrocarril, Manuel siguió rumbo a Argentina; poco tiempo duró ahí, según todos los indicios, enfilando pronto para Chile, a la región de Tarapacá, donde se requerían obreros para el salitre.</p>
<p style="text-align: justify;">La correspondencia entre los hermanos era permanente. Al momento de la matanza de la escuela Santa María, Antonio se había establecido en el norte de Argentina y se enteró de la masacre a través de la prensa. Como las cartas de Manuel cesaron abruptamente, Antonio decidió cruzar Los Andes en junio de 1908, preocupado por la suerte de su hermano. Y en Iquique, corroborando sus sospechas, se encontró con la noticia terrible: Manuel había sido una de las víctimas de las tropas chilenas comandadas por Roberto Silva Renard.</p>
<p style="text-align: justify;">De modo que no había necesidad de doctrinas para explicar el proceder del agresor. Sólo pena, dolor, vacío, y una profunda necesidad de justicia que ni los años, ni los trabajos brutales, ni las distintas geografías habían logrado mitigar. Todos quienes trataron a Antonio coincidían en describirlo como un sujeto tranquilo, educado, correcto, de muy buen trato, nobles sentimientos y costumbres apacibles, alejado de las luchas sociales y políticas. Justamente lo contrario de la imagen de un revoltoso agitador.</p>
<p style="text-align: justify;">Con decir que Antonio Ramón ni siquiera bebía alcohol.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Insanidad.</strong></p>
<p style="text-align: justify;"><strong> </strong></p>
<p style="text-align: justify;">En su primera declaración ante las autoridades judiciales, Ramón fue absolutamente transparente en cuanto a las motivaciones de sus actos. Citemos su testimonio: “<em>Yo soy el autor de las lesiones del general Roberto Silva Renard, y las he perpetrado en venganza por haber sido el general Silva Renard quien dirigió el fuego contra los obreros asilados en la escuela Santa María, en Iquique, entre los cuales estaba mi hermano ilegítimo Manuel Vaca, que pereció a consecuencia de la descarga de la tropa.» </em>(4)</p>
<p style="text-align: justify;">Las múltiples heridas que Ramón infligió en el cuerpo de Renard no bastaron para matarlo, pero sí influyeron decisivamente en el declive final del derrotero del militar. Una lesión permanente en su órgano ocular le impidió en lo sucesivo dedicarse a labores de terreno. Pronto ni siquiera se vio apto para tareas de oficina. En 1918 se retira del Ejército y muere dos años después, el 7 de julio de 1920, en condiciones de salud paupérrimas y miserables; impedido de alimentarse, de comunicarse oralmente, visiblemente deforme, el otrora <em>Verdugo de Iquique </em>pasó a ser, como señala Igor Goicovic, <em>el Monstruo de la calle Viel</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Ramón, por su parte, se vio enfrentado a un largo proceso judicial que atravesó distintas etapas. Ya que la conspiración anarquista se había revelado insostenible, su defensa adscribió la tesis de la <em>venganza pasional</em> como aquello que gatilló el ataque. Pero existía un elemento desfavorable en ese argumento: la premeditación. Algo que podía enfrentar al victimario a una larga condena de parte del Estado chileno. Por ello se decidió, probablemente, por una estrategia más cauta, basada en el alegato de locura.</p>
<p style="text-align: justify;">Los antecedentes familiares de Antonio, en Molvizar, otorgaban un sólido respaldo a esa hipótesis. Algo que pareció rendir sus frutos, en conjunto con los resultados de la comisión médica liderada por Germán Greve. Ramón fue examinado y analizado en la <em>Casa de Observación</em> (posteriormente llamada <em>Casa de Orates</em>, actual Hospital Psiquiátrico José Horwitz). Bajo esa óptica, la <em>impresión moral</em> que le produjo la noticia de la muerte de su hermano habría iniciado un proceso de deterioro mental que fue “<em>socavando sistemáticamente sus últimas reservas de lucidez”</em>. A medida que esto se acentuaba, su obsesión por la idea de la venganza fue creciendo hasta “<em>nublar por completo su entendimiento”</em>. Y así hasta desarrollar una “<em>doble conciencia”, </em>que emparentaba al agresor con la figura del doble dostoyevskano. Se explicaba, de este modo, el tiempo transcurrido entre la masacre de Iquique y el acto vindicatorio final, en Santiago. Pero el punto de la premeditación permaneció siempre en una ambigua nebulosa jurídica, algo que nunca se terminó de resolver. Como resultado de lo anterior, la Corte condenó a Ramón a diez años de cárcel.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Destino.</strong></p>
<p style="text-align: justify;">La causa de Antonio Ramón se revisará numerosas veces en los años sucesivos -el Ejército quedó muy poco conforme con la sentencia-, comenzando un nuevo proceso en donde brilló el nuevo Procurador de Turno en lo Criminal, Carlos Vicuña, quien sostuvo osadas y radicales tesis jurídicas para su época (5). Lo concreto es que, tras incontables recursos y apelaciones, un fallo de la Corte Suprema desestimó el alegato de locura y <em>redujo</em> el delito a la figura de <em>intento de homicidio</em>, con lo cual Ramón, en la práctica, debió salir en libertad el 19 de noviembre de 1917. Una situación que, al parecer, nunca se produjo.</p>
<p style="text-align: justify;">Su fecha de muerte se establece en 1920. Todo indica que no habría abandonado la Penitenciaría de Santiago.</p>
<p style="text-align: justify;">A pocas cuadras de esa cárcel, hoy, en la esquina de Viel con Rondizonni, un monolito de piedra recuerda la gesta de aquella mañana de 1914. La memoria del justiciero, aunque presente, se desdibuja por los efectos propios del tiempo. Además de una historia oficial que no gusta de recordar a seres como Antonio Ramón. Por suerte, existen otros medios para evocarlo. Como la novela de Sergio Missana, <em>El Invasor </em>(1997), inspirada en los sucesos que aquí se han resumido. O el esfuerzo de la Compañía de Estudiantes y Egresados de Teatro de la Universidad de Chile, quienes llevan algunos años montando la obra <em>Ramón Ramón, la Venganza Popular de Santa María de Iquique. </em>Una pieza itinerante que busca rescatar el rol educativo y subversivo del teatro, tomando como espada la historia de este individuo que osó rebelarse contra la cíclica impunidad que -casi- siempre beneficia a los asesinos institucionales en la sociedad chilena.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Notas.</strong></p>
<p style="text-align: justify;">            (1) La descripción de este suceso, así como la mayor parte de la información para este artículo, fue extraída del excelente monográfico de Igor Goicovic Donoso: “<em>Entre el Dolor y la Ira. La Venganza de Antonio Ramón Ramón. Chile, 1914</em>» Editorial Universidad de Los Lagos; Osorno, 2005. Edición electrónica</p>
<p style="text-align: justify;">            (2) Los detalles del proceso contra Antonio Ramón se pueden encontrar en el Archivo Nacional (AN) de Santiago de Chile, en el Fondo Judicial de Santiago, Legajo 1670, Pieza 3: “<em>Proceso contra Antonio Ramón Ramón, por heridas graves al general Roberto Silva Renard».</em></p>
<p style="text-align: justify;">            (3) Las teorías criminalistas de Cesare Lombroso, y en particular su análisis sobre los “tipos anarquistas», ejercieron una poderosa influencia en las esferas juristas latinoamericanas de la primera mitad del siglo XX. Se pueden leer en su libro <em>“Los Anarquistas» </em>Editorial Antorcha, edición electrónica http://www.antorcha.net.</p>
<p style="text-align: justify;">            (4) Testimonio de Antonio Ramón Ramón, en el mencionado proceso conservado en el Archivo Nacional.</p>
<p style="text-align: justify;">            (5) El detalle de estas argumentaciones se pueden leer en el monográfico de Goicovic, esp</p>
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		<title>Un Barco detenido en medio de un sueño: crítica a la novela Motel Ciudad Negra</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Nov 2015 20:29:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[El Mito]]></category>
		<category><![CDATA[gaete]]></category>
		<category><![CDATA[motelciudadnegra]]></category>

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		<description><![CDATA[Crítica a la novela Motel Ciudad Negra de Cristóbal Gaete (Hebra Editorial, 2014) Por Claudio Maldonado &#160; Cuando era niño, influenciado quizás por la gráfica de los videojuegos, me di a la tarea de dibujar una ciudad emplazada en el cerro Condell de Curicó. El proyecto era construir un sinfín de escaleras que tuvieran una conexión total entre sí. No [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Crítica a la novela <em>Motel Ciudad Negra</em> de Cristóbal Gaete (<em>Hebra Editorial</em>, 2014)</p>
<p>Por Claudio Maldonado</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando era niño, influenciado quizás por la gráfica de los videojuegos, me di a la tarea de dibujar una ciudad emplazada en el cerro Condell de Curicó. El proyecto era construir un sinfín de escaleras que tuvieran una conexión total entre sí. No importaba el costo, las casas tenían que adaptarse a esa pretensión delirante y absurda de la súper escalera total. Una vez trazada la ciudad venía el juego: un individuo con cabeza de pelota y cuerpo de palitos aparecía dibujado y listo para pasear. El sujeto subía, bajaba, pasaba por los puentecillos comunicantes hasta que de pronto chocaba frente a frente con una fogata. Entonces debía retroceder y entrar por las puertas de las casas deformes (el juego indicaba que no podía permanecer mucho tiempo ahí) Debía seguir con su paseo, pero una segunda, una tercera y cuarta fogata esparcida con lápiz pasta rojo furioso transformaba al sujeto en un huidor oficial. Su destino lo trazaba el recorrido de las escaleras que aún no estaban incendiadas, las casas desaparecían con rayones negros y el sujeto debía confiar en mí, en su salvador, en la perfección de la sincronía de escaleras conectadas. Las fogatas aumentaban hasta la saturación (en ocasiones las variantes eran perros rabiosos o paquetes de dinamita) Llegaba el fin del juego, el momento en que el sujeto quedaba atrapado en una falla sin retorno. La ciudad del cerro siempre lo vencía. Al quedar frente a una puerta quemada, o en un triángulo de escalones sin salida, mi sujeto moría sin remedio, convirtiéndose en un montón más de las cenizas del Condell. Esta precaria invención que un día tuve, esa ciudad de papel, tan al margen del damero potreril del Curicó que conocía, es quizás la forma más cercana que tengo para esbozar una interpretaciónsobre lo que más me atrae de la novela <em>Motel Ciudad Negra</em> de Cristóbal Gaete: <strong>la invención de una ciudad imaginaria de provincia, que se va construyendo a través de la observación que hace un sujeto mientras relata su aventura. También es factible decir que la ciudad le da un sentido a este observador, le da vida a un personaje protagonista que se va armando en la medida en que logra recoger pistas acerca de su existencia. Esta reciprocidad que se vuelve maldita, por lo menos es un gesto, un intento del autor por aprehender al ser en la novela, una batalla casi perdida por unir los fragmentos del hombre contemporáneo. </strong></p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/11/escalerabyn.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-678" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/11/escalerabyn-1024x732.jpg" alt="escalerabyn" width="676" height="483" /></a></p>
<p style="text-align: justify;"><strong>            </strong>El narrar una visión particular de ciudad de provincia constituye uno de los ejes de la narrativa de Cristóbal Gaete, pero en esta tercera entrega supera con creces los intentos de sus dos libros anteriores. En <em>Valpore</em>(2009) la caricatura febril y sarcástica de la marginalidad porteña pretende romper con la postal patrimonial y nos entrega una ciudad hiperbólica, donde las acciones se suceden unas a otras compitiendo en rapidez y morbo frenético, lo que le resta profundidad a un discurso descriptivo y a ratos efectista, en que los personajes no importan mucho y sólo vale lo que hacen. Si esto pudiese constituir un defecto, también hay que decir que Gaete asume el riesgo de ser una <em>“canción punk”,</em> de ser un creativo entre tanto narrador miedoso y pendiente por tocar los temas <em>“infalibles”</em> del paladar literario del gringo o el europeo <em>“consciente”</em>. En <em>Paltarrealismo</em> (2014), segundo libro del autor, la ciudad se expande más allá del puerto y configura una entidad donde la provincia instala su escenario en un pueblo enajenado por la producción de paltas. En este espacio, la presentación de un lenguaje tecnificado e industrial, condiciona los nombres y los perfiles tanto de explotados como de explotadores y que al decir de Felipe Moncada (en unas de las críticas a la novela) se recrea una neofeudalidad, donde el pueblo cambia porque se ha llenado de “<em>cosas de la ciudad”</em>. El cómo entender la nueva realidad donde se habita es el punto de conflicto, porque este nuevo espacio cambiará sin freno, pero no así el desconsuelo de sus habitantes de vivir siempre en lo mismo. En <em>Paltarrealismo,</em> Gaete, logra intervenir espacios como Limache, Quillota y Olmué, absorbidos por un capitalismo feroz que viene de otro lado, de muy lejos, y poco tiene que ver con el corazón y el espíritu casi pre moderno de sus habitantes.</p>
<p style="text-align: justify;">Dicho lo anterior, volvamos al <strong><em>Motel Ciudad Negra</em></strong> y a la construcción de la ciudad inventada. El observador ingresa al motel de la ciudad y parece estar buscando algo, abre y cierra puertas, hasta que aparece Mona, una mujer que encarna los deseos y la decadencia de todos los personajes que aparecerán y desaparecerán en el recorrido frenético del protagonista, que recorre pasillos, calles y bares. Dando testimonio del existir de drogos, borrachines y artistoides estragados en sus vidas de mierda. El motel se configura como el corazón de la hipocresía chilensis, con sus ventanas tapadas por ropas y un sexo tristemente porno, símbolo del zoom monocorde de la hiperrealidad, donde el acto de la ilusión no tiene cabida en un mundo de cabezas y botellas estrelladas contra el pavimento. Ante este panorama caótico, la lógica del observador es darle un orden a la ciudad, que al parecer sólo está en sus sueños, en su interior, en su deseo de escapar de aquel lugar<em>: “No se puede salir de una ciudad si no es posible salir de una habitación”</em> (p.11). Entonces la liberación es siempre personal, no hay nadie en la ciudad en quien confiar, no hay fe en el orden = verdad= jerarquía= capitalismo extremo. Tampoco hay fe en la figura arquetípica del burgués decante a lo Bukowski, que gracias al seguro del paro (que por estos pagos sólo es literatura) se consuela al decir: <em>“Dale a un hombre cuatro paredes y moverá al mundo”</em>. Pareciera que para el observador no hay esperanza: <em>“Discutir de las cosas que discutíamos era hablar de novelas, no tiene sentido”</em> (p.23). El consuelo del observador es internarse casualmente por la zona más oscura, el motel y sus meandros cercanos, y ahí construir una ciudad personal, que lo ampare de un futuro que no existe, sino que es más bien un sueño de la razón: “<em>Trataste de salir, de vivir una familia, de ir todos los días a trabajar, pero cuando salías a la calle era inevitable caminar al Motel y sus bares”</em> (p.27). El protagonista es <em>“libre”</em> al internarse por el motel y en ese caos construye algo precario, pero muy propio: la capacidad de darle a su ciudad un lenguaje propio, un tiempo &#8211; espacio que no sólo le sirve para la evasión necesaria, sino también para construir su identidad de Observador en permanente trajín y también para no ser tocado por la ciudad real (la de la juerga v/s el trabajo agobiante). Este sería el gran triunfo del observador, deconstruir la ciudad normada y fijar las reglas de una interior, para no ser tocado por nadie, a través del tejido de un mapa que impida un eventual desorden y que convierta a los signos (los del mapa) en una permanencia inalterable en el tiempo. Cristóbal Gaete pone en juego a su protagonista para lograr este objetivo. A través de la aventura del viaje le confiere la misión de <em>Escribiente</em>, el deber de dar fe con su palabra escrita a la nueva ciudad personal. Este proyecto de eternidad le permite al Observador transitar por los pasillos del motel y en un abrir y cerrar de ojos entrar a un barco encallado justo en medio de una calle, y bailar y fornicar y disfrutar de una banda de escolares que pasa por encima de unos punkis en coma etílico. Es decir, el observador, puede vivir en su mundo, en una multiplicidad de destellos delirantes y fantásticos que además lo protegerán de los perros rabiosos, las fogatas, los paquetes de dinamita o las jeringas infectadas que la Ciudad Capitalista normada le intente instalar para hacerlo presa del miedo y la uniformidad. La ciudad escrita de Gaete se ha liberado del dibujo de aquel niño proyectista pretencioso y fatal que alguna vez existió. Las escaleras del Motel Ciudad Negra parecieran recrear una y otra vez una tragedia sin fin, conformando una ficción poética de alto poder creativo, arriesgada y necesaria para el panorama actual de la narrativa chilena.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/11/motel-ciudad-negrablancoynegro.jpg"><img class="aligncenter  wp-image-679" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/11/motel-ciudad-negrablancoynegro.jpg" alt="motel-ciudad-negrablancoynegro" width="301" height="430" /></a></p>
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		<title>LA NUEVA NOVELA EN CLAVE ZEN</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Oct 2015 20:04:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[El Mito]]></category>
		<category><![CDATA[juanluismartinez]]></category>
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		<description><![CDATA[Por José Tomás Labarthe  La Nueva Novela (1977), del poeta chileno Juan Luis Martínez (1942-1993), es un libro sui géneris. La cuestión por la naturaleza del libro –en tanto objeto– y por la poesía –­en tanto sujeto­­– se pone una y otra vez en perspectiva a través de sendos problemas de lectura. Las problemáticas planteadas son de índole diverso: postulados [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Por José Tomás Labarthe</p>
<p><strong> </strong><em>La Nueva Novela</em> (1977), del poeta chileno Juan Luis Martínez (1942-1993), es un libro <em>sui géneris</em>. La cuestión por la naturaleza del libro –en tanto objeto– y por la poesía –­en tanto sujeto­­– se pone una y otra vez en perspectiva a través de sendos problemas de lectura. Las problemáticas planteadas son de índole diverso: postulados científicos, la muerte de la literatura, poesía visual, juegos de ingenio, semiología y semiótica, el oído, la censura, Marx, Rimbaud, Superman y bla… bla… bla.</p>
<p>No menos variopintas, las numerosas revisiones críticas de este libro excéntrico<a href="#_edn1" name="_ednref1"><sup><sup>[i]</sup></sup></a> se han encargado de teorizar y desteorizar la obra por partes, como si el todo no pudiera decirse de una sola vez.de esos abordajes teóricos existe una línea, abierta inicialmente por Enrique Lihn y Pedro Lastra, y prolongada luego por Marcela Labraña, con la cual me gustaría triangular.</p>
<p>La referencia a las enseñanzas budistas en <em>La Nueva Novela</em>, que identifican Lihn y Lastra<a href="#_edn2" name="_ednref2">[ii]</a>, no es un chiste de Kung Fu Panda, aunque parezca: <em>“esos rollos en blanco son las verdaderas escrituras, pero como veo que sois demasiado ignorantes, no habrá más remedio que escribir algo en ellos»</em><a href="#_edn3" name="_ednref3">[iii]</a>.Labraña detalla esta presencia oriental encontrando en Martínez semejanzas conceptuales con la poesía china, al combinar poesía y pintura, textualidad y visualidad, temporalidad y espacialidad: <em>“la poesía en general, debido a su naturaleza lingüística, se desarrolla en el tiempo, se expresa sucesivamente. La poesía china, en cambio, dispone palabras en el espacio. Martínez desarticula la clasificación genérica de la literatura, proponiendo una especie de nuevo engendro literario que aúne lo lingüístico y lo icónico, la poesía y la pintura. Para los chinos esta vinculación es obvia desde hace siglos”.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/10/jluis-martinez-1.jpg"><img class="aligncenter size-large wp-image-658" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/10/jluis-martinez-1-1024x541.jpg" alt="jluis martinez-1" width="676" height="357" /></a></p>
<p><strong>UN PROBLEMA TRANSPARENTE</strong></p>
<p>En la tradición Zen, hay una figura que resume de ejemplar manera la noble pero tortuosa relación entre el maestro y el discípulo. El <em>koan. </em>Repitiendo palabras de D.T. Suzuki, un koan es un documento público cuyo objeto es sacar a la luz un documento privado<a href="#_edn4" name="_ednref4">[iv]</a>.El maestro, para corroborar el progreso espiritual de su discípulo, lo pone a prueba a través de esta suerte de paradoja. Si el discípulo logra experimentar el koan al punto de su comprensión accederá de inmediato al <em>satori</em>. El despertar. La iluminación. Aquí 4 ejemplos distintos:</p>
<ol>
<li>Saca de tu manga las cuatro divisiones de Tokyo.</li>
<li>Detén aquel barco que va por el distante océano.</li>
<li>Detén el sonido de la distante campana.</li>
<li>Una niña cruza la calle. ¿Es la hermana menor o la mayor? (<em>El camino del zen</em>, página 155)</li>
</ol>
<p>Estos 4 ejemplos tienen una estructura similar. En un comienzo instalan una duda. Luego tienden una trampa, que alude al lenguaje (un aparente <em>problema</em> que supuestamente se debe resolver).Y finalmente engañan al discípulo a buscar en la dirección contraria: <em>“todo el mundo sabe que la naturaleza búdica está dentro de nosotros, y que no tenemos que ir a buscarla; por tanto ningún estudiante será embaucado aunque se le diga que vaya a buscarla a la India. En realidad se lo alienta para que se ponga totalmente tonto, para que gire en torno de sí mismo dando vueltas como un perro que trata de agarrarse la cola”</em> (Watts: 2003, página 156).</p>
<p>Este tipo de disposición textual alienta la comparación con una serie de textos de <em>La Nueva Novela</em>, configurados de la misma manera exhortativa:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¿Qué escucha cuando escucha</p>
<p>los trágicos trotes silenciosos</p>
<p>de un caballito de madera  desarmado?</p>
<p>(<em>La Nueva Novela</em>, página 92)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Primero la duda, luego la trampa, finalmente la falsa dirección. El poema como problema. El poema sin solución (es imposible que un caballito de madera trote desarmado ergo no-hay-sonido-que-escuchar). ¿Mas no es el silencio acaso otra forma del sonido? Otro famoso koan, anónimo, apunta en este sentido: <em>“conocemos el sonido de la palmada de dos manos, ¿pero cuál es el sonido de la palmada de una sola?”.</em> ¿Es posible escuchar el silencio, ver el aire, tocar a luz? La pregunta es rescatada en el poema <em>“Un problema transparente”</em>:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¿Si la transparencia se observara a sí misma, qué observaría?</p>
<p>(<em>La Nueva Novela</em>, página 42)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Permanentemente en <em>La Nueva Novela</em> se está apelando<a href="#_edn5" name="_ednref5">[v]</a>al lector para que “<em>complete ciertas tareas: tocar, mover, colorear, unir números, contestar preguntas”,motivándolo a “ejercer activamente como decodificador del mensaje”</em> (Labraña: 1999):</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>¿Cómo se representa usted al Ser?</p>
<p>¿Tiene plumas en los cabellos?</p>
<p>¿Es la Nada más sensible el domingo que los otros días?</p>
<p>(<em>La Nueva Novela</em>, página 31)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La mayoría de estos escenarios se presentan así, inacabados, contradictorios, interactivos. La trampa del lenguaje atrapa al lector en el margende lo lógico, de lo conceptual. ¿Respuesta? La pregunta es en sí la respuesta al contener la acción demandada. La recepción es la llave que abre la puerta a lo privado, hacia una lectura introspectiva:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Dado que el universo carece de un centro, usted puede imaginar un plano infinito que lo corte en cualquiera dirección a través de cualquier punto. El punto elegido deberá ser una burbuja de café en el instante de integrarse al infinito.</p>
<p>(<em>La Nueva Novela</em>, página 115)<br />
<strong> </strong></p>
<p><a href="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/10/nueva_novela.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-657" src="http://mediorural.cl/wp-content/uploads/2015/10/nueva_novela.jpg" alt="nueva_novela" width="416" height="600" /></a></p>
<p><strong>EL DESORDEN DE LOS SENTIDOS</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Esta revisión orientalista de <em>La Nueva Novela </em>ciertamente es personal: la obsesión por enfocar uno de las tantos ángulos de un libro polisémico, protéico,convergente, que se resiste a ser agotado por sus lecturas.No es sin embargo una mirada antojadiza: hay constantesreferencias al nirvana, al tao, a los ideogramas,a la poesía china, todo enrevesado con un aire de falsa sabiduría, de sentencia y de aporía, estableciendo sendas paradojas, como la dela sonrisa del gato de Cheshire:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y es así como gato y porcelana</p>
<p>se vigilan el uno al otro desde hace mucho tiempo</p>
<p>sabiendo que bastaría la distracción más mínima</p>
<p>para que desaparecieran habitación, repisa, gato y porcelana</p>
<p>(<em>La Nueva Novela</em>, páginas 75-76)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Esta alusión al gato de Schroedinger es amplificada ahora como experimento del lenguaje: utilizar la poesía como instrumento pseudo-científico para poner en evidencia lainconsistencia de su propia naturaleza, de sus tautologías.</p>
<p>En <em>“La probable e improbable desaparición de un gato por extravío de su propia porcelana”</em> también se hace evidente un sistema de opuestos que se vigilan mutuamentey que conviven en un mundo posible, pero a la vez implausible, como el cuerpo humano y su sombra. La aceptación de este balance de opuestosreinvidica simultáneamente a la razón y al absurdo en un complejoparadigma de relaciones que se avalansin exclusión, produciendo un desorden de los sentidos, que da paso a un nuevo orden de comprensión:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A través de su canto los pájaros</p>
<p>comunican una comunicación</p>
<p>en la que dicen que no dicen nada</p>
<p><em>(La Nueva Novela, pagina 89)</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Si-todo-comunica, ¿qué dice un canto que no dice nada? La legibilidad del texto aquí se nos presenta finalmente como una restauración de los términos negativosa riesgo de la desesperación del propio lector:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>(La Nueva Novela, pagina 33)</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El poema <em>“La desaparición de una familia”</em> sintetiza, en la elástica figura de la casa, esta relatividad exasperante. Aquí algunos extractos:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Esta casa no es grande ni pequeña (…)</p>
<p>Esta, la casa en que vives, no es ancha ni delgada: sólo delgada como un cabello y ancha tal vez como la aurora (…)</p>
<p>Esta casa que hemos compartido durante tantos años es bajita como el suelo y tan alta o más que el cielo</p>
<p><em>(La Nueva Novela, pagina 137)</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>La Nueva Novela</em> se erige como un libro-maestro con escrituras que apelan a un lector-discípulo, dispuesto a seguir la corriente a los juegos, reglas y trampasmontados en su interior, con el afánde recuperar la lectura como una experiencia activa, concreta, participativa y por qué no decirlo, espiritual. Es una tarea de poesía, un <em>koan</em>: recorrer este libro en cuyas ventanas entra el tiempo, bajo puertasdonde sale el espacio&#8230;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>POEMAS ANEXOS</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>TAREAS DE POESÍA</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Tristuraban las agras sus temorios</em></p>
<p><em>Los lirosos durfían tiestamente</em></p>
<p><em>Y ustiales que utilaban afimorios</em></p>
<p><em>A las folces turaban distamente</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Hoy que dulgen y ermedan los larorios</em></p>
<p><em>Las oveñas patizan el bramante</em></p>
<p><em>Y las fólgicas barlan los filorios</em></p>
<p><em>Tras la Urla que valiñan ristramente. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Explique y comente:</p>
<p>1) ¿Cuál es el tema o motivo central de este poema?</p>
<p>2) ¿Qué significan los lirosos para el autor?</p>
<p>3) ¿Por qué el autor afirma que las oveñas patizan el bramente?</p>
<p>4) ¿Qué recursos expresivos encuentra en estos versos?:“Y las fólgicas bailan los filorios/ Tras la Urla que valiñan ristramente”.</p>
<p>5) Ubique todas aquellas palabras que produzcan sensación de claridad, transparencia.</p>
<p>6) ¿Este poema le produce la sensación de quietud o de agitado movimiento? Fundamente su respuesta</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>REFERENCIAS Y NOTAS</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Labraña, Marcela: <em>La Nueva Novela de Juan Luis Martínez y la cultura oriental</em>. Chile: Revista vértebra nº4, 1999.</p>
<p>Lihn, Enrique y Lastra, Pedro: <em>Señales de ruta de Juan Luis Martínez</em> en “El circo en llamas”, de Enrique Lihn. Santiago: LOM Ediciones, 1996.</p>
<p>Martínez, Juan Luis: <em>La Nueva Novela</em>. Santiago: Ediciones Archivo, 1977.</p>
<p>Suzuki, D.T., Fromm, Erich: <em>Budismo zen y psicoanálisis.</em> Ciudad de México: FCE, 1998.</p>
<p>Watts, Allan: <em>El camino del zen. </em>España: Editorial Edhasa, 2003.</p>
<p>Weintraub, Scott: <em>Juan Luis Martínez y las otredades de la metafìsica: apuntes metafìsicos y carrollianos. </em>The University of New Hampshire: “Estudios”, págs. 141-168, enero-julio 2010.</p>
<p><em> </em></p>
<p><a href="#_ednref1" name="_edn1">[i]</a>La rearticulación de los distintos tipos discursivos, descontextualizados de sus respectivos centros de referencia, “desafía, por ejemplo, nuestras preconcepciones sobre el binarismo sujeto-objeto que ha orientado el pensamiento filosófico durante siglos, así como también nuestra noción de la coherencia referencial-autorial de la voz poética” (Weintraub: 2010).</p>
<p><a href="#_ednref2" name="_edn2">[ii]</a> “El trabajo de Juan Luis Martínez está animado por una noción de la «ciencia oriental» que redunda en su forma de hacer poesía occidental: la «nosimismidad» ensimismada del sujeto que habla, que proviene de la oposición «sí mismo»/»no sí mismo». Buda opone la ilusión de la individualidad -el sí mismo, condenada a percibir ilusoriamente el mundo- al no sí mismo como una manera de acceder a la iluminación o a la verdadera sabiduría” (Lihn &amp; Lastra: 1987).</p>
<p><a href="#_ednref3" name="_edn3">[iii]</a> Antolin &amp; Embid: 1974, página 30.</p>
<p><a href="#_ednref4" name="_edn4">[iv]</a>“El koan está dentro de nosotros mismos y lo que el maestro zen hace no es más que señalárnoslo para que podamos verlo más claramente que antes. Cuando el koan es sacado del campo del inconsciente al campo de la conciencia, se dice que lo hemos entendido”(Suzuki: 1999, páginas 36-37).</p>
<p><a href="#_ednref5" name="_edn5">[v]</a> “Al lector se le pide examinar una serie de investigaciones ilógicas, construidas en un sentido general como paradojas o aporías, pero que sólo sirven para interrumpir y confundir la lectura” (Weintraub: 2010).</p>
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